Aquel año sabático significó comprobar que hay otras maneras de pensar, de vivir, de honrar a los muertos, de contar la historia, de moverse, de celebrar… / Foto: cortesía.
No he sido de los que se lanzan en parapente ni de los que exploran esas cuevas profundas y oscuras que en realidad les pertenecen a los murciélagos. No he sido de aquellos que desafían la velocidad –como no sea para ir más despacio que la mayoría– ni de los que se adentran en los pantanos que frecuentan los caimanes o las selvas en donde habitan las serpientes.
Nada de eso. Sin embargo, hay dos momentos de mi vida en los que me han tildado de valiente, de manera insistente, y las dos tienen que ver con la decisión de abandonar el mundo conocido y seguro para moverme hacia otras latitudes en donde me espera la incertidumbre. En donde he tenido que enfrentarme a tradiciones ajenas a la mía. En donde, a pesar de compartir el mismo idioma, las cosas se llaman diferente. En donde la piel ha conocido y soportado otros climas, otras humedades, otros vientos. En donde no está esa familia que siempre tiende la mano y se suma en las celebraciones.
Lo confieso: más que valentía ha sido curiosidad. Suponía que el mundo era más ancho y más sorprendente que aquel al que tenía acceso en la sala de redacción del periódico en el que trabajaba, y que se había ido convirtiendo en un seguro de vida: el éxito parecía allí garantizado, pero me vi pensionado antes de tiempo entre aquellas paredes y quise vivir la experiencia de enfrentarme a otra cultura.
Sigue a Cromos en WhatsAppEso fue lo que hice la primera vez, cuando tomé mis pocos ahorros y me fui para Buenos Aires, un lugar que siempre he amado y que me acogió como porteño de fundación. Allí escribí mi primera novela, pero más allá de los halagos de la tinta y el papel, aquel año sabático significó comprobar que hay otras maneras de pensar, de llevar la vida, de honrar a los muertos, de contar la historia, de moverse, de celebrar…
Pasaron casi veinte años para que la curiosidad volviera a imponerse. Esta vez la curiosidad de vivir frente al mar y las ganas de llevar una vida más tranquila, de disponer de más tiempo para la familia, de alborotar las energías en busca de la inspiración: no solo la inspiración literaria, sino también la que alimenta la vida, la que mueve el espíritu.
Santa Marta, el destino elegido, me ha ofrecido atardeceres inéditos, paisajes que cambian muchas veces cada día, aunque se trate del mismo lugar visto desde el mismo ángulo, una medida del tiempo muy distinta a la que conocía. Y, sobre todo, la posibilidad de mirar hacia dentro cuando contemplo, a veces, largo tiempo el mar: explorar sentimientos que afloran ante la inmensidad del océano, preguntarme con insistencia por lo fundamental. Y volver a la certeza de que hay en nosotros tanto por descubrir que vale la pena hacer, de vez en cuando, un corte drástico con lo que tenemos –un corte que algunos tildarán de valiente y otros de irresponsable– para enfrentarnos a otras posibilidades de nosotros mismos.