De todas las versiones, temas y elucubraciones alrededor del sentido existencial y la importancia de la madre, desde las más románticas hasta las más domésticas, pasando por la epopeya, Edipo y las heroínas cabeza de familia, me quedo con un testimonio más periodístico que maternal, pero que en el fondo las sitúa a ellas –fuentes de luz– y nos ubica a nosotros –simples partículas–, en una actitud única que sólo asumimos desde nuestra esencia especial de hijos. Se la oí a Plinio Apuleyo Mendoza hace 24 años cuando, como asesor de El Tiempo, intentaba meternos la cadencia de la crónica en la médula para que las noticias judiciales fueran películas más que un inventario de muertos, entuertos y querellas. Después de haberme oído cómo había sido un atraco en un banco en el centro de la ciudad, con balacera, cristales rotos y comentarios de los vendedores de la calle, testigos del robo y del cruce de disparos con la policía; y después de leer al otro día mi noticia sin substancia, flaca y escueta, echa a las carreras, me mira desde sus gafas gruesas y con gesto de jaqueca suelta a su pupilo esta sentencia: «Si los periodistas escribieran sus artículos como se los cuentan a sus mamás, haríamos un mejor periodismo». Hasta ahí llegó el intento de ponerle más literatura a las noticias de orden público. Salí de judiciales con la sensación de que los que trabajan allí, cubriendo nuestra realidad cargada de constantes incendios, son bomberos a los que se les exige eficacia más que estilo. Como sea, desde entonces no olvido cuando escribo que en el fondo voy a contarle un cuento a mi mamá. Esta edición con Paola Turbay en portada tampoco lo olvida.
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