Querido colegio: ojalá pudiera olvidar todo lo que me enseñaste

Esos once años solo me sirvieron para aprender a leer y para acercarme a los relatos de Andrés Caicedo. La educación tiene que cambiar si queremos generaciones más felices y mejor preparadas para el futuro.

En 2016, la educación pública finlandesa decidió enseñar a sus estudiantes a través de proyectos, lo que dejó a un lado el sistema tradicional dividido por materias.Pixabay

Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo es el nombre de un libro de cuentos del escocés Irving Welsh. Recuer­do haberme cruzado con ese tí­tulo en mi adolescencia. Nunca he hablado de esto con alguien, pero, antes de empezar a labo­rar, cada vez que me encontra­ba esa frase pensaba que, como odié la escuela, iba a odiar el trabajo. Por suerte, me equivo­qué en el pronóstico. En lo que sí acerté, recién graduado de ba­chiller, fue en decir que mi paso por el colegio es una experiencia que no quiero repetir. Es más: no se la recomiendo a nadie.

Mis años agobiantes están en la primaria y la secundaria. Soy un graduado del modelo de edu­cación tradicional, que privile­gió las matemáticas, la química y la física. Tuve madera para la literatura, la historia y la edu­cación física, características insignificantes para el colegio. Sin ser consciente de que se pre­miaba más a unos que a otros, la sensación era esa: los afines a las letras, viajábamos en clase turista, mientras que mis com­pañeros duchos en números y fórmulas eran de un estrato su­perior.

A esa conclusión llegué lus­tros después. En secundaria es­tuve lejos de realizar un análi­sis medianamente crítico. Pero hoy, nadie anula la desazón que me produce pensar en mi época escolar. Soy de los que se la pasa diciendo: “pudo haber sido me­jor” y “todo el tiempo que per­dí yendo a ese lugar…”. En un tiempo culpé a los profesores e incluso mis papás llevaron del bulto. Por su culpa, por su culpa y por su gran culpa. Y resulta que ellos ni yo tenemos las ma­nos untadas. Tampoco se trata de encontrar responsables para 'acribillarlos' con los peores ca­lificativos. Hay algo en el siste­ma de la educación colombiana que está fallando. Mi historia frustrada es una de muchas. Quisiera dejar atrás la pági­na, jamás revivirla, romperla en varios pedazos o quemarla a fuego lento en un cenicero. Que la afirmación Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo no sea un horrible flash back.

Educación tradicional vs. Educación por proyectos

¿El colegio se asemeja a la vida real? ¿Para mi trabajo actual es útil lo que vi durante once años? ¿Qué sentido tuvo madrugar, asistir a clase, pagar la matrí­cula? Respondo estas preguntas con una situación: si hoy, a mis 33 años, volviera a cursar octa­vo de bachillerato, seguramente volvería a perder factorización y disfrutaría la lectura nocturna de Destinitos Fatales y Calica­labozo. No quiero decir que fal­taron más dosis de Andrés Cai­cedo que de Aurelio Baldor para hacerme amable la existencia juvenil. Lo que quiero decir es que repetiría la historia que viví, a pesar de que ahora soy adulto.

Supongamos que la institu­ción en la que me gradué hubiera privilegiado la literatura en vez de a las ciencias duras. La pro­fesora, igual, habría evaluado el rendimiento académico con pruebas que midieran mi me­moria. ¿Serviría? A la mayoría de estudiantes colombianos nos han exigido memorizar las 32 capitales departamentales del país. ¿Eso es útil en tiempos de Google?

El profesor Gabriel Diago, director de innovación del Gimnasio Los Cao­bos, pone de ejemplo el ejercicio de las capitales nacionales para comparar la educación tradicional, que fue la que me tocó, con la educación por proyec­tos. “Nosotros, en vez de invertir ho­ras memorizando con los estudiantes, para al final repetirlas en un examen, buscamos definir en cuál de las 32 ca­pitales quisieran vivir y porqué. De­ben tener en cuenta el precio del metro cuadrado, la cultura, la industria y el clima para debatir entre todos cuáles serían sus condiciones para echar raí­ces. De este modo se van a aprender las 32 capitales y van a aplicar lo que han investigado a su propia vida, con pensamiento crítico. Esas respuestas no te las da un buscador de Internet, las deben construir y las adaptan a sus gustos individuales”.

El epistemólogo Jean Piaget mani­festó que la función de la educación es preparar personas para que sean creativas, inventoras y descubrido­ras. Muy en su línea se encuentra Ken Robinson, que, en su conferen­cia Las escuelas matan la creatividad, manifestó que “si no estás dispuesto a arriesgarte, nunca saldrás con algo original. Para cuando se han vuelto adultos, la mayoría de niños han per­dido esa capacidad, han adquirido el miedo a equivocarse y así estigmatiza­mos los errores. Administramos siste­mas de educación donde equivocarse es un delito. Estamos eliminando la creatividad con la educación”.

¿Cuánto de lo que vi en las asignaturas saboteó mi creatividad? ¿La creatividad que tengo ahora es la resaca de una mejor? ¿De qué se trata la educación por proyec­tos? Eduardo Ordoñez, profesor del Cole­gio Unidad Pedagógica, lo explica: “Es un modelo donde los alumnos eligen un tema sobre el que yo ensamblo matemáticas, sociales, biología y lenguaje. El proyecto es grupal, este año estamos abordando el cuidado del medioambiente y la amenaza de la contaminación”.

En el Gimnasio Los Caobos también forman por proyectos. La temática que escoja la clase debe atravesar las mate­rias que normalmente se dan en prima­ria. En un curso escogieron una injusticia social, y ellos pudieran analizarla y plan­tear una solución posible. Para Gabriel Diago, cuando se enseña desde proyectos se estimulan todas las habilidades: “Vas a encontrar que unos son más exitosos en matemáticas y otros en arte, pero, en de­finitiva, deben llegar a unos estándares mínimos en todas las inteligencias. Cada uno debe exigirse, aprender sobre sus for­talezas y debilidades”.

Controladores de tráfico

De 1 a 5, yo fui un niño 3. Mi 3 era radical, casi inalterable, al menos hacia arriba. Con las materias en las que me iba mal, podía convertirme en un 2 o, en la peor de las ma­ñanas, en un 1. Mi memoria no registra pro­fesores que me hayan calificado con 0. La sola presencia y la tinta sobre el papel suma­ba un punto. En este instante me acuerdo de mis notas sin miedo, pero entonces, al recibirlas, sufría terror existencial. Como mecanismo de defensa, pronto abracé mis limitaciones y me importó un pepino sufrir de alergia a los números. Fui una especie de perdedor con dignidad.

El salón se dividía en la élite de los 5, que eran apenas un puñado de compañeros, y en nosotros, los del montón. La resignación, el terror a los exámenes y el posterior regaño de mi madre los supe compensar con habi­lidades sociales. Jugaba y hablaba de fútbol desde que me subía a la ruta. En vez de dejar que otros me matonearan, me anticipaba y los molestaba primero. Focalizaba la aten­ción hacia alguien para hacerme invisible a las burlas. De esta manera remé por las aguas espesas de la primaria y la secunda­ria. Si algo hice bien fue tratar de domesticar esos años perdidos con chistes malos, con la convicción de ser un chico 3.

¿Para qué sirve calificar? Para premiar al que se acerca al logro. No quiero saber si actualmente soy un chico 3 (sí, lo soy), de lo que estoy convencido es que fui uno del montón en la escuela y eso ni con una máquina del tiempo se puede modificar. “En la Unidad Pedagógica no se ponen calificaciones –sostiene Eduardo Ordo­ñez–. La forma de evaluarlos es a través de informes descriptivos, cualitativos, no cuantitativos, por lo tanto, las evalua­ciones dependen del proceso del niño. No buscamos estandarizar, respetamos los ritmos de aprendizaje, cuando eso sucede, los niños empiezan a desplegar un proceso interno que no se basa en ser el mejor del curso, los alumnos van identificando sus fortalezas y van trabajando sobre ellas, acompañados de sus maestros”.

La académica española Isabel Fernán­dez, en su charla La creatividad y el rol del profesor, dice que los educadores son los responsables de crear las condi­ciones para que el estudian­te quiera y pueda aprender. “Nos hemos convertido en controladores de tráfico aé­reo y somos los responsables de encender la mecha del es­píritu crítico. Profesores: an­tes de entrar en el aula pien­sen si lo que va a ocurrir ahí va a preparar profesionales que serán capaces de desa­rrollar distintas profesiones que no hemos inventado”. ­

Lo toma o lo deja

La educación por proyectos es una realidad. Inspirado en el sistema público finlandés, no solo llegó para estimular las habilidades de escolares como yo, sino para proponer retos a los profesores y a la mismísi­ma enseñanza nacional. Des­afortunadamente, aún no se aplica en los colegios públicos ni en la mayoría de insti­tuciones privadas. La tarea de las madres y los padres de familia es saber qué puerta abrir cuando se habla de la educación pri­maria y secundaria de sus hijas e hijos.

El filósofo surcoreano Byung Chul Han escribió en su ensayo La sociedad del cansancio: “En El ocaso de los Dio­ses, Nietzsche formula tres tareas por las que se requieren educadores: hay que aprender a mirar, a pensar, y a hablar y escribir. El objetivo de este aprender es, según Nietzsche, la «cultura superior». Aprender a mirar significa «acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo», es decir, educar el ojo para una profun­da y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada. Este aprender a mirar constituye la «primera enseñanza preliminar para la espiritualidad». Según Nietzsche, uno tiene que aprender a «noresponder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y po­nen término a las cosas». La vileza y la infamia consisten en la «incapacidad de oponer resistencia a un impulso», de oponerle un No. Reaccionar inmediatamente y a cada im­pulso es, al parecer de Nietzs­che, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma del agotamiento. Aquí, Nietzsche no formula otra cosa que la ne­cesidad de la revitalización de la vida contemplativa”.

El sistema tradicional de enseñanza transforma a los niños y a los adolescentes en futuros adultos frustrados en una sociedad que va más rápi­do que las estériles clases de aritmética, que se reducen a resolver problemas sobre un tablero. Con las herramientas actuales, me niego a concluir que el colegio es un lugar para que los menores ocupen el tiempo mientras los adultos trabajan. Irving Welsh no se equivocó al afirmar Si te gustó la escuela, te encantará el tra­bajo. Tal vez estaba pensando en una niña o en un niño fin­landés, no en un colombiano.

 

 

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Carlos Torres Tangarife

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