Discurso proclamado en La Habana el 24 de septiembre de 2016:
La mejor forma de ganarle a la guerra fue sentándonos a hablar de la paz. La guerra ha terminado. Pero también hay un nuevo comienzo. El acuerdo abre posibilidades para iniciar una etapa de transformación. Bajo el telón de fondo de la reconciliación, abrimos la puerta a una sociedad más incluyente, en la que podamos reconocernos como colombianos, en la que nadie tema por su integridad a consecuencia de sus ideas políticas.
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La faena que sigue nos compromete a todos. Vendrán discusiones, ajustes y sacrificios. Necesitamos comprensión, altruismo, tenacidad y paciencia. Tenemos que asumir una responsabilidad como colectividad, en la que cada quien debe jugar un papel. No me refiero solo a contribuciones materiales. Hasta el último de los colombianos tiene mucho que aportar. Lo mínimo que nos debemos mutuamente es dar paso a una nueva oportunidad de vida.
Esa es la palabra: oportunidad. No debemos limitarnos a celebrar el silencio de los fusiles. Lo que realmente importa es que se abren caminos para dejar atrás la violencia y reconstruirnos desde el respeto.
Seguramente el acuerdo logrado no es un acuerdo perfecto. Pero con la misma honestidad y franqueza con la que hemos informado a la opinión pública, quiero ahora transmitir que tengo la certeza de que es el mejor acuerdo posible. Probablemente todos hubiéramos querido algo más. Nosotros mismos en la Mesa hubiéramos querido algo más. Pero el acuerdo logrado es el acuerdo viable.
Hemos creado una senda para cerrar la brecha con el mundo rural. Es el camino correcto. Tiene el propósito explícito de recuperar la dignidad de la familia campesina y de permitir su ingreso a un ciclo productivo sostenible y adecuado. El punto sobre reforma rural integral es un horizonte y también un desafío. Las tareas de implementación van a exigir aplicación, recursos, voluntad política. De la mano de la reforma rural, creemos que se ha hecho un diseño útil para vigorizar herramientas que permitan superar el problema de los cultivos ilícitos y de generar un nuevo entorno en el terreno del narcotráfico y el consumo. Nadie puede pretender que al otro día de la firma el narcotráfico habrá desaparecido totalmente. Pero sí creemos que el fin del conflicto es una oportunidad enorme para mitigar los efectos perversos de esta maldición.
Se ha logrado establecer un compromiso serio y transparente sobre el cese de fuego y hostilidades bilateral y definitivo. Hay un mecanismo de monitoreo de gran calado. La presencia de Naciones Unidas y de los miembros de los países de la CELAC imprime un sello de garantía que brinda tranquilidad a la ciudadanía. Las armas desaparecerán de las manos de las Farc.
Muchos colombianos quisieran castigo para las Farc. Pero también con igual fervor deberíamos pedir el mismo castigo para todos los responsables. Agentes estatales que desviaron su misión y terceros financiadores de graves crímenes y masacres. La violencia del otro no puede justificar la violencia propia. Lo que se quiere con la justicia de transición y con la puesta en marcha de mecanismos para la verdad y la reparación, es que esta sociedad entienda que no hay violencia buena. Que la única reacción legítima contra el crimen es la fuerza democrática del Estado. Fuera de este camino, se desencadenan violencias que se alimentan a sí mismas y que perpetúan la confrontación.
Lo acordado en la justicia es parte de un sistema completo que implica verdad, reparación y garantía de no repetición. En la justicia ordinaria la pena cumple un papel disuasivo. Las sanciones previstas en el acuerdo tienen en cambio un amplio contenido reparador. La justicia transicional tiene el propósito de superar una etapa de violación masiva de los derechos. No se trata de cerrar los ojos ante el delito. No es un acto de ceguera resignada. Lo que busca es afianzar el estado de derecho y abrir espacios para construir relaciones sociales rotas. Justicia transicional no es la sobrina pobre de la justicia. Es sobre todo justicia. Muchas víctimas desean sanar sus heridas, conocer la verdad, ver que los responsables asumen sus culpas. Las sanciones contempladas en la Justicia Especial cumplen ese propósito.
El ingreso de las Farc a la política será un paso gigantesco. Pero no es suficiente. Hay conflictos en la sociedad colombiana que tenemos que continuar afrontando con la fuerza tranquila y la legitimidad creciente del Estado.
Desde orillas opuestas, debemos reconocer a las Farc su disciplina de trabajo. Fueron conversaciones complejas, a veces amargas. Pero el resultado es suficiente recompensa.
El acuerdo del fin del conflicto no tiene dueño. No pertenece a los partidos. No pertenece al gobierno. No pertenece a las Farc. Pertenece a los colombianos.
Termino con una voz personal: haber logrado un acuerdo con las Farc no significa que haya existido una claudicación mutua. Mis convicciones y valores siguen intactos. Supongo que lo mismo ocurre con los miembros de la guerrilla. La mesa no fue un ejercicio de condescendencia, ni de intercambio de impunidades. Pero sí significa para mí que he crecido espiritualmente. Que hoy conozco mejor a Colombia. Que hoy me duele más el sufrimiento de muchos compatriotas. Pero que también he aprendido mucho de la capacidad de resistencia de los colombianos, de su generosidad y de su alegría.
Foto: David Schwarz.