"Mi adicción al ejercicio", por Margarita Rosa de Francisco

“Comenzó hace ya tres décadas, después de ser liberada de un corsé de yeso que me sujetó el torso durante nueve meses”.

No puedo negarlo. Hacer ejercicio es una dependencia de la cual no he podido zafarme y que comenzó hace ya tres décadas, después de ser liberada de un corsé de yeso que me sujetó el torso durante nueve meses, mientras mi columna adhería una barra de metal a sus vértebras lumbares, inobjetable opción quirúrgica para corregir una escoliosis progresiva.

Nunca fui buena deportista. Por el contrario, más bien torpe, pues no tenía talante fortachón para pelearme por una pelota de básquet, ni para patear un balón. Mi adolescente silueta escuálida atrajo la atención de Gloria Castro, directora de la Escuela de Ballet Clásico en el Conservatorio de Cali, quien había abierto unas clases de gimnasia rítmica, a las que mi hermana y yo asistíamos por iniciativa de mi mamá.

Comencé mi formación como bailarina clásica en plan "línea dura". Los profesores rusos y cubanos ostentaban una forma de enseñar estricta y bastante ortodoxa. Aprendimos a soportar el dolor viajando más allá de él para entregar a través de nuestros cuerpos movimientos plásticos de impecable técnica y así transformarlos en bellos instrumentos de arte.

Mi profesora detectó la desviación de mi columna que empezaba a impedir ciertos ejercicios y me mandaron al ortopedista, y él por ahí derecho, para la inevitable cirugía. No sé si fueron esos años de entrenamiento espartano en el conservatorio lo que sembró en mí ese rigor para cultivar un delirio estético a través del cuerpo, pero el caso es que apenas me vi ya sin mi inseparable escafandra, me propuse tener una figura de "diseño", sólida, fuerte, moldeada a mi gusto y bajo mis propios estándares de proporciones y equilibrio.

Ningún médico me recomendó ir al gimnasio. Yo misma fui aprendiendo a oír mis huesos, mis músculos, mi corazón. Adoraba la idea de transgredir los cánones de belleza de aquella época forjando músculos visibles, evidentes, e ilustrar con esto mi determinación a prueba de todo. Por qué? No sé. Solo puedo decir que cuando me involucro en un proyecto que me concreta como persona, soy un soldado incansable a su servicio. No claudico hasta que no considere que mi obra es, si no perfecta, aceptable. Mi cuerpo era pues, todo un trazado, con estaciones y objetivos específicos.

Por cuenta de este sargento que llevo dentro, he hecho locuras con el cuento del ejercicio. Durante el reinado de belleza en el que participé, llegaba a hacer gimnasia a la hora que fuera luego de larguísimas jornadas ante los ojos estupefactos de mi compañera de cuarto; o también después de una fiesta, a las 2 a.m. y con algunos aguardientes entre pecho y espalda. He entrenado durante cinco horas seguidas, otras veces tres veces al día, he salido a trotar a media noche, una vez salí una madrugada a correr y me quedé dormida andando, me caí y me luxé un hombro. Todo esto iba acompañado de su respectiva pataleta con la alimentación, atracones de chocolate y aguantadas de hambre. Peligrosísima cruzada solo para ganarme la estampa que mi Generala Margarita Rosa me encomendó.

¿Entonces hoy en día qué pasa conmigo? ¿Para qué quiero un cuerpo perfecto si ya no voy a desfilar en bikini por ninguna pasarela ni voy a salir desnuda en ninguna revista? ¿Para qué si nunca será perfecto? ¿Para qué me parto el lomo haciendo "cardio" o abdominales que duelen como un mordisco en el alma y me rompo las piernas impulsando sentadillas? ¿Para qué sigo disciplinadamente una alimentación técnica baja en grasa, sal, alcohol y azúcar orientada a la definición muscular? Pareciera que mis principales motivaciones no fueran precisamente las de ser saludable o durar más en este planeta tan raro, aunque de hecho pueden derivar en eso.

Tal vez lo sigo haciendo porque me produce placer ver delante del espejo un contorno armónico, estéticamente agradable a mis ojos, de la misma forma que a otros les gusta contemplar un paisaje. Quizás porque me gusta sentirme ágil, lúcida, energética, caminar derecha, estar lista para bailar por horas, pegar un salto o un carrerón. O de pronto por necesitar esa sensación de placidez que resulta después del esfuerzo, o porque sigue traduciendo mi carácter combativo desafiante del dolor y lo difícil, o porque me hace sentir la heroína de esa íntima gesta que es la lucha cotidiana contra la dejadez y la pereza.

Hace unos años una segunda cirugía me devolvió a una camilla de hospital y tuve que comenzar de nuevo. Hasta ahora no he encontrado algo mejor que los resultados del ejercicio diario para mirarme con cariño al espejo y decirme a mí misma: Márgara, sos una dura!

 

Foto: cortesía Caracol Televisión.