“Mi amor”, “niña”, “señorita”, “doctor”: lo que dicen de nosotros las expresiones que usamos a diario

No se trata de satanizarlas, aunque debemos reconocer que en algunas ocasiones son machistas, confianzudas y hasta verdes.

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Cuando voy a un café con mi papá, él suele referirse a la dependiente mujer “niña” o “señorita, denominaciones que yo repliqué durante años sin ser consciente de mi error.

 Llamar a una mujer “niña” o “señorita” es repetir el error de algunos periodistas deportivos. Un ejemplo reciente: hace poco ciertos comunicadores radiales llamaron a las futbolistas “las niñas de la selección” o “las niñas del Atlético Huila”, como si se tratara de oncenos conformados por menores de edad.

Un fin de semana le dije a mi papá que dejara de minimizar a la mujer que nos presta un servicio. Le dije que, si necesitaba un nombre para referirse a ella, con respeto podía llamarla por el que figuraba en la placa de su uniforme.

Llamarla “Laura” le resultó más agresivo que el “niña”. Nos la pasamos discutiendo con argumentos, en resumen los míos fueron por la vía de "tenemos un nombre para que nos llamen por él". Mi viejo no lo entendió así y al final de nuestra cita cada uno se fue para su casa con su forma de pensar a cuestas.

En mi habitación le eché cabeza a las maneras en que llamamos a desconocidos y amigos.  Aparecieron varios. Empecé con el “doctor” y terminé en el “mi amor”, tan normalizado para algunos y tan despreciable para otros. Aquí van algunos:

Doctor-doctora

Suelo usarlo con pudor cuando entrevisto a una fuente que generalmente está de saco y corbata o de vestido enterizo. ¿Por qué le digo “doctor” o “doctora” a alguien que no se ha clavado ocho años estudiando un doctorado? Para evitarme amarguras, este 2019 he decidido llamar a la persona que entrevista por su cargo o por su apellido. Es mi propósito.

Mi amor

Está perfecto para llamar a la pareja, para otras circunstancias hay que guardarlo tres metros bajo tierra, con candado. Reconozco que cuando era veinteañero lo usaba con mis amigas (por supuesto, no me enorgullezco de eso). Aunque haya confianza, el “mi amor” es invasivo, feo y anticuado.

Niña y señorita

El primero infantiliza, el segundo “adolescentiza”. En ambos casos se discrimina, porque pone a la mujer adulta en un nivel de aprendizaje, casi pueril.

Hermosa

El “hermosa” pone en evidencia al morboso. Por el bien de la humanidad, me abstengo  de usar mal este adjetivo con mujeres con las que no tengo confianza. Si lo llego a usar es para bromear o, en un contexto determinado, calificar el 'look' de alguien que conozco.  

Marica

Entiendo a los detractores del “marica”. Lo uso con mi círculo de panas, pero procuro dosificarlo porque puedo quedar como gomelo de telenovela colombiana.

Conclusión: su nivel de uso debe ser moderado.

"Veci"

El “vecino” y “vecina” es inclasificable. Lo meto en la carpeta de “bogotanismos” que me encantan, porque en Cali no es usual llamar a alguien con el tradicional “veci”.

El "veci" es amigable, cercano y respetuoso. Envasa el equilibrio para que se rompa el hielo entre dos interlocutores (dependiente-cliente), sin ser abruptos.

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Boris Zapata

Estilo de Vida

“Mi amor”, “niña”, “señorita”, “doctor”: lo que dicen de nosotros las expresiones que usamos a diario

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