Por: Liliana Escobar
“Mamá, ¿tu sabías que yo doy la vida por ti?”, me dice Martina mientras me abraza después de dos días de no vernos. “Yo también amor”, respondo. Pero algo en mi tono de voz no la convence o no le gusta. Enseguida me suelta, pone sus manos en mi cara, me mira a los ojos y de manera pausada y seria me dice: “No, mamá, es de verdad, yo doy la vida por ti”. No pude pronunciar palabra. Lo único que hice fue abrazarla otra vez para que no se diera cuenta de mis ojos empapados (entramos oficialmente en la etapa en que le da ‘oso’ verme llorar).
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Finalizado este particular reencuentro, se fue a buscar su libro de mandalas y yo me quedé pensando en cómo una niña de 8 años está dispuesta a sacrificar su vida por mí. Claramente, lo último que quiero es que Martina me ponga por delante de ella y de sus cosas. Por el contrario, ella es la protagonista de esta historia que venimos escribiendo juntas desde el día que nació y que adquirió un nivel más especial a partir del momento en que su papá y yo nos separamos.
Sé que hay mujeres que odian el término ‘mamá soltera’ porque aseguran que el estado civil no define la maternidad. Pero, en mi experiencia, ser mamá soltera ha definido la clase de relación que tengo con Martina. Desde que era pequeñita he procurado que Marti tenga voz y voto en todas las decisiones que afectan nuestra vida juntas. Antes de aceptar mi más reciente trabajo, le expliqué lo que representaría para las dos tener mayores ingresos. Ella, pragmática y sincera, respondió que mientras no me tocara trasnochar y pudiera llegar a hacer tareas con ella, estaba feliz por mí.
Respuestas como esta exigen no solo que cumpla mi palabra, sino que siempre sea honesta con ella. Quienes nos conocen saben que entre las dos no hay secretos. Un diciembre, después de pagar cuentas, me di cuenta de que no tenía plata suficiente para los regalos de Navidad. Pedir prestado no era una opción, la lista de deudas en ese momento era larga. Así que opté por decirle la verdad y ofrecerle que fuéramos juntas a comprar su regalo, pero que solo me alcanzaba para una cosa. Sonriendo, aceptó mi propuesta sin dar queja alguna o preguntarme por qué solo uno si los años anteriores habían sido más. Llegamos al lugar, vio una camiseta que le gustó y antes de ir a medírsela me preguntó: “¿Mami, te alcanza para esto?”. Tan pronto le respondí que sí, me dijo “Listo, ya no necesito nada más”. En ese momento, ella fue la adulta de las dos. Yo la abracé y le di las gracias por ser tan especial.
Sé que ‘para una mamá no hay hijo feo’ y que, al final, todos los hijos son especiales, pero yo estoy convencida de que Marti es un ser excepcional, valiente, fuerte, generoso, con un corazón tan grande que parece que fuera a explotar. Una niña que, sin duda, va a dejar su huella en el mundo y que me recuerda todos los días las razones para nunca darme por vencida. Ella, con frases como “¿yo por qué te amaré tanto?”, ratifica que ser mamá soltera es lo mejor que me ha pasado en la vida. Y sí, incluyo la palabra soltera, porque el hecho de que seamos solo las dos ha hecho que nuestra historia sea diferente. Es una historia que solo las dos entendemos y que seguiremos construyendo, conectadas por una energía poderosa, hasta el día en que ya no tenga aire en los pulmones.
Foto: iStock.