La soledad de la mujer que aborta

En medio del debate por el presunto caso de aborto del bebé de siete meses en Popayán, recordamos la historia de cinco colombianas, de distintas generaciones, que narraron el día en el que le dijeron “No” a la maternidad.

​​​​​​​Fotos: David Schwarz.

Cada una se devuelve a ese momento íntimo en el que se sintieron tristes e indefensas. Algunas lo recuerdan con vergüenza; otras defienden su determinación. Solo a ellas pertenecía el derecho a decidir sobre su vida. 

Miércoles

Una mujer de 32 años, en Cali, llama a su amiga en Bogotá. 

—Tengo que contarte algo –dice la mujer. 

—¿Qué pasó? –pregunta la amiga.

— Necesito que te sientes.

—¿Estás embarazada?

Silencio.  

—Quiero abortar, pero Juan Carlos quiere tenerlo –dice la mujer. 

—¿Y qué piensas de eso?

—Al final me dijo que el cuerpo es mío. Que yo veré lo que hago. 

La embarazada, al borde de las lágrimas, cuelga porque su novio acaba de llegar. Viven en unión libre.

Jueves

Una amiga médica le hace una prueba de sangre. El positivo es predecible. Ahora una ecografía indica que la gestación va en marcha. Pero la mujer quiere abortar. Las cosas no están bien. Sigue indecisa, por su novio.

Las razones de la mujer para interrumpir el embarazo son simples. Sabe que, si llega a tenerlo, aplazará sus proyectos profesionales. Le va a tocar criarlo. Piensa que, en la práctica, el hijo o la hija estará de lunes a domingo a su cargo, porque Juan Carlos le dirá que tiene que trabajar mucho para mantenerlos a los dos.  

Sábado

La mujer tiene cuatro semanas de embarazo. Por teléfono le dice a su amiga que su novio no le ha comprado las pastillas recetadas por la médica. “¡Te toca conseguirlas a ti!”, le recalca ella. 

Lunes

Finalmente aborta.  Al novio poco le importa, al fin y al cabo el cuerpo no es de él. 

Sábado

A la mascota de Juan Carlos, un perro de raza pomerania, lo ataca un pitbull implacable, en un parque, y lo mata. El novio está conmovido, llora, siente desconocido este sufrimiento. En la noche, después de enterrar al animal, le dice a la novia: “¿Será que Juanito se murió por lo que tú hiciste?”.  

Ella calla. Ni siquiera las palabras pueden rescatarla. Empieza a experimentar una sensación que se llama culpa, que supuestamente viene de arriba, de Dios.

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Susana, 21 años. Abortó a los 18.

Pasó en el 2015, en segundo semestre de universidad. No me cuidé, pero compré las pastillas postday. Al mes siguiente, sin embargo, sentí algo extraño y conseguí una prueba de embarazo, que salió negativa. Mi intuición indicaba otra cosa y, como soy irregular, es difícil quedar tranquila. Hacia el segundo mes empecé a percibir más cosas raras. Tengo una debilidad por el huevo y, una mañana, en la que mi papá me pidió que le preparara unos revueltos, probé un bocado y tuve que salir corriendo al baño. Él me miró con los ojos achinados, como escrutándome. No me lo pude comer. Me dolía la cabeza, algo en mí me gritaba que las cosas eran raras. Caminar una cuadra significaba correr una maratón. 

Una noche me entró un dolor punzante. Tuve que ir a urgencias con mis papás. La médica me ordenó una ecografía y no la pudo hacer porque necesitaba que tuviera agua en el vientre y, cuando intenté tomar, vomité todo. El diagnóstico temporal fue gastritis. Al otro día fui a un laboratorio. Una prueba de sangre para comprobar lo obvio. No me sentía triste, eso era lo raro. Fui tranquila a hacerme el examen. Revisé el correo cada diez minutos, hasta que recibí el dictamen. Sonreí con el P-O-S-I-T-I-V-O, me llené de sosiego. Pensaba en que iba a ser una niña. Le puse Alai, que significa felicidad. Abortar no estaba en mis opciones. 

Transcurrieron dos semanas. En el celular tenía descargada una aplicación de embarazo, en la que te muestran la evolución del feto. La descargué porque quería saber qué pasaba dentro de mí. Mi cuerpo lo estaba sufriendo, me engordé un montón, vivía agotada. Me salía leche. Eventualmente le escribí por Whatsapp al tipo con quien me acosté. Él estaba en Medellín. Se regó en expresiones tipo “no somos pareja”, “no quiero ser papá”, “si quiere tenerlo yo miraré cómo hago”, “si lo quiere abortar, se lo agradezco”. 

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Susana: “No hablo de feto ni de aborto, sino que hablo de Alai, como si hubiera existido”.  

 

Había evitado involucrarlo, porque era el clásico imbécil. No quería que este bebé tuviera una familia disfuncional. En paralelo, me decía “Yo puedo, miraré qué hacer para arreglármelas”. Le pregunté a mi hermano si podía dormir en su casa, porque necesitaba contarle. Me recibió con las páginas web de organizaciones que ayudan en situaciones de embarazos no deseados. Fue chocante. ¿Por qué tenía eso en la computadora? Iba a contarle que iba a ser tío y él me salió con ese desplante. Me pidió que conociera este camino. Habló del futuro, de cómo un hijo iba a afectarme. Esa noche me desvelé. Fuimos a uno de esos sitios y hablé con un psicólogo. Para mí esto es lo más duro. Una enfermera me hizo una ecografía, vi la pantalla y ahí estaba. Es una imagen imborrable. 

En casa de mi hermano empecé a llorar. “¿Es lo mejor que puedo hacer?”. Mi hermano asintió. Sucedió un jueves. Me dieron dos pastillas para dilatar el útero. Mi cuerpo se resistió, me dio un dolor que me puso a gritar. “¡Por favor, traigan a la anestesióloga! ¡Necesito dormirme ya!”. Era una sensación de desgarre. Vomité verde. La anestesióloga me durmió. Desperté a las cuatro horas, me sentía completamente vacía. Me siento vacía. Algo me falta. Por eso se llama Alai, porque es la felicidad que no tengo. Este episodio me hizo madurar a la brava. Hoy pienso que fue la mejor decisión, pero a veces me encantaría ir a un parque con mi hija, para enseñarle lo poco que sé de la vida. 

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3

 

Gloria, 61 años. Abortó en los ochenta.

En 1976 me embaracé y, a 15 días de tener a mi hija, sufrí una tromboflebitis pélvica, que es una formación de coágulos en las venas. Mi pierna derecha se inflamó y casi no podía caminar. Después de ella no podía tener más hijos. Si no quería poner mi vida en riesgo, estaba obligada a cuidarme. Y lo hice, pero, incluso con métodos anticonceptivos, quedé embarazada. Mi segunda hija nació en marzo del 84. A pesar de los cuidados, reapareció la tromboflebitis pélvica. Era un problema serio, había riesgo de que algún coágulo se fuera a un pulmón o al corazón. Recurrí a un dispositivo intrauterino, pero al año de haber parido, quedé embarazada por tercera vez. 

Por las complicaciones anteriores, debía descartar tenerlo. El médico me dijo: “Si tiene al bebé, se puede morir de embolia pulmonar o falla cardiaca”. Habló escueto y descarnado. Como en Colombia el aborto no era legal, yo iba a poder hacerlo con una orden firmada de su puño y letra. 

A mí no se me había ocurrido abortar. No lo hice con mi primera hija, a pesar de mi corta edad, ni con la segunda, tras saber que podía repetir la flebitis, ¿por qué lo iba a hacer en mi tercer embarazo? 

Finalmente, llegué a las 8:00 de la mañana a ese sitio desagradable. Me atendió una recepcionista muy fría, me pidió el nombre y los meses que tenía. Se limitó a anotar en una hoja. Tengo presente la cara del médico, un tipo moreno, de pelo liso. Cuando comenzó el terrible procedimiento, no sabía lo que él me estaba haciendo. La verdad no sabía lo que era un aborto, no sabía que iban a matar a mi hijo. Y yo me estaba prestando para hacerlo. 

4

 

Reconozco que estaba lejos de Dios, no tenía respeto por la vida, era una situación muy distinta a la que vivo hoy. Este médico inició el procedimiento y yo, acostada, sentí un dolor terrible, que no era físico, sino que me tocó el espíritu. El médico continuó, y yo, retorciéndome, lo miré a la cara. Le imploré que no más, por favor, no más. Quería gritar, el ardor era indescriptible, le supliqué. Al rato, por fin se detuvo. Vístase y vaya a la sala, me ordenó. En la sala había otras mujeres. Ni siquiera nos mirábamos, teníamos un hueco en el alma, en la mente. 

Mi compañero me recogió al mediodía. Yo tenía rabia, porque él debió haber entrado conmigo. No estuvo porque tenía que trabajar. Los hombres en esto no tienen idea de lo que siente una mujer. Lo odié, al punto que prometí que jamás me tocaría. Salí adolorida, quería cerrar pronto ese capítulo. Era lo peor que me había pasado, y sigue siendo lo más doloroso. 

Esa noche estuve mal, el estómago se me inflamó, tuve fiebre, rebote… En la madrugada nos fuimos para la clínica. Me aplicaron anestesia general para hacerme un legrado. Supongo que mi compañero les informó del aborto. Me desperté al finalizar el efecto de la anestesia. La médica entró a la habitación. Yo estaba apenada. Por dentro me repetía “el médico me dio la orden, el médico me dijo que me iba a morir, el médico…”, justificando lo injustificable. 

La médica fue implacable:

—¿Usted qué hizo? 

Quería contestar “El médico me dio la orden y por eso estoy acá”, pero ella no me dio tiempo. 

—¿Dígame en dónde le hicieron esto? ¿Cuánto tenía de embarazo?

Tenía 15 días de retraso. Esa era la verdad, en ese momento desconocía que los sangrados que tuve durante casi cuatro meses no eran por la menstruación; eran amenaza de aborto, causada por el dispositivo intrauterino.

—Eso no es verdad, usted tenía por lo menos cuatro meses y medio, porque yo saqué partes del cuerpo del bebé. Deditos, pedazos de los brazos, piel…

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Gloria: “De la clínica me fui destrozada, me odié, odié a mi pareja, pero más a mí, porque en esto estaba sola. Fue mi culpa”.

 

No entendía lo que ella me decía, pasó tiempo para entender que un bebé de casi cinco meses está perfectamente formado. Cuando lo entendí, lloré demasiado. Durante años le eché candado absoluto a mi mente. Nunca lo hablé con mi compañero, él no me preguntó cómo me sentí. Estaba destrozada, me odié, lo odié a él, pero más a mí, porque en esto estaba sola. Yo tomé la decisión. 

Johana, 32 años. Abortó a los 22.

Mi novio y yo nos hicimos una prueba casera.  Me choqué, pensé en lo peor, creí que la vida se me acababa. Uno tiende a relacionar el embarazo no deseado con el fracaso. Sentí en el cuello la presión del colegio de monjas, donde un embarazo es lo peor que te puede pasar. 

“Lo que quieras”, me dijo mi novio. Fuimos a Profamilia, porque mi abuela había trabajado ahí. Creí que era el centro en donde me podían entender. Una doctora que estaba en contra del aborto me juzgó. Salí corriendo. Mi novio me acompañó. Él ya había ido al sitio con otra novia. Fuimos, la atención fue respetuosa. Tomé agua, me hicieron la prueba, hablé con una psicóloga. Yo lloraba. Me dieron la charla con otra mujer, que estaba firme, lo tenía claro, su embarazo le cogió ventaja porque tarde se vino a enterar. Su situación era compleja. Al final dimos el sí, aunque a mí me dolió hacerlo por la presión católica. 

Yo estaba segura de no tener una vida en mi estómago. Nos explicaron las formas de hacerlo: por pastillas o por extracción. Yo elegí las pastillas. Uno se toma una y se tiene que meter la otra por la vagina. La ginecóloga me sugirió tomar ibuprofeno, porque iba a sufrir cólicos. Y así fue, los cólicos son muy intensos. Pasé ese fin de semana en casa de mi novio, estuve con él en el proceso. Usé toallas higiénicas 'buenas noches'. 

No sentí la presión de estar haciendo algo incorrecto. Reconozco que se me bajó la nota, estuve algunos meses pensando, pero hoy, a mis 32 años, siento que fue una reacción exagerada. Por más de que la dualidad siempre está presente, estoy segura de que fue la mejor decisión. 

Para mi segundo embarazo repetí el ritual de la prueba y la sensación fue otra. Ahora que soy mamá de un niño de cuatro años, me doy cuenta de que menos mal no parí antes. El embarazo es un estado que conflictúa. Tal vez tuve la intención de abortar en el primer instante, pero luego no. Decidí tenerlo, segura. Y estoy segura de mí, porque la interrupción me dejó muchas lecciones.

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Johana: “Durante meses pensé en lo que hice. Hoy digo que la tristeza fue exagerada”. 

 

Ana, 27 años. Abortó a los 18.

Me gradué de un colegio católico femenino, en el que las monjas eran estrictas con el aborto y la sexualidad de la mujer. Nos prohibían tener novio. En once salí con un chico. Me gradué y, al rato, me enteré de que estaba embarazada. La noticia me llegó a una semana de irme a Santa Marta. Mi papá quería darme de regalo conocer el mar.

Mi novio y yo estábamos muy pequeños para elegir. Me amenazó con dejarme. “No voy a estar pendiente, no la voy a ayudar. En cambio, si aborta, voy a estar ahí para usted”, fueron sus palabras. 

Una conocida me recomendó ir a un lugar reconocido. Desde que me dijeron “Vamos a sacarle sangre”, estaba muerta del susto, porque le temo a las agujas. El examen de sangre te da el positivo con letras grandes.  Me sentaron con una psicóloga, que trató de convencerme de tenerlo. Yo tenía un embarazo avanzado, de mes y medio. No podía abortar con las pastas. La persona que me recomendó ir llamó a mis papás para decirles mi plan secreto.  

El día que fui a abortar, mi papá me llamó. Negué todo, le dije que estaba en otro lugar.

Cuando entré a la sala me metieron una pastilla por la cola, para que se me durmiera la cadera. Me mostraron el aparato con el que lo iban a hacer. Un tubito largo y delgado. Al comenzar la extracción, sentí como si me chuparan las vísceras. Era incómodo y le pedí al médico que se detuviera. Me dijo que no había vuelta atrás. Sentí tristeza por la idea de quitarme a alguien que seguramente iba estar conmigo toda la vida. Él y la enfermera fueron groseros. Me dijeron cosas como "No, pues, a la hora que le da por arrepentirse", "¿Cuánto tiempo tuvo para pensarlo?", “No sea tonta, reaccione, tire bien la próxima vez". 

Acto seguido, ambos empezaron a hablar de una película sobre un avión que estaba lleno de ratas. Lo hacían con absoluta normalidad, tranquilos, mientras yo me retorcía del dolor. Me costaba moverme. Lloraba. Me acomodaron en otra cama, me hicieron poner un pañal porque botaba sangre, sentía que me estaba orinando. A los diez minutos recibí la salida.

Afuera sentí que tenía un año menos de vida. Le dije a mi novio que estaba arrepentida, que no quería verlo, y él sacó la excusa de "Estoy aquí con usted, ¿de qué se queja?". Le expliqué que no era así, que a la que le metieron un aparato fue a mí. Ni él ni nadie iban a saber las consecuencias de esto. 

Duré una semana soñando con una niña que lloraba en una habitación. Me sentí culpable porque se me vino a la cabeza la imagen de mi papá, que me deseó, quería una niña cuando mi mamá estaba embarazada de mí. Sí, empecé a torturarme, me estaba enloqueciendo, pensaba que la niña nunca me iba a perdonar. Me iba a llover mierda del cielo por haberlo hecho. Era un típico pensamiento inculcado en el colegio de monjas. Por eso, cuando les conté a mis amigas, también me juzgaron. Me dijeron que le pidiera perdón a Dios.

Tuve dos años de arrepentimiento, pero a los 20 solté esa carga, asumí la responsabilidad. Hoy, a mis 27, no me arrepiento, la situación en la que uno se encuentra como mujer es indeseable. Así tengamos una pareja estable y firme, estamos solas desde el momento en que estamos embarazadas. Hoy digo que, si me sobrepuse a este reto, puedo enfrentar cualquier otro. Nadie decide por mí, a cualquiera le daña la cabeza haber estudiado en un colegio católico. Las monjas quieren que uno piense como ellas. Durante meses me sentí encerrada en un cuarto, con un grupo de gente señalándome, por haber escogido mi propia vida. 

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10.0517 abortos legales se registraron en el país, en el 2017. 

 

Carolina, 31 años. Abortó a los 23.

Lejos de tu país, a veces las cosas suelen ser peores. Tenía una pareja estable y vivía en Buenos Aires. Empecé a sentir que me dolía la barriga, mareos, ganas de vomitar. Los síntomas vinieron uno tras otro en el transcurso de una semana. Fui a un médico, que me dijo que estaba sufriendo de colon irritable. Yo intuía algo diferente y me hice una prueba de embarazo, que salió negativa. Pero la regla no me llegaba, por eso tuve que hacerme otra prueba. 

Quedé en shock al enfrentarme al resultado. Unos amigos de mi pareja nos recomendaron una médica. Empecé a deprimirme. Quizás andaba por las seis semanas. Para el aborto la médica me recomendó hacerlo en un plazo de 48 horas y me pasó el teléfono de un especialista. 

En una esquina, acompañada por mi novio, lloré. Él me dijo que hiciéramos lo que quisiera, me dio su apoyo. Era obvia para mí la decisión. No iba a tener un hijo. Jamás consideré indebido interrumpir el embarazo. Soy proaborto. Cuando eso pasó, no había terminado la universidad, estaba en otra ciudad, era imposible proyectar una familia con la persona que estaba a mi lado.

Una situación como esta te voltea patas arriba, te ubica en una realidad innegociable. Es un reto que te mira de frente y no puedes negarte a resolverlo. Es inaplazable. Mi novio y yo fuimos donde el médico del papelito. Llegamos a un lugar en un barrio feo. En un apartamento lúgubre, nos atendieron a las 8:00 de la noche. Me hicieron una ecografía, que, por supuesto, no quise ver. 

Decidimos explorar otras opciones. El tiempo corría, fuimos a otro médico clandestino, en un apartamento grande. El consultorio era rarísimo, ostentoso. El tipo que nos atendió fue muy transaccional, con su ayudante me revisó rápido y programó el aborto para las próximas 24 horas. 

Sucedió. A mi novio no lo dejaron subir. Sonaba música clásica. El ayudante del médico tenía zapatos de piel de culebra, pelo rubio, pintadísimo, y sus brazos estaban tatuados. No era un enfermero. Al despertarme estaba desorientada, me ardía, sentía como si me hubieran arrancado el ombligo. Me preguntaba “¿Qué hice?”. A mi derecha estaba una niña llorando. Pedía que se lo dejaran ver. Yo quería salir corriendo. Me paré y me desmayé. Vino el médico. Lo último que me dijeron fue de un control en una semana.

Al bajar las escaleras, eres tú sola la que está ahí, improvisando. Pudo haber salido peor, estaba muy débil. Había perdido litros de sangre. Era de noche. Abordamos un taxi y yo me sentía pésimo. Lo que siguió fue deprimente para los dos, duramos mal largo tiempo, el aborto nos cerró la relación. 

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Las tres causales en las que el aborto no está penalizado en Colombia:

1. Cuando existe peligro para la salud física o mental de las mujeres.

2. Cuando exista malformación del feto, que haga inviable su vida.

3. En caso de violación, transferencia de óvulo fecundado o inseminación artificial no consentida.

 

Ninguna quiere volver a enfentarlo.

Juan Carlos Vargas, asesor científico de Profamilia, resuelve dudas sobre la interrupción del embarazo. A doce años de haberse despenalizado esta práctica, comparte reflexiones sobre la estigmatización y los posibles riesgos psicológicos y físicos.

¿El aborto es una decisión exclusiva de la mujer o debe elegirse en pareja?

Lo ideal es que sea una decisión que sale de la mujer, va a su pareja, a su familia y vuelve a la mujer. Si la mujer es obligada a hacerlo, bien sea por su pareja o por su familia, puede quedar una cicatriz. Lo mejor es que sea ella la que tome la decisión, así su entorno no esté de acuerdo. 

A doce años de la despenalización, ¿por qué la interrupción del embarazo se sigue condenando socialmente? 

Es una actividad muy personal. En Profamilia vemos cómo la mayoría de mujeres que solicitan un aborto vienen solas o con su compañero. Pocas vienen con sus padres, lo que hace que las mujeres tengan que tomar solas la decisión. Para acompañarlas mejor, aquí diseñamos un servicio de atención integral, para que tengan a su disposición a un profesional en psicología, que hace las veces de ese apoyo que hubiera podido ser su familia. 

¿La ciudadanía sabe que el aborto en Colombia está despenalizado?

La Encuesta Nacional de Demografía y Salud, que realiza Profamilia y el Ministerio de Salud, demostró que apenas un 5% de las personas entrevistadas conocen en realidad las tres causales. La gente sabe que existe algo en la ley. Nosotros necesitamos aumentar el nivel de conocimiento para materializar el derecho a la autonomía reproductiva en las mujeres. De este modo no habrá más muertes ni afectación en la salud por abortos en condiciones inseguras. 

¿Es inevitable la sensación de culpa?

En abordaje amplio no hay sensación de culpa. Lo indiscutible es que las mujeres no quieren volverse a enfrentar a una situación similar. 

¿La mujer que aborta queda con complicaciones para embarazarse de nuevo?

Como médico me tengo que fundamentar en la medicina basada en la evidencia. Los estudios han demostrado que el aborto en condiciones legales y seguras no deja ninguna secuela en la mujer ni riesgo para su salud presente y futura. Incluso las probabilidades de muerte en un aborto son menos de uno en un millón de casos. 

La ley permite abortar si el embarazo afecta la salud de la mujer, ya sea física o mental. ¿Esto quiere decir que solo la mujer que tiene una patología mental es apta para un aborto?

Se entiende como salud el completo estado de bienestar físico y mental. No tiene que padecer de una enfermedad para alegar la causal de salud mental. Una afectación de su bienestar mental, que puede ser temporal y transitorio inducido por el embarazo no deseado o no planeado, constituye causal. La paciente no debe sufrir de esquizofrenia o depresión, no hay que demostrar nada de eso.  

¿Ha visto a mamás y a papás acompañar a sus hijas?

Ha habido casos, pero uno quisiera que fueran todos. Cada vez hay más comunicación entre las partes. Eso no solo demuestra el respeto por la autonomía de una hija, sino que ayuda a que ella sienta que su decisión es respaldada y reconocida.

* Los nombres de las mujeres fueron cambiados para proteger su identidad.

Nota del Director: Esta nota fue editada después de publicada para proteger la identidad y el buen nombre de organizaciones que ayudan a los derechos reproductivos de las mujeres y cuya inclusión en los testimonios podía resultar en malas interpretaciones sobre su trabajo.  

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Carlos Torres Tangarife

Estilo de Vida

La soledad de la mujer que aborta

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