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Ocho décadas de belleza

De los cuerpos rollizos y los rostros dulces de las primeras décadas solo quedan los recuerdos. Hoy, diosas esculturales se imponen sin pudor luciendo un físico artificioso que emula las perfectas curvas de las Barbies.

Por Érika Martínez Cuervo

13 de noviembre de 2014

Ocho décadas de belleza

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Los cambios en la belleza del cuerpo humano han seducido a la humanidad a lo largo de la historia. Desde épocas ancestrales las diferentes culturas han representado en imágenes las destacadas beldades de su época. Con criterios indistintos se han trazado parámetros que son seguidos por sociedades enteras y que, en efecto,  marcan las tendencias estéticas de cada momento. Símbolo de este hecho es el imaginario que se ha construido alrededor del cuerpo femenino. El mito de las mujeres hermosas que con su presencia ponen a temblar a otros, sobrevive en nuestros tiempos y sigue dando de qué hablar. Cuerpos admirables desfilan sin parar y nos reafirman cómo la belleza continúa siendo un concepto ligado a la  felicidad y el placer. 

        Yolanda  Emiliani Román (Primera Señorita Colombia, 1934)  y  Paulina Vega Dieppa (Señorita Colombia 2013)

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Las primeras reinas: Sutileza y elegancia

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En el continente europeo de comienzos del siglo XX los estilos y los cánones de belleza sufrieron cambios acelerados gracias a los sucesos agitados de ese período.Sin embargo, en nuestro país todo iba a un ritmo un poco más lento y tal vez por ese motivo la primera reina del certamen, Yolanda Emiliani Román (1934), mantuvo el estilo angelical de las damas europeas de finales del siglo anterior. Para nadie es un secreto que personajes como María Antonieta de Austria, última reina de Francia, y Victoria de Inglaterra, cada una con sus marcadas diferencias, legaron estilos propios de un mundo contagiado por el cambio de mentalidades y por la naciente modernidad. Ambas con sus contrastes resultaron referentes claves en Latinoamérica para la consolidación de estéticas en el mundo femenino.

En Colombia prevalecía por ese entonces una línea tradicional que configuró la imagen de una mujer prudente y delicada como modelo de beldad, características que reforzaron valores morales y que iban de la mano de los ideales de una sociedad conservadora que respiraba un incipiente ambiente moderno. Con este referente femenino arranca el concurso en la década del treinta. De la elegancia virginal copiada de la dama europea de finales del XIX a la irreverencia y extravagancia que caracterizaron las décadas de la segunda mitad del siglo XX, cada edición del evento nacional ha marcado la historia de la belleza durante ochenta años. 

Las candidatas durante una celebración religiosa en 1963.

 

El surgimiento del concurso de belleza empató muy bien con la constitución de un estado moderno dominado por el hombre y en el que la mujer era el personaje motor de una sociedad en proceso de civilización. Su cargo de «gobernadora doméstica» le imponía responsabilidades puntuales para contribuir con el desarrollo económico del país. De hecho, la publicidad y eventos públicos como el Concurso Nacional de Belleza configuran poses y formas de comportamiento adecuadas que la hacían una dama merecedora de halagos y ejemplar para la sociedad. A la larga, modelos para las mujeres del común. La más bella, en consecuencia, debía ser aquella que encarnaba una moral intachable.

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En las décadas siguientes, los cambios se hicieron cada vez más veloces. La llegada del cine, la creciente industria de la moda y los géneros musicales emergentes abrieron espacio a otras formas de belleza. Sin embargo, las mujeres icónicas de la pantalla gigante se robaron las miradas y fueron las encargadas de influir en las tendencias del certamen. Sin duda alguna, la belleza natural fue quedando atrás y con el surgimiento de productos estéticos de todo tipo surgió un artificiosa idea de lo significaba ser bella. 

La foto de portada de CROMOS de Myriam Sojo Zambrano, Señorita Colombia en 1949, tercera soberana del concurso, evoca los rostros de Marlene Dietrich y Greta Garbo que, con su pelo recogido al mejor estilo de los treintas, despertaban un aire de elegancia y sofisticación. Las primeras reinas pertenecían a familias prestigiosas que eran ejemplares para la sociedad, no solo por su posición económica sino por representar los valores intelectuales de la época. En el 53, Luz Marina Cruz representó cuatro departamentos, se destacó por su porte e idealizó un periodo de transición entre la mujer recatada y la sensual que estaba emergiendo en las producciones de Hollywood. Cruz recibe la corona en el mismo año en que Rojas Pinilla se posesiona como presidente, periodo polémico pero que instaura proyectos significativos en el proceso de modernización nacional. La televisión llegó al país en 1954 y fue precisamente un personaje femenino quien marcó la parada en la pantalla chica. La argentina Marta Traba se destacó no solo por los contenidos culturales de sus programas sino por sus vestidos y sastres a la moda, sus guantes y su particular corte de cabello, un ícono de que inspiró a muchas mujeres a mediados de siglo.

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Myriam Sojo Zambrano (Señorita Colombia 1949), Luz Marina Zuluaga (Miss Universo 1958) y Sonia Heidman Gómez (Señorita Colombia 1961)

                                                                                                      

La década del cincuenta cierra con la aprobación del voto femenino y las mujeres salen a la calle vistiendo en su mayoría sastres de tonos oscuros y blusas de cuello alto con ornamentos diversos muy al estilo de los cuarentas. Doris Gil Santamaría es la reina ese año. Sus atuendos dejaron en alto su imagen. De hecho, Gil en sus fotografías revela la estética glamurosa y sensual del momento. Pasa a la historia como la reina que deja la corona para casarse. La virreina, Luz Marina Zuluaga, tomó posesión del trono y, con su particular esbeltez, fue coronada en 1958 como Miss Universo. En la presencia de estas dos mujeres se puede apreciar el gusto y la finura de una diva como Elizabeth Taylor.

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El boom de las décadas siguientes

Hasta el momento, los reinados ponían en el escenario mujeres con cuerpos agradables y rostros impactantes, muy elegantemente vestidas y sin mucha piel a la vista. Con el paso de los años, las mujeres que impondrán estilo serán cada vez más esbeltas y delgadas, con portes elegantes pero seductores. Así, fueron las grandes estrellas de Hollywood las que transformaron los cánones de belleza. En adelante,  las poses ante las cámaras resultarán atrevidas y causarán furor en todos los rincones del mundo. La moda y el cine fueron de la mano. Las mismas mujeres de la pantalla protagonizaron los anuncios de publicidad y fueron los referentes para la constitución de una nueva mujer. Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor y Grace Kelly –cada una con lo suyo– fueron, entre otras, las protagonistas del boom cinematográfico. El movimiento norteamericano del pop art y sus protagonistas pusieron a Estados Unidos en la mira. El país del consumismo fue el gurú de la publicidad y el encargado de promulgar los estilos de unas décadas que oscilaron entre la extravagancia de Hollywood y las ficciones de una economía cambiante.

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El Concurso Nacional de Belleza sigue su curso. Las mujeres, modelo de distinción, lentamente seguirán los estándares de la moda que vienen del exterior. En 1961 Sonia Heidman, Señorita Bolívar, fue la segunda soberana de una de las décadas más dinámicas de la historia. En ese mismo año se posesionó John F. Kennedy como presidente de Estados Unidos y Jackie,  su esposa  y primera dama, se convirtió en la figura femenina que siguieron las mujeres, no solo por lo impecable de su estilo sino por su personalidad. Heidman, nuestra reina, lució a la moda con batas de manga sisa y el cabello corto, imitando el estilo de Kennedy. En 1964, Martha Cecilia Calero vistió como Audrey Hepburn, la famosa actriz de Desayuno en Tiffany. La reina imitó este estilo: una moña alta, sencilla y glamurosa, típicas batas sesenteras y mitones en satín. 

 

El bikini hace su entrada triunfal al concurso en 1966 con Elsa Garrido Cajiao, quien con una personalidad extrovertida experimentó las nuevas tendencias de la belleza. Esta prenda de dos piezas va a exigir un cuerpo sin gorditos a la vista y abdómenes planos. Con Sofía Loren, Brigitte Bardot y Raquel Welch como ídolos, las mujeres de la segunda mitad de los sesenta se perfilaron como féminas fatales que con cuerpos de modelos, ojos adornados con pestañas postizas y sedosos cabellos atrajeron la atención del mundo. En simultánea, el jipismo se consolidaba como movimiento cultural y los festivales de música apostaban como el escenario perfecto para sus propósitos. 

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La «toya» Uribe fue conocida como la antirreina por su estilo rebelde y contestatario.
 

 

Resulta interesante cómo en el transcurso entre 1965 y los primeros años de los setentas se dan cambios drásticos que alteran la estética de la época. Aunque no sucede de manera uniforme, emerge una idea de libertad que penetra el concepto de belleza. Las mujeres aparecieron sin maquillaje, con flores naturales adornando sus cabezas y con bikinis sexis como signos emblemáticos de la revolución. Sexo, drogas y rock and roll fue el eslogan que cautivó a los jóvenes de la época. La candidata que resultó un hito en Colombia por su apariencia jipi fue María Victoria Uribe, representante de Bogotá en 1968. Cuando hizo su aparición en el desfile en bikini, llevaba un girasol en su ombligo. Es recordada por la icónica fotografía en la que viste una ruana. En varias ocasiones se ha mencionado su parecido con la imagen sesentera de Mia Farrow. En el marco de la revolución sexual y estudiantil, las mujeres asumieron posiciones de liderazgo y una sensibilidad frente a las injusticias se despertó en el mundo. La cultura de las protestas emergió e íconos del espectáculo levantaron sus voces para respaldar las iniciativas. Jane Fonda y Vanesa Redgrave, referentes de belleza, se destacaron por su activismo político ya entrada la década del setenta. 

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A comienzos de los setentas la minifalda perdió protagonismo y se impusieron los shorts. Fue María Luisa Lignarolo, reina del 71, quien lució sus piernas sin pudor y se catapultó como la reina de belleza postiza. En 1974 la Señorita Guajira, Amanda Amaya, fue la candidata que se destacó por su parecido con la actriz italiana Sofía Loren. En cuestión de estética,  un mundo ecléctico estaba en ascenso e impedía hacer lecturas uniformes. Importantes grupos de rock se consolidaron y los Beatles, ya separados, siguieron dando de qué hablar. Farrah Fawcett, actriz de la pantalla chica y reconocida por su largo cabello en capas y sus enigmáticos ojos claros, resultó un fenómeno sexual. 

María Luisa Lignarolo (Señorita Colombia 1971) y Amanda Amaya Correa (Señorita Guajira 1974)

 
Y son precisamente los años ochenta el período en que la televisión y los videoclips configuran una cultura visual llena de color y tendencias estrambóticas. Sin reparo, la belleza femenina se carga de ornamentos y cabellos despelucados. Madonna con sus insinuantes atuendos nos deja sin aliento. Las mujeres lucieron prendas holgadas, blusas y chaquetas con hombreras, lazos en el cabello y el polémico copete Alf. Las Flans, grupo musical mexicano, fue ejemplo en Latinoamérica de un estilo sin límites. Por su parte, en el Concurso Nacional de Belleza del 86, fue Patricia López quien, con su notoria apariencia, lució la moda de la época. Una cabellera alborotada, vestidos brillantes con hombreras y un maquillaje recargado le entregaron una apariencia única que realzó su belleza y la hizo llevarse la corona.
 

Paola Turbay, Paula Andrea Betancourt y Carolina Gómez fueron las tres reinas inolvidables que marcaron la década de los noventas. Cada una con sus particularidades reflejó el lugar de la mujer a finales del siglo XX, sus retos y responsabilidades en un entorno tan complejo como el que vivía el país en aquel entonces. El complemento entre el encanto físico y el carácter hicieron que las tres damas contemporáneas se quedaran para siempre en el corazón de los colombianos. En los noventas las mujeres –muchas de ellas trabajadoras– entendieron que para obtener el éxito resultaba mejor lucir alta, delgada y seductora; las mujeres llenitas no entraban en el modelo imperante. Fue el boom de las top model Cindy Crawford, Claudia Schiffer, Noami Campbell, entre otras. Serán precisamente ellas quienes marcarán el ideal de belleza. Aunque en las tendencias se respira cierta frescura, las mujeres empezaron a encarnar seguridad y poder con sus poses y maneras corporales. Sin embargo, no se trazaron líneas únicas. Fue una década de modas efímeras. Con este estallido de belleza, las producciones fotográficas se hicieron cada vez más sofisticadas y los fotógrafos de moda ocuparon en Colombia un lugar importante. 

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La reina y las virreinas: Paola Turbay, Luz Marina Zuluaga, Paula Andrea Betancourt y Carolina Gómez. 

 

En los años que han transcurrido desde del 2000, hemos visto desfilar frente a nuestros ojos beldades de todo tipo,  con cuerpos casi perfectos hechos de silicona o construídos a punta de tratamientos estéticos. Sin embargo, el físico y el carisma de algunas han quedado grabados en el imaginario del público. Es el caso de Vanessa Alexandra Mendoza, primera reina negra elegida como soberana. Con el físico de una Barbie, se robó la atención de todo el mundo. En la misma línea, podemos ubicar a Jeymmy Paola Vargas, virreina nacional en el 2003, y a Karina Guerra, quien también se quedó con el segundo puesto en el 2005. Tres mujeres de piel de ébano que dejaron atrás el mito de que las representantes afrodescendientes no ocuparían un lugar importante en el certamen. En el 2007 es Taliana Vargas, con su bellísimo rostro y su esbelto cuerpo, quien se lleva la corona. Con su aire de frescura y una sonrisa encantadora, conquistó Cartagena y proyectó el ideal de una mujer contemporánea. 

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Vanessa Mendoza (Señorita Colombia 2001), Karina Guerra (Señorita Chocó 2005) y Taliana Vargas (Señorita Colombia 2007)

 

El Concurso Nacional de Belleza sigue vigente y pone sobre la mesa el legado de una tradición soportada en la belleza de mujeres que han encarnado las virtudes físicas de cada período. Con el paso de los años el concepto de lo bello se ha transformado y ha sido el cuerpo femenino el más mirado y deseado. Sin embargo, los parámetros se han dinamizado y en la actualidad la belleza esconde un alto grado de relatividad. Hombres y mujeres siguen los estándares impuestos, mientras otros se rebelan contra ellos. Por su parte, el mundo gay crece e impone atuendos andróginos y arriesgados que atrapan. Los estilos y las categorías parecen desdibujarse. ¿A quién nos queremos parecer en la segunda década del siglo XXI? 

 

 

Por Érika Martínez Cuervo

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