Ariel Ahumada, el del coscorrón de Vargas Lleras, se lanza al Concejo de Bogotá

hace 2 horas

¿Por qué dormimos en la misma cama si puede ser tan incómodo?

Hace unos siglos, las camas eran caras, pero la explicación es mucho más profunda que esa.

Cuando mi esposo y yo decidimos casarnos, el matrimonio era una idea que no me producía ansiedad, ni angustia, ni miedo. Después de diez años de noviazgo (sí, un montón), sabía casi todo de él. Habíamos hecho sumas y restas y divisiones para estar seguros de que irnos a vivir juntos era sensato. Habíamos esperado lo suficiente para ahorrar, para pagar la cuota inicial de una casa en Chía y para prepararnos psicológicamente para la vida en pareja. Casi todo estaba planeado y claro como el agua. Todo, menos la manera en que íbamos a dormir.

 

A pesar de la tranquilidad que me daba esa nueva vida, había una preocupación que no me abandonaba: dormir en la misma cama. Una noche cualquiera, esa inquietud, aparentemente banal y simple, quedó sembrada en mi cerebro y con el paso de los días fue creciendo y germinando. Le salieron ramas y hojas que empezaron a nublarlo todo en mi cabeza. ¿Cómo una idea tan tonta podía ensombrecer toda la paz que llevábamos años construyendo? Por dos razones específicas:

 

Primero: dormir con él implicaría compartir un mismo espacio, todas las noches. Ese espacio que para mí era un delicioso santuario de soledad, reflexión e independencia. Allí, dentro de esas cuatro paredes, el mundo era mío. Y mi vida era mía, solo mía, y como yo quería que fuera.

 

Segundo: dormir, para mí, es un placer y una necesidad. Pocas sensaciones se comparan con esa que recorre mi cuerpo cuando me meto entre las cobijas, recuesto la cabeza en la almohada y halo el cubrelecho para que cubra desde mi pies hasta mi mentón. Toda mi piel se eriza de satisfacción. Al apagar la luz, en dos minutos el mundo queda en pausa y todos los afanes y los problemas salen corriendo a perturbar a otros. Caigo profunda en segundos hasta que suena el despertador a la mañana siguiente. Si algo extraño ocurre y me despierto en medio de la noche, me da ira. Necesito dormir bien para vivir bien.

 

Entonces, esa angustia, aparentemente tonta, de compartir una cama se resumía en que perdería ese espacio que necesitaba solo para mí y en que mi preciado sueño se vería afectado: mi esposo duerme ligero y con trabajo, da vueltas de 360 grados, se mueve y hace que yo salte, da patadas extrañas e inesperadas… En las vacaciones que habíamos tomado juntos me costaba trabajo conciliar el sueño y pasar la noche derecho, sin embargo, siempre pensaba: “Estamos de vacaciones, descansaremos mañana en la playa”. Pero ahora, después de un día agotador en la oficina, ¿qué iba a hacer para descansar?

 

La preocupación llegó al punto en que tuve que exigir que arrendáramos un apartamento con dos cuartos y que buscáramos un sofacama. No le iba a proponer que durmiéramos separados (no sería bien visto), pero tenía que tener una escapatoria, en caso de un ataque de ansiedad o de una semana sin dormir.

 

El peso de la historia

 

Hace un par de siglos las camas eran el mueble más costoso de una casa. De acuerdo con el profesor de Virginia Tech Roger Ekirch, historiador y autor del libro Al cierre del día: las noches en tiempos pasados, solía haber un incentivo financiero para que los seres humanos durmieran juntos. 

 

“En las clases bajas de la Europa preindustrial, era costumbre que toda una familia durmiera en la misma cama o en una pila de paja –explica Ekirch al diario The Atlantic–. Las parejas nobles, para mayor comodidad, en ocasiones dormían separadas, especialmente cuando uno de sus miembros estaba enfermo”. Y es que muchas personas, que han tomado el riesgo de dormir lejos el uno del otro en nuestros tiempos, han revelado a sus terapeutas de pareja que duermen mucho más plácidamente solos.

 

Entonces, ¿por qué seguimos durmiendo juntos? La historia tiene otra explicación: los humanos le tenemos miedo a la oscuridad. “La noche fue el primer mal necesario del hombre antes de la Revolución Industrial y producía un temor generalizado en la sociedad –añade Ekirch–. Las familias nunca se sintieron tan vulnerables como cuando se retiraban en las noches. Los compañeros de cama daban un fuerte sentido de seguridad, en medio de la prevalencia de peligros, reales e imaginarios, como ladrones y pirómanos, o fantasmas, brujas e, incluso, el príncipe de la oscuridad”. 

 

Dormir juntos es una experiencia que crea lazos que nos unen. “Los compañeros de cama o de cuarto se convierten en nuestros mejores amigos –asegura Ekirch–. No solo ocurre con las parejas casadas, también pasa con hermanos y hermanas, y se veía en las relaciones entre los hijos que dormían con sus sirvientas. La oscuridad, en los confines íntimos de una cama, nivelaba incluso las distinciones sociales y de género. La mayoría de los individuos no se duermen de inmediato sino que conversan libremente. En la ausencia de luz, los compañeros de cama codician esa hora en que, con frecuencia, la formalidad y la etiqueta perecen”.

 

La maravilla de dormir con alguien

 

Le doy un beso de buenas noches y me volteo. Apago mi lámpara y él hace lo mismo. Mi mirada da a la pared opuesta a la que ve mi esposo. Hay un espacio vacío y exquisito entre los dos, que nos da libertad de movimiento. Estoy exhausta y sé que me dormiré en segundos, pero él decide hablarme. Justo en ese instante, me cuenta del momento más importante de su día. Hago fuerza para mantener los párpados abiertos. Tengo que concentrarme para que mi mente no se vaya a esa profundidad en la que dejamos de existir por unas cuantas horas. Su historia va acompañada de una anécdota chistosa. Los dos soltamos una carcajada y, en medio de tanta oscuridad, pareciera que su voz, siempre amable y reconfortante, hiciera la luz. Me duermo con una sonrisa en los labios.

 

Llevamos tres años casados y nunca he tenido la necesidad de ir a dormir al otro cuarto. Mi preocupación se esfumó debido a esa naturalidad con la que fuimos dando forma a nuestra cotidianidad. Nunca sentimos grandes cambios. La vida fluía con serenidad y complicidad. Él aprendió a moverse con prudencia en la cama. Yo permití que entrara a ese espacio sagrado sin esfuerzo. Durante el primer año de matrimonio fue un alivio saber que todas las noches, al llegar de un trabajo nuevo y emocionalmente desgastante, él iba a estar ahí, con su voz amable y reconfortante, para darle luz a mi oscuridad (sí, cursi, pero cierto). Ahora lo extraño es acostumbrarse a la idea de dormir sola cuando no está. Y cuando está, él puede levantarse, prepararse un jugo de lulo y regresar a dormir, mientras mi mundo sigue detenido en ese sueño que, en mi caso, se parece tanto a la muerte.  

 

“Somos criaturas de ataduras –asegura el terapeuta de pareja estadounidense Lee Crespi–. Nos gusta tener a alguien cerca, nos gusta la proximidad de otras personas”.

 

Somos seres sociales por naturaleza. Nos necesitamos los unos a los otros más de lo que necesitamos una buena noche de sueño. Buscamos afecto, oídos, abrazos, respuestas. Una carcajada antes de dormir puede aliviar los músculos que hemos tenido tensos todo el día ante la urgencia de ser fuertes frente al mundo. Unas palabras de apoyo, en la intimidad de la noche, nos permiten entender que no estamos solos en este caos de vivir.