No estamos locas: el síndrome premenstrual es real

Puede ser tan grave que ha llevado a muchas a quitarse la vida, pero un ginecólogo chileno dice haber encontrado la cura.
Síndrome prmenstrual

El autodiagnóstico

 

Luisa (Colombia, 34 años)

 

Un día, a los 27 años, ya no pudo más. Sacó un blanqueador líquido y le agregó creolina, un desinfectante industrial. Hizo una mezcla letal y se la tomó de un sorbo. Quería terminar con esa pesadumbre que la aplastaba y que empezó a reproducirse en su cuerpo desde que tenía 9 años. Estaba cansada de pelear en contra del monstruo que la habitaba. Ese que le robaba la fuerza, que le destrozaba el espíritu, que hacía que se viera gorda y fea, que la llevaba a llorar sin razón alguna hasta secarle todas las ganas. Ese que, durante gran parte del mes, la transformaba en una mujer que ella desconocía. Sería mejor morir que soportar la tortura en la que se había transformado vivir. 

 

Katiuska (Perú, 34 años)

 

“Ahí viene ‘Katty bomba’”. Nadie sabía en qué momento iba a estallar. Tenía, de repente, ataques de ira. Tiraba puertas, gritaba hasta perder el oxígeno. Y nunca había una razón de peso. “¡Qué adolescencia!”, pensaban sus padres. Nunca se entendió con ellos, por eso se fue de la casa. Lo nuevos testigos de sus explosiones fueron su esposo y sus hijas. “Mami, ¿cómo te sientes hoy? ¿Estás enojada? ¿Quieres que me quede a tu lado o quieres que me vaya?”. A veces la fatiga reemplazaba la furia. Le dolía cada músculo, cada articulación. No era capaz de levantarse de la cama o de alzar a su niña de cuatro meses. Lloraba a mares. Sentía que el desaliento se lo habían inyectado y ya no podía quitárselo de encima. 
 

 

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Un monstruo vivía dentro de Luisa. Le robaba las ganas y le destrozaba el espíritu. 

 

 

Luisa López y Katiuska Martínez sabían que algo extraño pasaba dentro de ellas, pero no entendían qué.

 

Para Luisa, todo arrancó con un acné severo, que no solo cubría su cara sino su espalda. En ese momento visitó varios dermatólogos. Como la adolescencia había llegado, además, con un bajonazo emocional, también buscó psicólogos y, eventualmente, psiquiatras. Desde los 19 años le recetaron psicofármacos: dos antidepresivos y un ansiolítico. A veces también tomaba pastillas para dormir. Nada, sin embargo, parecía aliviarla. 

 

Katiuska indagó primero por sus síntomas físicos. Todos pensaban que estaba loca y ella ya empezaba a creérselo, así que al menos trataría su cuerpo, si es que su mente estaba atrofiada. Le picaba la piel, se le caía el pelo y le salían hongos en las uñas, así que fue a donde un dermatólogo. Vivía con el estómago inflamado y con problemas gastrointestinales, así que visitó un gastroenterólogo. Tenía intensos dolores en la espalda, la cara y la mandíbula, así que le hicieron una resonancia magnética. Gastó un montón de tiempo y dinero en exámenes y remedios, y no tuvieron ningún efecto en ella. 

 

Con el tiempo, tanto Luisa como Katiuska fueron entendiendo que sus síntomas tenían una relación con su ciclo menstrual. Antes de la regla, sentían que el mundo se les venía encima. Después, llegaban unos días de paz. Pasaban, de repente, de ese estado de desesperación y ansiedad a una fase de tranquilidad. Para las personas que las rodeaban, esa montaña rusa emocional era sospechosa. Presentían bipolaridad, tal vez. Ellas, al entender su cuerpo, empezaron a programarse. Luisa –quien debido a sus dolencias había tenido que renunciar y trabajar de manera independiente–, dejaba todos los viajes para la semana en la que se sentía mejor. Katiuska –quien trabaja con una organización social en la Amazonía peruana–, en esos quince días programaba todas sus reuniones. Tenían que sacar el mayor provecho posible a esos momentos de calma en los que se sentían productivas. Luego, la angustia, el desgano y el sufrimiento regresaban, junto con las ganas de desaparecer del planeta. 

 

Hay un momento que se repite en la historia de las mujeres con estos síntomas. Es un instante en el que parece que tocan fondo y la desesperación –o la intuición– les indica que tiene que existir una explicación. Entonces, van a Google, describen lo que sienten y lloran una vez más. Ya no por desesperanza, sino porque encuentran una luz. Sus síntomas coinciden a la perfección con una enfermedad llamada síndrome disfórico premenstrual –o síndrome premenstrual severo– y un médico chileno parece haber descubierto cómo curarla. 

 

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La última opción. A muchas pacientes el tratamiento hormonal no les sirve y deben recurrir a extirpar el útero.

 

La enfermedad 

 

Luisa

 

“Es una enfermedad tan compleja que afecta hasta la cabeza. Yo era depresiva, ansiosa, bipolar. Estuve buscando médicos en Colombia y no encontré. Hay unos ginecólogos especialistas en el síndrome y te manejan con anticonceptivos, porque piensan que es un problema hormonal. Pero no es así, desconocen qué ocurre en realidad. Tu útero está envenenado y envenena todas las áreas de tu vida, por la secreción de sustancias que comprometen todo el cuerpo”.

 

Katiuska

 

En los exámenes que le hicieron, todo estuvo bien. Siempre. Pero los médicos concluyeron que tenía psoriasis, estrés, colon irritable… Como en la mayoría de los casos, ningún médico dio con el diagnóstico hasta que ella se identificó con cientos de historias que encontró en Internet, gracias a los cuales descubrió que su problema era una inflamación en el útero. 

 

 

Cuando Luisa me escribió interesada en que investigara sobre este tema, me pareció curioso que enviara varios enlaces de Internet con textos en los que se hablaba de un doctor Jorge Lolas. “No quiero hacerle propaganda al doctor –me decía–. Mi vida fue un peregrinar por muchos médicos hasta que hace dos años descubrí la existencia del síndrome y saber que no estaba loca me cambió la vida. Encontré al doctor, viajé allá y hoy puedo decir que soy la mamá que mi hijo merece”. Mis conocimientos sobre el síndrome premenstrual eran muy limitados, pensaba que era un padecimiento normal, de poca gravedad y que cualquier médico podría tratarlo. Entonces, investigué un poco más. Primero descubrí que los síntomas de esta enfermedad van mucho más allá de un cólico o un dolor de cabeza. ¿Cómo era posible que no supiera que hay mujeres que se quitan la vida, matan a sus esposos o pasan años entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos por cuenta de su ciclo menstrual? 

 

Hace aproximadamente 15 años, pasó a la historia el caso de la inglesa Christine English, quien quedó en libertad después de atropellar voluntariamente a su pareja tras una discusión, ya que alegó sufrir de síndrome disfórico premenstrual. La eminente médica Katharina Dalton declaró en el juicio que “algunas mujeres pueden tener trastornos mentales muy serios antes de su menstruación que, claramente, tienen relación con una enfermedad hormonal”. Si uno sigue leyendo, encuentra esta explicación una y otra vez. Medios nacionales e internacionales citan a los más prestigiosos médicos del mundo, quienes reiteran que la enfermedad se debe a desórdenes hormonales que, muchas veces, afectan los niveles de serotonina en el cuerpo y, por lo tanto, deben ser tratados con anticonceptivos y antidepresivos. Sin embargo, también encuentro los testimonios de muchas pacientes a quienes estos medicamentos no les hicieron efecto, funcionaron solo por un tiempo o empeoraron sus síntomas. Tan incierta y dramática era su situación que no tenían otra opción que recurrir  a la extirpación del útero y los ovarios. Entonces, empiezo a entender por qué Luisa hacía tanto énfasis en Jorge Lolas: solo él y algunos médicos que han mostrado interés en su teoría dan una explicación diferente y dicen tener la verdadera cura de la enfermedad. 

 

“Aunque todavía no conocemos todas las piezas del rompecabezas –me explica la ginecóloga española Juana Lafaya y una de las pupilas de Lolas–, el síndrome disfórico premenstrual ocurre en los días previos o durante la menstruación, con síntomas físicos y psiquiátricos notables. Es causado por una infección en el cuello del útero, al que nunca le hemos prestado mucha atención. El sistema inmunológico no te ha defendido bien y, cuando esto ocurre, se pone en marcha una inflamación”.  Esta idea la complementa el ginecólogo Christian Beuermann: “El peor error de un médico es ignorar una inflamación del cuello del útero, así sea mínima. La inflamación es el primer paso de una infección, es la respuesta del organismo a un germen del cual se defiende. Si no tratamos esa infección inicial, se puede propagar por la sangre a todo el cuerpo. Por eso algunas mujeres llegan a tener hasta 150 síntomas de todo tipo. Esos tóxicos afectan la cabeza, la piel, el colón…”. 

 

– Entonces, ¿el dolor, el decaimiento y la desesperación son la respuesta del cuerpo que grita, que anuncia que algo lo ataca? –le pregunto.

 

– Exactamente –responde Beuermann–. Una infección crónica, que ha ido creciendo a lo largo de años, tiene las más diversas repercusiones en nuestra psiquis y en nuestro organismo. 

 

Según la corriente de estos médicos, la enfermedad –que afecta entre el 5% y el 10% de las mujeres y va empeorando con los años– no es hormonal sino infecciosa e inflamatoria, por lo tanto, su manera de tratarla es totalmente novedosa. 

 

 

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La enfermedad afecta entre el 5% y el 10% de las mujeres, y empeora con los años.

 

El tratamiento

 

Luisa

 

Cuando encontró al doctor Lolas, desconfió, como buena colombiana. Tecleó en el buscador “Jorge Lolas estafador”. Y siguió: “Jorge Lolas engaño”.  “Jorge Lolas fraude”. Nada. No había una sola palabra en contra del médico chileno o su teoría. Encontró, en cambio, decenas de testimonios de mujeres que hablaban del éxito del tratamiento con la convicción de quien ha vuelto a la vida. “¡No puede ser que les haya pagado a tantas personas para que mientan por él!”, pensó. Tenía que estar muy segura de la decisión que tomaría. Debía viajar a Chile y quedarse allá durante dos o tres meses, según como respondiera al tratamiento. Finalmente, la posibilidad de una cura pesó más. Sin embargo, en Santiago y después de casi dos meses de tratamiento, aún no sentía un cambio. “Hasta que en mi segunda criocirugía –proceso en el que se aplica frío extremo en el útero para destruir tejido enfermo– sentí inmediatamente como si me hubieran abierto los ojos al mundo. Soy otra persona”.

 

Katiuska

 

Viajó desde el Amazonas a visitar al doctor Beuermann. El miedo se había instalado en la boca de su estómago. “¿Y si es charlatanería? ¿Y si no funciona conmigo?”. Ya estaba ilusionada y no quería vivir otra decepción. “El doctor Beuermann fue muy amable, comprensivo y empático. —‘Tú no estás loca, una enfermedad te ha intoxicado el cuerpo –me explicó–. Soy el primer médico en Perú que se preocupa por esto. He tratado cinco pacientes y conozco el tratamiento hace dos años. Tú serás uno de mis conejillos de indias y necesito que compres tus propios implementos porque en la clínica no puedo justificar el tratamiento porque no está aprobado’. Me hizo siete infiltraciones de antibiótico y mi vida ha cambiado por completo. Ya pronto me va a venir la menstruación y no tengo síntomas. Hace un tiempo no podría ni hablar contigo”. 

 

 

“Yo empecé mi carrera como especialista en diagnóstico precoz de cáncer de cuello uterino –me cuenta el doctor Lolas–. Al evaluar a las mujeres, me daba cuenta que casi todas tienen una inflamación del cuello del útero, en menor o mayor grado. Los médicos, por lo general, dicen que eso es normal, que no tiene importancia, y ese es un error histórico. Cuando yo lo vi y lo traté como trataba lesiones precancerosas, las mujeres empezaron a decirme que les había cambiado la vida”. Lolas no entendía por qué se sentían tan bien, así que hizo un estudio para el que realizaba cuestionarios de dos a tres horas a sus pacientes. Así entendió que, al tratar la inflamación crónica, mejoraban notablemente las dolencias que ellas sentían días antes de la menstruación. De esto ya han pasado 43 años, 1.600 pacientes y dos ediciones de su libro. 

 

Si todo parte de una infección, tiene lógica que el tratamiento del doctor Lolas arranque con antibióticos y desinflamatorios. Claro, después de una charla extensa, dedicada, paciente. Él no puede darse el lujo de tener afán. Las mujeres suelen llegar con tantos síntomas que hay que saber identificar, con pinzas, cuáles están relacionados con la inflamación del útero y cuáles no, no vaya a ser que el paciente realmente tenga depresión, cáncer o alguna otra enfermedad independiente del síndrome premenstrual. A la hora de interrogarlas, “hay que averiguar la intensidad de los síntomas, asegurarse de que no tengan otro problema psicológico previo, indagar si las dolencias interrumpen su vida cotidiana”, me explica el ginecólogo guatemalteco Nury Moscoso, quien también empezó a implementar el tratamiento después de que una de sus pacientes le contara lo que había encontrado en Internet. La doctora Lafaja además agrega: “Hay que analizar si tienen dolor en la exploración genital o si tuvieron algún problema para que su sistema inmunológico bajara la guardia”. “Y hay antecedentes que pueden desencadenar el síndrome –me cuenta Beuermann–: un parto mal atendido, con uso de fórceps, una injuria cervical…”.

 

Luego del tratamiento con antibióticos inyectados al cuello del útero (entre 4 y 10 intervenciones), se eliminan los tejidos dañados por la inflamación a través de criocirugía, el proceso dura 30 o 40 minutos en los que se congela el útero –la mayoría de los médicos solo dedican 10–. Ninguno de los procedimientos es realmente doloroso, las mujeres los describen como incómodos, nada más. Luego continúa el proceso con antibióticos orales para que no haya recaídas, ya que las bacterias que afectaron a las mujeres originalmente pueden volver: “Las infecciones a veces llegan por transmisión sexual, pero la mayoría son las mismas que afectan el aparato urinario, las que tenemos en nuestro aparato digestivo y viajan hasta los genitales, los hongos”, me cuenta Lafaja.  Por eso, antes de empezar el tratamiento, además de hacer un examen físico en el que se estudia la condición del útero, se hace un cultivo del cuello para ver qué tipo de bacterias se encuentran. 

 

La duración del tratamiento depende de la gravedad de la infección con la que llegue la mujer. Es un asunto de tolerancia, de respirar profundo, de actitud. 

 

Una vez terminadas las intervenciones, los doctores Lafaja y Beuermann invitan a sus pacientes a que cambien de dieta, de tal manera que puedan fortalecer el sistema inmunológico y así prepararlo para enfrentar cualquier tipo de bacteria que se acerque. “El síndrome tiene que ver con una mala dieta –me cuenta la española–. Cuando comemos mal, no digerimos bien los alimentos, se fermentan y favorecen el crecimiento microbiano en el intestino”. Por eso complementan el tratamiento con suplementos vitamínicos que ayudan a tener un sistema inmunológico más resistente. 

 

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La duración del tratamiento depende de la gravedad de la infección con la que llegue la mujer.

 

Los resultados

 

Luisa

 

El día de la segunda crioterapia se recostó. Describe lo que sintió como una línea recta en un electrocardiograma, sin picos que suben o bajan. “Estaba tranquila… tranquila… tranquila… ”. Así lo dice, como prolongando la tranquilidad a lo largo tiempo. Pasó el primer día, después el segundo y el tercero. La paz prevalecía. Luego llegaron los cambios físicos: “El mejoramiento de la piel fue impresionante, no se me volvió a caer el pelo, no volví a tener migrañas, mi peso se estabilizó… Uno tiene los mismos problemas pero los enfrenta de otra manera. Ya no te quieres morir, ya no es el fin del mundo”. 

 

Katiuska

 

Ahora camina todas las mañanas y no le preocupan las reuniones sociales. Antes, el encuentro con amigos debía hacerse en los 15 días de calma emocional, de lo contrario, se la pasaría mordiéndose la lengua para evitar decir algo hiriente. Ella hablaba sin filtros. Cuando se sintió mejor se disculpó con las personas a quienes les hizo daño. Además recuperó la relación con sus papás, que siempre la habían tildado de “bocona y rebelde”. 
 

 

El doctor Lolas tiene alrededor de 2.000 horas de video en las que ha registrado el proceso de recuperación de cientos de pacientes desde 1982. En algunos de ellos uno puede incluso presenciar el instante mismo en el que el tratamiento hace afecto: la cara de las mujeres cambia y una sonrisa placentera reemplaza el desconsuelo, como si les hubieran quitado un peso de encima. Al ver los videos y oír testimonios como los de Luisa y Katiuska es difícil dudar de la eficacia del tratamiento, así médicos como Lafaja y Moscoso reiteren que todavía hay estudios por hacer y protocolos por estandarizar. 

 

Katiuska, en un rincón del Amazonas, me habla sin pausa sobre su experiencia a través de Skype, con la vitalidad de una joven que llevaba años dormida. Nada le borra el entusiasmo y detrás de su amabilidad hay una dulzura entrañable. No puede ser que le dijeran ‘Katty bomba’. Luisa se siente en paz, por fin. En medio del caos bogotano, nada la perturba. Se oye liviana y se siente privilegiada por eso, después de tantos años en los que parecía que la gravedad de su espíritu la aplastaba contra la tierra.  

 

Ante la evidencia –que recibo de la ciudad y de la selva, y de especialistas de nacionalidades tan variadas (Chile, España, Perú y Guatemala)–, no termino de entender por qué son tan pocos los médicos que promueven este tratamiento. “Esta perspectiva requiere una medicina integrativa que analice cómo los síntomas están relacionados y nosotros estamos acostumbrados a trabajar por especialidades, si se sale de la nuestra no le hacemos mucho caso –me explica Lafaja–. Hay un hastío en el sistema, se hacen investigaciones pero nadie las lee, la gente se acomoda”. El doctor Moscoso, por ejemplo, me hace caer en la cuenta de un estudio publicado por médicos estadounidenses en 1987: “Es del Instituto de Salud Pública y presenta casos de mujeres cuyas enfermedades psiquiátricas comenzaron con una disfunción del ciclo menstrual, como amenorrea, menorragia o dismenorrea”. Lolas no está solo, otros han explorado su misma hipótesis pero no han llegado a buen puerto. 

 

El médico chileno ha intentado difundir su descubrimiento, pero “la industria farmacéutica quiere mantener la población femenina enferma –asegura Lolas–. Así venden anticonceptivos, analgésicos, antidepresivos. ¿Sabe cuánto ganan al año los laboratorios en Estados Unidos con la venta de prozac? ¡30.000 millones de dólares!”.  A su experiencia se suma la de Beuermann: “Tengo a todo el Perú en contra. La industria farmacéutica es muy poderosa y  me ha pedido que no continúe estos tratamientos. Es una industria que compra a los médicos con pasajes para congresos”.    

 

— Gracias por contarme su historia, Luisa. 

 

—Gracias a usted, por interesarse. He querido difundir mi experiencia para que más mujeres dejen de pensar que están locas. El doctor Lolas está muy viejo y está buscando quién herede su conocimiento, pero no ha sido fácil. 

 

Fotos: iStock.

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