
Qatar y su divertido deporte de jeques
No puedo huir ni una edición más de lo inevitable. ¿Cómo justificar escribir para una sección de turismo y no escribir del lugar donde vivo, sobre todo si donde vivo es en el Medio Oriente, a medio mundo de Colombia? Exacto. No hay manera. Señoras y señores, con ustedes, una carrera de camellos en Qatar.
Imagine una pista con tres carriles. En el centro, sobre un terreno arenoso, van los hermosos camellos dromedarios de piernas chuecas y mirada triste. A la derecha, en una carrera paralela, en la que reina el caos, van los dueños, casi todos en una camioneta Toyota Land Cruiser blanca, que, dicho sea de paso, bien podría considerarse el carro nacional de Qatar. Y a la izquierda un Jeep con un camarógrafo que va grabando toda la acción para televisión.
En el punto de partida los camellos, luego de una inspección de dientes para determinar su edad, esperan detrás de una lona verde, mientras sus cuidadores tratan con poco éxito de mantenerlos en orden. Suena una chicharra, la lona se levanta y los animales arrancan desquiciados, pasándoles por encima, en algunos casos, a sus cuidadores. Las carreras, actividad conocida como “deporte de jeques”, son una tradición elitista de mil años en la región.
Con el descubrimiento del gas y el petróleo en Qatar se han podido destinar cantidades obscenas de dinero para la cría de camellos y para dotar de premios las carreras.
Durante las carreras -de octubre a abril, meses del año en los que la temperatura, que en verano llega a 50 grados, permite respirar al aire libre- los camellos llevan detrás de su joroba un robot muy pequeño, de unos tres kilos, que hace las veces de jockey.
Por medio de un radio los dueños desde sus carros les hablan, los alientan, revisan sus pulsaciones y con un control remoto activan una fusta mecánica. Hasta el 2005, sí: apenas una década, los jockeys en Qatar eran niños de tres, cuatro o cinco años que los catarís compraban, traficaban o secuestraban en países pobres. En especial Sudán y Pakistán. Los niños vivían famélicos para mantener su peso mínimo, sufrían accidentes y en ocasiones morían pateados por los camellos. Para sortear este "pequeño inconveniente" de derechos humanos el ingeniero catarí Rashid Ali Ibrahim creó los robots.
El tema de derechos humanos en Qatar, en especial desde que la Fifa anunció que el minúsculo país árabe (la mitad del Tolima) sería el anfitrión del Mundial 2022, el cual promete ser el más extraño (por no decir malo) de la historia, es un tema recurrente en las noticias del mundo por los atropellos de la justicia, el racismo, la esclavitud moderna y en Colombia el caso de Juan Pablo Iragorri. Viviendo aquí es muy fácil perder la brújula moral, aceptar como natural la discriminación, volverse cómplice, requiere esfuerzo evitar que se convierta en paisaje. Qatar es considerado un país seguro. El peligro de que lo roben o lo maten es casi nulo. Pero se siente auténtico terror de terminar sin saber cómo en un lío con la “Ley”.
Qatar es un país musulmán, plagado de minaretes para anunciar los cinco rezos del día y habitado por hombres vanidosos, niños malcriados y mujeres cubiertas por un velo.
Conseguir alcohol y cerdo es caro y complicado. Las mujeres deben vestir con discreción. Las tormentas de arena son frecuentes y el cielo es durante muchos días del año amarillo. Para los colombianos es el fin del mundo. Llegar aquí implica por lo menos dos vuelos y un día de viaje. Y aquí no lo espera mucho. Edificios ultra modernos, islas artificiales, la encantadora colección privada del Jeque Faisal Bin Qassim Al Thani, el Museo de Arte Islámico, el Souq Waqif y el magnífico desierto de dunas doradas.
Después de siete años de vivir en el Medio Oriente, de ver transformar Qatar de un tierrero a un tierrero con rascacielos y centros comerciales, las carreras de camellos siguen siendo el mejor reflejo del país: un polvero caótico, improvisado, a ratos divertido y a ratos espeluznante, un lugar donde el que va en la Land Cruiser es rey.
Fotos: Istock

