“Sería la mejor oportunidad de mi vida”, respondió a la pregunta sobre lo que significaría que su esposo se convirtiera en el presidente de los Estados Unidos. “Dedicaría mi tiempo y empeño a los problemas por los que nadie se preocupa en este país. Me gustaría tocar el corazón de toda una nación”, dijo de forma premonitoria Michelle Obama esa noche de octubre de 2007 ante las cámaras de televisión.
Años después, su carisma, compromiso y sencillez la llevan al punto de ser comparada con la princesa de todos los tiempos, Jacqueline Kennedy. Para otros su preparación, elocuencia y esfuerzo por lo que defiende la convierten, por encima del color de su piel, en la mejor primera dama de todos los tiempos.
Sin duda, la personificación del sueño americano. Una niña afroamericana proveniente de un barrio marginal del sur de Chicago convertida en una abogada condecorada de Harvard y Princeton , es hoy en día la mujer más influyente y querida de un país
Sigue a Cromos en WhatsAppSin embargo esa seguridad que hace que Michelle LaVaughn Robinson Obama brille como un diamante a donde vaya no era algo innato para la hija menor de Fraser Robinson y Marian Shields. El uno, trabajador de la empresa de agua de Chicago; su madre, dedicada a los cuidados de la casa en un humilde apartamento divido en cuatro donde dormía con su hermano mayor Craig. Su entorno 100% de color.
Llegaría la adolescencia y sería ésta la realidad que tendría que afrontar al graduarse con honores de la secundaria Bryn Mawr. La misma a la que tenía que viajar por más de tres horas todos los días. Una carta de invitación para ingresar a Princeton, una de las escuelas más elitistas del país, la convertirían en la primera mujer de toda su familia en asistir a la universidad.
No fue fácil. “Aquí me hice más consciente de lo que significa ser negra. Por más que esté en una universidad liberal y de mente abierta muchos de mis compañeros y profesores me tratan y me hacen sentir como una visitante, como si no fuera parte de ellos”, decía en ese entonces Michelle, una de las 94 estudiantes de color entre los 1.140 estudiantes blancos que allí estudiaban. Fue entonces cuando por primera vez entendió lo que era ser una minoría. Y para combatirlo y no dejar sus brazos cruzados creó la Organization of Black Unity, la primera organización estudiantil afroamericana en Princeton desde su fundación en 1746.
Su esfuerzo y disciplina no tardaría mucho en llevarla becada a Harvard. Su objetivo, convertirse en la mejor abogada del país y así poder darle una vida confortable a sus padres. Cuatro años después, regresa de Boston con un título Cum Laude y una oficina en el mejor buffet de abogados de Chicago.
A pesar de sus triunfos, el sentimiento de ser una extraña, una visitante de ese mundo la seguía rondando. Su identidad seguía debatiéndose entre el color de su piel y el significado de su éxito. Sin embargo sería en Chicago, cuando regresa a trabajar para Sidley & Austin, una prestigiosa firma de abogados especializada en propiedad intelectual y donde era la única mujer de color entre más de 150 abogados, donde todo empezaría a cambiar.
Llegó el verano de 1985 y con él, un estudiante proveniente de Nueva York. Su misión era enseñarle todo sobre la compañía y sus litigios. Lo que ignoraba a primera vista era que ese joven de nombre raro y orejas grandes, al cual tenía que empalmar por pedido expreso de su jefe, se convertiría en su talismán.
No fue fácil para el joven Barack, quien se aseguraba empeñado en enamorarla. Intentando disuadirlo Michelle le presenta sus propias amigas sin éxito alguno. Finalmente y después de mucho escurrirse, la atlética y esbelta abogada acepta la invitación a una charla que él joven amante del blues y la poesía libertaria daría en el sótano de una iglesia a un grupo de mujeres cabeza de familia.
Verlo de esa forma apasionada convencer a ese grupo de mujeres, como alguna vez fue su madre, del alcance de la voluntad humana y de la importancia del trabajo en comunidad para apoyarse y sacar adelante a la familia, la hizo entender que su éxito e identidad iban de la mano, y que el hombre que se lo había hecho entender se había ganado para siempre su corazón, cuenta la propia Michelle en su biografía.
Así fue, dejándolo todo, su puesto y su millonario salario pero sobre todo inspirada en Barack, entra a trabajar para la ciudad de Chicago en un programa destinado a enseñar a jóvenes de zonas deprimidas cómo conseguir empleo, capacitarse y gestionar recursos para su comunidad. De allí, con anillo en mano, directora de servicios comunitarios del hospital de la universidad de Chicago. rol que le permitió gestionar servicios de salud a más de 1200 familias marginales afianzando su vocación comunitaria.
Años después, con su carrera en su punto máximo como directora de servicios de comunitarios del consejo de Chicago, sus dos hijas Malia y Sasha de 4 y 7 años en el colegio y con su esposo, senador por el Estado de Illinois, Michelle se consolida como una mujer que lo puede todo. Amor y fortaleza asegura, era lo único que lograba hacerla sobrellevar días de 18 horas en las que le quedaba tiempo. se quisiera o no, para ir al gimnasio, hacer tareas con la niñas y colaborar en la nueva empresa de su marido, convertirse en el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos.
Al preguntarle luego del histórico triunfo de su esposo en 2008 sobre cuál sería el rol más importante que tomaría en la Casa Blanca, respondió: “Ser madre por supuesto. No puedo dejar que Malia y Sasha crezcan desconectadas del mundo, quiero que sean tratadas como niñas no como princesas”. Hoy, las niñas siguen tendiendo sus camas, las acostumbró a levantarse y alistarse para la escuela. Fomentarles el deporte, así como con clases de piano y teatro ha sido su mejor estrategia para mantenerlas alejadas de las toxinas de la fama.
Pero a veces la fama trae algo bueno. Su reconocimiento como primera dama ha logrado hacer la diferencia. Recaudar recursos para la red nacional de refugios para ancianos, programas de empleo para los veteranos de guerra, expansión del programa comedores comunitarios así como el número de orfanatos a nivel nacional hablan por sí solos. De igual forma plantar el primer jardín orgánico en la historia de la Casa Blanca y cultivar un panal de abejas para proveer de miel a la casa presidencial dan fe del compromiso que tiene Michelle por la misión más grande en la que se ha embarcado como primera dama: luchar contra la obesidad infantil.
“Lets Move” o muévete es el nombre del programa que creó hace algún tiempo, el cual ha logrado lo que ningún otro, poner de acuerdo a las compañías de alimentos para poner el número de calorías en cada uno de sus paquetes; convencer a un gran sector de colegios públicos de remplazar las gaseosas por bebidas no azucaradas en sus comedores así como gestionar recursos y capital humano para los programas de educación física en los centros educativos públicos del país.
Tanto en lo social como en el mundo del glamour Michelle ha marcado la diferencia. Si bien Jacky Kennedy era famosa por sus sombreros y vestidos Channel; Nancy Reagan por sus hombreras y fastuosos vestidos monocromáticos; Barbara Bush por sus collares de perlas, Michelle Obama se ha distinguido por tener un sentido de la moda elegante, descomplicado y muy colorido, convirtiéndola en un icono de la moda en la que todas las mujeres del país se pueden reflejar, explica Ami Fine Collins de Vanity Fair. “Michelle es elegante pero muy sencilla, ella es una mujer de verdad, no de catálogo”.
No le importa sí viste con ropa de Target o JC Pennie o de diseñadores como Isabel Toledo, Narciso Rodriguez, Donna Ricco o María Pinto, para Michelle su serio interés en la moda no atenúa sus propósitos por el contrario lo sobresalta. “La moda no tiene relación alguna con el valor de las prendas, la moda es sentirse bien con lo que se lleva y hacerlo con orgullo”, asegura la mujer quien ha sido nombrada por Vanity Fair, Vogue y Harpers Bazzar en más de tres ocasiones como una de las mujeres mejores vestidas del planeta. Por ahora y si de dinero se trata el nombre de Michelle también cobra importancia, sobretodo para la campaña de su esposo. Siendo la mujer más popular de Estados Unidos con un 66% de aprobación nacional su papel en la campaña ha tomado vuelo. Galas para recaudar fondos, cenas benéficas, giras por todo el país la tiene viajando como nunca antes. Su nombre aparece en periódicos, revistas, columnas de opinión, noticieros, libros y programas de radio que no dejan de hablar de su inteligencia, sencillez y glamour.
Su estatus le ha permitido hablar de los temas políticos que su esposo no puede, como la reforma al sistema de salud, la reforma migratoria, el matrimonio homosexual, entre otros. Para muchos, su ayuda a la campaña será vital no solo con el voto femenino sino también el latino, digno de su talante, el mismo que la ha llevado a ser considerada por dos años consecutivos, según la revista Forbes, como la mujer más influyente del planeta.
“Como podemos hablar de Estados Unidos como la tierra de la oportunidad si nuestros jóvenes tienen que empeñar su futuro para acceder a una educación digna? Es por ellos que tenemos que luchar, por mis hijos, por sus hijos, por nuestro futuro”, dijo ante más de 2500 personas que vitoreaban su nombre.
Fotos: Getty.