¿Qué es la sofrología?

Compartimos un capítulo de ‘El poder de la sofrología: vive y conecta con tu paz interior’, libro editado por Penguin Random House.

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«No me encontraba bien.»

Mi viaje con la sofrología empezó cuando contaba 15 años. Crecí en Friburgo, una pequeña ciudad situada al oeste de Suiza. Fui una adolescente muy activa, pues tenía el tiempo dividido entre estudiar y jugar al baloncesto en competición oficial. La escuela era dura —como para muchos jóvenes hoy en día—, y no era un lugar en el que estuviera especialmente a gusto: me lo pasaba mucho mejor en la cancha. Tenía algunos amigos íntimos, pero no me sentía muy cómoda con la gente de mi edad. Soñaba con el día en que se acabaría la escuela y las presiones que la acompañaban. Llevaba un tiempo pasándolo mal; era consciente de no estar a gusto, de que no me encontraba bien. Me notaba continuamente cansada, a menudo aturdida y con mareos, hasta el punto de que alguna vez llegué a desmayarme. Mis niveles de energía no eran los adecuados y llevar a cabo mis actividades cotidianas había acabado siendoun verdadero trance. Para poder funcionar, tenía que dormir mucho.

Sufrí algunas infecciones, de las que tardé mucho tiempo en recuperarme, y nunca me encontraba realmente «bien». Mis padres me llevaban al médico, pero decían no saber qué me pasaba. Y yo estaba preocupada de veras.

Decidimos ir a ver a una persona adorable, Maurice, un experimentado y sensato médico de cabecera que también era amigo de la familia. Solicitó unos análisis de sangre y me recetó cierta medicación, pues yo tenía siempre la tensión arterial muy baja. Los análisis no revelaron nada malo y los fármacos no cambiaban nada, por lo que al cabo de unas semanas se aumentó la dosis y todo siguió igual; se incrementó de nuevo y otra vez las mejoras brillaron por su ausencia. Maurice me dijo: «No te pasa nada de carácter físico». El médico no sabía por qué estaba tan débil. El hecho de no saber ni entender por qué me encontraba continuamente así me inquietaba: era como si el cuerpo me estuviera fallando.

Así pues, Maurice propuso intentar algo «diferente», que fuera más allá de la medicina. «Sof… ¿qué?», respondí cuando se refirió a la sofrología.

Era la primera vez que alguien nos hablada de la sofrología a mí y a mis padres, pero decidí probar. Por entonces, en Suiza, esta disciplina gozaba de una creciente popularidad entre los alumnos avanzados de secundaria, a quienes ofrecía ayuda para preparar los exámenes, mitigar el estrés y aumentar la seguridad en sí mismos, y en los ambientes de competición deportiva de alto nivel, donde se utilizaba para intensificar la concentración y mejorar el rendimiento.

 
 

 

«La hora siguiente iba a cambiar profundamente mi vida.»

Una semana después, me vi frente al pequeño consultorio de la sofróloga Gill Thévoz, en el otro extremo de la ciudad. Mi madre me llevó y me esperó en el coche. Recuerdo una imagen: yo de pie frente a la puerta preguntándome qué iba a pasar. No tenía ni idea de si debería hacer algún test o de qué implicaba la sofrología, ni tampoco de que la hora siguiente iba a cambiar profundamente mi vida. Todo daba la sensación de ser muy misterioso. Cuando Gill abrió la puerta, me sentí bien recibida al instante.

Había un ambiente acogedor e informal, con cojines de colores y asientos cómodos; todo muy relajado. Ella no era precisamente alta, pero con su presencia transmitía intensidad y tenía la mirada dulce. Tuvimos una breve charla sobre mi vida cotidiana y cómo me sentía, sin entrar en demasiados detalles; pero fue el inicio de una conversación. Enseguida me quedó claro que, en cuanto a lo que debía pensar o sentir en aquella estancia, no había reglas ni requisitos, que yo podía ser quien era sin más. Esto me pareció algo nuevo. Se trataba de una revelación potente precisamente en una época en la que, como es lógico, estaba recibiendo presiones de mi familia, mis profesores y mis amigos y colegas con respecto a lo que debía hacer o sentir. Por lo visto, a ella le pareció bien que a mí no me gustara la escuela, y normal que me sintiera desubicada en mi entorno: el hecho de que para Gill todo pareciera tener sentido fue muy reconfortante. Me explicó que el cuerpo y la mente están conectados y que mis episodios de mareos y desmayos acaso tuvieran que ver con cómo me sentía en lo más profundo. Se ofreció a enseñarme algunos ejercicios que me serían de ayuda.

Con los ojos cerrados y guiada por la voz más agradable y apacible, Gill me fue explicando un sencillo ejercicio de relajación en posición sentada, y luego me invitó a realizar trabajo de pie, utilizando la respiración y unos cuantos movimientos corporales fáciles. Todo parecía requerir poco esfuerzo y carecer de complicaciones. Recuerdo sobre todo que era muy relajante. Por primera vez estaba conectando con mi respiración y notando su variación, y permanecer en un estado relajado suponía algo muy nuevo. Gill me pidió que atendiera a cualquier sensación, y recuerdo haber percibido un ligero hormigueo en los brazos y las piernas. Los ejercicios que había llevado a cabo quedaron grabados en una cinta (¡estábamos en 1990!), y me dijeron que me la llevara y practicara unos diez minutos diarios hasta la semana siguiente. Y eso fue todo.

«Enseguida me sentí más positiva y vigorizada.»

Después de esta primera sesión ya noté un cambio en mi manera de pensar. Mi cuerpo también parecía diferente. Tenía la sensación de que, en mi vida, en realidad, las cosas no estaban tan mal, que podía salir adelante, y enseguida me sentí más positiva y vigorizada. En aquel momento no me daba cuenta, pero estaba sufriendo mucho estrés emocional, que a todas luces se manifestaba en mi cuerpo en forma de cansancio constante y dificultades para lidiar con las exigencias de mi vida adolescente. Por primera vez me sentía escuchada y comprendida de verdad. Por otro lado, el hecho de que me hubieran recomendado que hiciera algo práctico para sentirme mejor volvía a darme esperanza. Se me estaba brindando la oportunidad de relacionarme conmigo misma de una manera nueva.

Cada día, a la hora de comer —iba a almorzar a casa desde la escuela—, encendía la grabadora y practicaba en mi habitación durante 10 minutos. Fue muy provechoso disponer de este tiempo para conectar: no sentía presión alguna para hacer los ejercicios, simplemente me parecía algo bueno. Poco a poco fui aprendiendo a escuchar las sensaciones de mi cuerpo, a controlar la respiración y a concentrarme. Me lo pasaba muy bien. Concerté cinco sesiones, tras las cuales jamás volví a marearme ni desmayarme. Al cabo de cinco semanas, no solo habían cambiado completamente mis niveles de energía, sino que además había empezado a comprenderme mucho más a mí misma y a reparar en el estrés que estaba soportando. Las recurrentes infecciones fueron desapareciendo, mi sueño era más profundo, notaba el cuerpo más relajado y tenía más vigor y una actitud más positiva a la hora de estudiar y entrenarme. Era como si hubiera adquirido una perspectiva y una confianza nuevas. Sí, aún tenía que hacer los deberes, ir a la escuela y preparar los exámenes, pero todo parecía mucho más leve.

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Dominique Antiglio

Estilo de Vida

¿Qué es la sofrología?

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