¿Por qué en el grupo liderado por Neil Armstrong solo había hombres?

En el aniversario de los cincuenta años de la llegada del hombre a la Luna, las mujeres se desta­can por su ausencia. ¿La Nasa simplemente las olvidó o es que las prioridades de ellas se reducen a tener hijos y a ser vanidosas?

Ilustración de Carolina Urueta Restrepo

 —¡Bueno, Frida! –exclamó He­lius, con voz apagada, monóto­na y forzada–. ¡Bienvenida a la Luna! ¡Una mujer en la Luna!

Su alegría fue tan grande que se olvidó del alucinaje accidenta­do en la superficie lunar. Cuan­do se repuso del azotón y pudo masticar la emoción, examinó el estado de la aeronave. Por suerte los golpes eran leves y la tripula­ción, que se encontraba cerca de él, estaba a salvo. Entre el grupo, conformado mayoritariamente por hombres y encabezado por el profesor Manfeld, se destacaba Frida, la primera mujer en poner un pie en la Luna. Impecable, se­ria y con muchas preguntas en un lugar hasta entonces desconoci­do para la humanidad, empezó su recorrido por la planicie arenosa.

Theresa Von Harbou pu­blicó en 1928 Una mujer en la Luna, novela de fácil lectura, escrita en tono de melodrama. Sus páginas inspiraron la pelí­cula alemana que lleva su mis­mo nombre, actualmente con­vertida en un clásico del cine mudo. La historia es pionera porque planteó la posibilidad de ver a una ciudadana en el misterioso satélite.

41 años después, una na­ción hizo realidad lo que dé­cadas antes la ciencia ficción ya había sembrado en la ima­ginación de los lectores. El 21 de julio de 1969, a la vista de 500 millones de espectadores pegados a las pantallas de sus televisores, el astronauta Neil Armstrong clavó la bandera de Estados Unidos en la Luna. La emblemática huella en el sue­lo satelital, las voces roncas a través de un intercomunicador, el humo de los propulsores del cohete Saturno V, despegando de la base de Cabo Cañaveral, y el discurso presidencial de Richard Nixon eclipsaron un detalle que no pasó por alto Theresa Von Harbou.

En las fotos y especiales del aniversario de los cincuenta años de la llegada del hombre a la Luna, las mujeres se desta­can por su ausencia. Solo se ven las parejas de los astronautas, quienes esperaban, con los de­dos cruzados, que los suyos fue­ran y regresaran sanos y salvos. ¿Qué hicieron mientras sus es­posos Aldrin, Armstrong y Co­llins retornaban de la misión? Como si ese fuera su lugar en la historia –la de testigo, la que siempre espera en casa, la que da vida y punto–, la prensa no les perdió el rastro.

Aparte de la autora de la obra Una mujer en la Luna, ¿había alguien interesado en ver a una mujer enfundada en el enorme e incómodo traje blanco, tra­tando de recoger material lu­nar? ¿Hubo una que dijera “yo quiero ir”? La respuesta es sí. Sí hubo interesadas en ser parte de la historia, solo que los hombres no las deja­ron subirse al bus. Los hom­bres les negaron la posibili­dad de pisar la Luna, que más tarde les regalaron en cancio­nes y poemas.

En la primera parte del si­glo pasado, el visionario ruso Konstantin Tsiolkovsky in­cluyó a las mujeres al decir “la Tierra es la cuna de la mente, pero la humanidad no puede vivir en una cuna para siem­pre”. Aquel 16 de julio, fecha en la que voló el Apolo 11 dentro del cohete Saturno V, la inge­niera JoAnn Morgan ocupaba una de las sillas en el centro de operaciones. La encargada del despegue de la aeronave era la única mujer en un lugar dominado por machos. No se trataba de una compañera más. En una entrevista, Mor­gan recordó que, en su primer día de trabajo, sus colegas le preguntaron a su superior si podían pedirle que preparara café mientras ellos continua­ban en sus ocupaciones.

Según el periódico español El País, en otra ocasión un pe­riodista le preguntó por qué no se había pintado los labios para la sección de fotos. El día en que Armstrong y los demás salieron disparados a recorrer 386 mil ki­lómetros de distancia, miembros de la Nasa se preocuparon por la presencia de Morgan en la sala de operaciones. Una mujer en medio de tantos es comidilla para teo­rías que rayan en la conspiración. ¿Morgan los distraería? ¿Morgan sería capaz de reaccionar ante una emergencia? ¿Morgan des­cuidaría su propio trabajo por andar coqueteando? Al final, las dudas las disiparon con una ra­zón absurda: el cubrimiento de los medios de comunicación mi­nimizaría la probabilidad de dis­tracciones en el equipo.

A eso se enfrentaron las mu­jeres en los sesenta y a eso es a lo que se enfrentan hoy.

 En el cohete que la ingeniera JoA­nn Morgan vio partir hubiera podido ir al menos una mujer. Los 500 millo­nes de televidentes que fueron testi­gos de ese momento habrían podido decir, señalando a la pantalla, “ahí va María” o “ahí va la mamá de Pepito” o “ahí va Frida”, como la protagonista de la novela de Von Harbou.

Vuelve y juega: ¿hubo una mujer que dijera “yo quiero ir”? En 1962, una estadounidense que quería ser astronauta presentó una queja a la Nasa, porque solo los hombres con experiencia en la conducción de aviones militares podían ser parte de una misión espacial. “No tenemos planes en este momento de emplear a mujeres en vuelos espaciales, debido al nivel que se requiere de entrena­miento científico y de vuelo, y de las características físicas”, se lee en la respuesta de la agencia, recuperada por el diario The New York Times.

Las 48 vueltas de Valentina

Un hecho con precedentes literarios se presentó en 1961: la Unión Sovié­tica envió al piloto Yuri Gagarin al espacio. El vuelo dentro de la cáp­sula Vostok parecía una escena saca­da de una novela del escritor inglés H. Wells o del ruso K. Tsiolkovski. Su vuelta al planeta en 90 minutos marcó una línea divisoria en la ca­rrera aeroespacial. Entonces, Esta­dos Unidos y la URSS libraban una competencia para ver quién lanzaba la piedra más lejos.

Con Gagarin arrancó la conquis­ta del lugar que yace encima de las nubes. Para los estadounidenses, el apellido Gagarin fue un golpe que, a los dos años, vino en combo: en 1963, los rusos –aquellos que viven en el lugar en el que supuestamente todos son iguales a la luz del Sol y la Luna–enviaron en la cápsula Vostok 6 a Valentina Tereshkova, la primera mujer en bordear la Tierra.

Sus 48 vueltas marearon a la Nasa, que entonces ni siquiera tenía entre sus filas a ciudadanas preparándose para enfundarse en un uniforme y un casco, como el de sus pares hom­bres. El mensaje de los eslavos fue claro: en la Unión Soviética las mu­jeres y los hombres van en el mismo bus. Al margen de la Guerra Fría, Valentina fue un hito para el género femenino. A bordo de una nave con forma de ojo, su gaseosa estela aún se percibe en el cielo para inspirar a niñas y adultas del mundo.

Frida vive en el satélite

Decidido a permanecer solo en la Luna, Wolfgang Helius vio partir la aeronave en la que se transportaba Frida y sus compañeros rumbo a la Tierra. Su vista se enfocó en el cielo hasta que la llama del aparato desa­pareció por completo. El hombre se volvió hacia el campamento improvi­sado que había armado y se llevó una sorpresa que por poco le frena en seco el corazón: de la carpa salió Frida, la misma que creyó a bordo del vehículo que acababa de irse. Por eso, Una mu­jer en la Luna es una novela román­tica. “El beso resonó en los desiertos de la Luna. Las montañas repitieron el eco. Lo repitieron el firmamento y la noche que reinaba en la bóveda celeste”, se lee al final del texto de Theresa Von Harbou que, sin ser fe­minista, reivindicó el lugar negado de las mujeres en la carrera espacial.

“Es un pequeño paso para un hom­bre, pero un gran salto para la huma­nidad”, dijo Armstrong a su arribo a la Luna. Sin embargo, para acabar con la discriminación a la mujer, falta un largo camino por recorrer.

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Carlos Torres / Revista Cromos

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