
Abuela con flores en la mano
Mi abuelita, a veces, me parece alegona y llevada de su parecer, pero sus consejos –por más cansones que me parecieran cuando era chiquita– siempre han sido muy valiosos y están llenos de sabiduría-. Desde que me vine a estudiar a Bogotá, nuestra relación cambió. Nos alejamos un poco, pero en un intento por recordarla empecé a registrar algunas de nuestras conversaciones telefónicas en mis redes sociales.
Aunque odio aceptarlo, muchas veces tiene la razón. Su forma paisa y cruda de decirme las cosas siempre me saca carcajadas, como cuando le pregunté su opinión acerca del matrimonio igualitario:
—Abuelita, todo el mundo tiene derecho a amar a quien quiera, es libre de casarse con quien quiera...
—A tirarse la vida con quien les dé la gana.
O como cuando me dijo lo que opinaba sobre la amistad:
—Los amigos no existen, pero no vaya a decirles eso a sus amigos, que ahí mismo lo dejan por ahí botado como un pendejo.
Y cuando me sorprendió con su reacción cuando le dije que yo era una mujer trans (una persona a la que le asignaron un sexo masculino al nacer y que se identifica como mujer). Me moría del susto de que se alejara de mí o que no entendiera, pero, en cambio, me felicitó por no esconderme:
—¿Está feliz de haber salido del ‘clóser’? Ya estamos en otra época, sin hipocresías. Y esta ciudad es muy conservadora, pero cada quien que tenga su forma de pensar. Que todo el mundo salga del ‘clóser’, todos aquí vamos a salir del ‘clóser’... ¡Ja!
Yo ya cantaba victoria por su total aceptación, pero al parecer no le gusta ni poquito la idea de que ella tenga algo que ver con mi forma de ser:
—Abuelita, yo creo que yo heredé todo por tu lado. Hay dos primos gays y yo soy trans. Todos por el lado de tu familia, yo creo que lo heredé por tu lado...
—¡Ja! No fregués…
Rara vez estamos de acuerdo. Como cuando le dije que era muy importante tener el derecho de demostrar emociones tristes en público y dejar a un lado los tabúes con respecto a la salud mental:
—Se está muriendo toda la gente importante de mi edad... Yo sí no quiero morirme, que pereza debajo de ese tierrero por allá abajo. Qué frío… no, no, no, no. Y así y todo, hay gente que dice que 'tan bueno morirse', ¡pendejos, idiotas! Siempre es que hay mucho idiota hoy, antes no había tanto. Ahora es que son tantos que no hay donde meterlos. ¡Eh, Ave María!
Pero, definitivamente, lo que siempre nos permite entendernos e intercambiar ideas, sin tomárnoslo de una manera personal, es el humor y el cariño que nos tenemos. Aunque a ella no le guste en exceso:
—Holaaaaaa, abuelita linda, preciosa de mi amor y mi corazón...
—Hable ligero, diga... ¿Sabe qué? Chao (cuelga).
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