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Pilates Y Sexo

En la vida de todo individuo siempre llega un momento en que éste desarrolla una conciencia superior de sí mismo, realiza un autoanálisis y un diagnóstico, y, por lo general, si ha pasado de los 20 y ha vagado en exceso, concluye: hay que entrarle al ejercicio físico.

Por Martín Tournier

28 de febrero de 2011

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Cuando llega ese momento, la resolución es absoluta; los dulces se reducen, la cantidad de agua bebida se incrementa y se toma la decisión de comenzar con el workout. Los más sociables jugarán deportes de equipo, los más hippies deportes extremos, y el resto de mortales ingresaremos a esa nueva forma de campo de concentración que es el gimnasio.

A muchos que nos ha llegado ese momento más de una vez, ya sabemos que aquello del gimnasio es mal negocio: la primera vez pagas el año, la segunda el semestre, la tercera el trimestre, en ninguna de las ocasiones vuelves después del primer mes. Cansado de este ciclo de perdición, decidí unirme a la nueva moda de traer el gimnasio a la casa. Lo sé, debí haber comprado una máquina de hacer abdominales, unas mancuernas, pero en cambio compré una enorme pelota de goma, una colchoneta que lleva ese nombre tan chic de yoga mat y unas bandas elásticas, todas estas recomendadas por un amigo un tanto excéntrico que me convenció de que la panacea contemporánea del ejercicio es el pilates.

Y bien. Como estoy seguro que también les pasó, no las demoro: la pelota de goma comenzó a andar por mi casa como si fuera un manojo de arbustos que rueda empujado por el viento del desierto de Arizona.

Y pensé que también esta había sido una lamentable pérdida de dinero. Pero no.

Un día la bola se me atravesó en medio de una ardiente faena amorosa. Habíamos arrancado en el sala y de repente se presentó ahí, con su color pastel brillante y su ociosidad perversa. Y bueno, el instinto hizo lo suyo, y pasamos del sofá a la pobre e inocente pelota. ¡Qué encantador descubrimiento! La mezcla entre sus propiedades elásticas y sus perfecciones esféricas, su capacidad para resistir, rodar, rebotar, como si fuera un colchón móvil, la convirtió -que perdonen la profanación los ortodoxos del ejercicio- en mi adminículo de cabecera para tener sexo divertido.

¿Que hay que tener ánimo de equilibrista y hacer algo de esfuerzo? Sí, pero ¿no se trataba acaso de hacer ejercicio?

Desde entonces recomiendo que de querer construir un gimnasio en casa, se comience con una pelota de pilates. Prosígase con el yoga mat, que también sirve -sobre todo en experimentos al aire libre- y las bandas elásticas, ¡que sí que sirven! Y nunca más, señoritas, ¡nunca más! se sientan mal por haber mal gastado dinero en artículos deportivos.

¿No era lo que esperaban?

Envíe sus perplejas inquietudes a noessencillo@yahoo.com.ar
No prometo resolvérselas, pero nos divertiremos.

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