
Liliana Londoño, la mejor profesora de la comuna nueve
La casa de Liliana Londoño, en la comuna nueve de Medellín, es de tres pisos y la comparte con diez personas: mamá, hermanos, cuñados, sobrinos, hijos, esposo y nietos. Ella vive en el tercero, un reducido espacio con dos habitaciones, una cocina, un baño y una sala que también hace las veces de patio. Allí, cada sábado, el pequeño espacio se convierte en un salón de clases.
Cuando llegamos a buscar a Liliana, ella estaba a punto de empezar a organizar el salón, junto a su esposo. Cada ocho días, después del mediodía, los dos descuelgan las cuerdas de tender la ropa y transforman el lugar en un centro de aprendizaje. Sobre cinco mesas de madera extienden lápices, cuadernos, colores y muchas ganas de aprender. Hasta este lugar llegan más de cuarenta niños, entre los seis y quince años, a recibir clases dictadas por un grupo de voluntarios, quienes hacen un tablero a punta de hojas de papel reciclado pegadas en la pared. Con ganas y persistencia, Liliana intenta enamorar a sus vecinitos del estudio.
"Aquí vienen voluntarios alfabetizadores, me colaboran con clases de matemáticas e inglés. Y yo trabajo con los niños más pequeños para que ellos aprendan a leer. Con ellos tengo un compromiso muy fuerte. No son mis hijos, pero parece que lo fueran; de mí depende que ellos puedan tener una buena educación"
Liliana sueña con un espacio más grande, con una casa que tenga otro techo para que los niños no se asfixien con el calor, y con más donaciones para darles refrigerio todos los sábados.
Cuando el reloj marca las dos en punto, las sillas empiezan a ocuparse rápidamente. Dos jóvenes le ayudan a Liliana con las clases, son estudiantes de grado noveno que hacen ahí sus horas de voluntariado. Luisa enseña matemáticas, y Sebastián, inglés, mientras Liliana se encarga de las clases de español. A este equipo se le ha sumado Luz Mery López, una vecina del barrio. “Acá soy voluntaria de la labor que hace doña Liliana, porque me encanta su compromiso, su entrega y su amor por estos niños. La labor que hace es muy bonita”.
Con la llegada de los estudiantes, el lugar se hace más pequeño, el calor pega más duro por las tejas de zinc que cubren el patio y nosotros empezamos a buscar un lugar para poder grabar sin incomodar a nadie. Como no es fácil ubicarnos, camarógrafo, sonidista y periodista terminamos en un rincón, siendo testigos del milagro, como lo llama Liliana. “Los invito a mi casa los sábados, porque es un día en el que los niños generalmente están en la calle, bien relajados. Ellos vienen fielmente. Y vienen aquí a aprender. A veces me parece increíble”.
Ver a Liliana impartir sus clases es sorprendente. Cuando la conocimos, su tartamudeo al hablar era evidente, pero al ponerse en el papel de profesora el problema desaparece. Con toda fluidez practica las vocales con sus pequeños. “Para mí está muy claro que tengo un compromiso con ellos, que no son mis hijos pero lo parecen, porque sé que de mí depende que ellos tengan una buena educación, y ojalá que los padres tengan ese mismo sentir por sus propios hijos”.
La motivación de ella es su propia historia: a los 13 años quedó embarazada, por eso no pudo terminar el colegio y abandonó su sueño de entrar a la universidad. “Para mí fue muy duro. Creo que eso fue lo que me hizo llegar a muchas cosas que no eran buenas”. Sin embargo, logró graduarse como bachiller siendo madre de dos hijos. Desde hace más de seis años, su pasado le da la fuerza para trabajar evitando que los pequeños tomen malos caminos.
Recorrimos algunas calles del barrio con Liliana y nos encontramos a varios niños, algunos sentados en los andenes y otros corriendo detrás de un balón. Uno particularmente nos llamó la atención, un niño de 12 años, con síndrome de Down, que con orgullo nos mostró un arma en madera que él mismo había construido. La voz de Liliana se cortó de inmediato, y con tristeza nos dijo que eso es lo que no quiere para ellos. “Aquí hay mucha violencia, a veces hay una aparente paz pero de todas maneras ahí están esos niños que no tienen en qué ocupar su tiempo libre, son testigos de los enfrentamientos entre bandas, ven cómo se drogan, de frente se encuentran con todo lo malo que los adultos hacen”.
En medio de la violencia, los refuerzos escolares son el refugio de los cuarenta niños que, sin falta, se acercan al pequeño salón. Cuando el sol se empieza a esconder detrás de las montañas, con un abrazo de agradecimiento, los pequeños se despiden de la profe Liliana, y el salón de clase vuelve a ser un diminuto patio.
