
La vergüenza tóxica: el miedo a ser lo que realmente soy
Ayúdeme, por favor, imaginándose una cárcel donde no cabe ni siquiera el cuerpo; un artefacto que sirve para encerrar el alma. Es tan sofisticado, que la persona cuya alma está cautiva, ni siquiera se da cuenta de que le fue quitado lo más importante y, por lo tanto, puede pagar una cadena perpetua sin darse por enterada. Más aún, la víctima del artefacto se convierte en un furioso guardián penitenciario que reprime cualquier expresión del alma cautiva. No la ve como una víctima, sino como un terrible y peligroso criminal que hay que silenciar a toda costa. Además de lo anterior, la cárcel se reproduce y encarcela a otras personas que tienen contactos con el cautivo.
No le estoy hablando de un artefacto de ciencia ficción, ni de terror. Le estoy hablando de una realidad bastante concreta que destruye la vida de una buena porción de la humanidad, produciendo enfermedades psicológicas, familiares, sociales, ecológicas y espirituales. Le estoy hablando de la vergüenza tóxica.
Es la peor de las cárceles, porque sus barrotes encierran lo más preciado: el alma. Su poder es directamente proporcional al grado de inconciencia que tenemos sobre ella. La cargamos toda la vida en silencio, obedeciéndola dócilmente. Determina veladamente una gran parte de nuestros pensamientos, emociones y acciones. Confecciona nuestra realidad. Y lo peor es que la contagiamos, sobre todo a las personas que más queremos.
Una persona con vergüenza tóxica sufre de la peor de las calamidades: una relación de enemistad consigo misma.
Usted estará pensando que yo soy un poco exagerado. Que no es tan malo avergonzarse. Que un rubor no justifica tres párrafos de una revista. Que unos tenemos más “personalidad” que otros. Y creo que al pensar así, querido lector, usted cae en la típica trampa de desconocer la profundidad de sus implicaciones y efectos.
Aclaremos que hay dos tipos de vergüenza: la nutritiva y la tóxica. La nutritiva es una importante emoción que nos permite hacer conciencia sobre nosotros mismos en relación con los otros.
No siente vergüenza quien no tiene la capacidad de establecer vínculos significativos, de hacer conciencia de esos vínculos y de mirarse con los ojos del otro. La vergüenza nutritiva nos muestra nuestros límites, nuestras necesidades, nuestros errores, nuestras inconsistencias con los pactos básicos de las relaciones; nos devuelve siempre a la humildad de ser de carne y hueso.
Así que, señor lector, usted tiene razón cuando dice que no hay nada de malo en sonrojarnos cuando somos agarrados fuera de base, sentirnos tímidos cuando debemos explorar límites con prudencia, sentirnos torpes y necesitar ayuda otros, sentirnos motivados a transformarnos para salir de algunos lugares oscuros que habitamos o sentir nuestra pequeñez espiritual.
Pero cuando la vergüenza deja de ser una emoción y se vuelve un estado o condición; cuando se apodera de nuestra identidad, todo lo que sigue es un largo proceso de sufrimiento y deshumanización, porque básicamente vivimos la vida desde la premisa de que somos esencialmente defectuosos, carentes, incompletos e indignos. Una persona con vergüenza tóxica sufre de la peor de las calamidades: una relación de enemistad consigo misma.
Muchas personas confunden el miedo con la vergüenza. Pero detrás de ese miedo paralizante a hacer desde el corazón, a hablar con voz propia, a atreverse desde el alma, está la vergüenza con su voz fatalista que dice: “si te atreves a ser honesto, serás defectuoso”, “tu realidad del corazón no es digna de existir”. Por eso todos los intoxicados de vergüenza sufren de una común cobardía: el miedo a ser lo que realmente son.
Y por eso, de la mano de nuestra vergüenza siempre van el silencio y el ocultamiento. Y esto es un principio bien importante: la vergüenza odia la expresión, la exposición, la confesión, el coraje de la verdad. Es muy difícil reconocerla y confesarla. Es muy difícil mostrar nuestra verdad y aceptar cuantas cosas hacemos o dejamos de hacer desde la simple idea de que nuestra honestidad fundamental, tal y como es, no es digna. Lo más grave es que el avergonzado no esconde su ser real ante los otros, eso sería simple, sino que se esconde de sí mismo.
Una vez atrapados por la vergüenza asumimos una serie de mecanismos psicológicos bien típicos: aprendemos a volvernos catastróficos; nos volvemos egocéntricos y susceptibles; llenamos la vida de “todo”, “nada”, “siempre” y “nunca”; empezamos a pensar en blancos y negros; quedamos encerrados en la cárcel del perfeccionismo, sin derecho a equivocarnos; empezamos a apostarle a la falacia del control; nuestra vida se satura de “debieras” que nos tiranizan; y nos volvemos profesionales en el juego de la culpa.
Pero tal vez lo más terrible es que la parte que encerramos o condenamos, es esa parte del alma que muchos psicólogos —no sin un poco de cursilería— han llamado el niño interior: nuestra parte indómita, espontánea, inocente. Y esa parte, despreciada como Pulgarcito, es la que tiene las llaves de nuestra creatividad, de nuestra inspiración, de nuestro verdadero amor y de nuestros propósitos profundos. Es así como silenciamos nuestra voz más propia.
Y toda esta enemistad se camufla con el embelesamiento, con una imagen de perfección que inventamos para distraernos de nuestra tragedia, de ese, en palabras de Alice Miller, “asesinato del alma”. Construimos entonces una imagen de gloria, de poder, de estatus, de éxito sexual o económico o académico, de fuerza, de riqueza, etc.
Pero el daño está hecho y es irreparable, porque ya no hay amor entre nosotros y nosotros mismos. Y nada ni nadie nos lo puede devolver. Y esta es la radiografía de nuestra tragedia colectiva: nos pasamos la vida buscando en otra parte lo que solo podemos darnos a nosotros mismos. Buscamos la felicidad en el amor, el dinero, las experiencias o el trabajo. Pero mientras no valgamos para nosotros mismos, mientras no tengamos un incondicional amor hacia nosotros, todas esas personas, experiencias y cosas, no harán más que sumarse al desamor.
Los Tigres del Norte lo dicen bien: “Aunque una cárcel sea de oro, no deja de ser prisión”. Así que, señor lector, deje de cuidarla tanto y apuéstele a la libertad.
Brené Brown, Conferencia Ted: Escuchando la vergüenza.
Texto
- Invitación al ridículo, Mircea Eliade.
La autora plantea: “No conozco ninguna transfiguración de la Humanidad, ningún salto audaz en la comprensión de ningún descubrimiento pasional fecundo que no haya parecido ridículo a sus contemporáneos” Disponible aquí.
- Sobre el ridículo, Juan Sebastián Restrepo, en Vivir en el Poblado.
“Existe una relación directa entre ridículo y honestidad. Si tenemos en cuenta cuanta fobia tenemos al ridículo, veremos cuanta deshonestidad nos cubre, y la deshonestidad enferma”. Disponible aquí.
Libro
- John Bradshaw, Volver a casa.
El autor explica su método terapéutico para la recuperación del niño interior, para reconectar con recursos y energías de la infancia.
- John Bradshaw, Sanar la vergüenza que nos domina.
“La vergüenza es una cualidad humana que puede convertirse en una terrible enfermedad del alma: la vergüenza tóxica, capaz incluso de destruir la vida de una persona”.
