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Quiero ser capaz de parir a mi hijo

Vivo en cuenta regresiva hace días. Siento un temor intenso que es, a la vez, un motor fuertísimo que me grita "Vas a poder hacerlo".

Por Mónica Diago

26 de enero de 2018

Mujer tocándose la barriga con patines de bebé

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Convertirse en mamá es empezar varias maratones. Una de ellas, la de responder las mismas preguntas una y otra vez. La primera: ¿cómo se va a llamar el bebé? La segunda: ¿parto natural o cesárea? Pensaría que no tendríamos tanto chance de escoger ¿no? Que todos los mamíferos paren porque es su condición biológica, pero ahora las mujeres, por lo menos en Colombia, tenemos la opción de elegir cómo traemos nuestros hijos al mundo.

 

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En Canadá, el parto natural es obligatorio y solo se practican cesáreas en casos extremos. Aquí, los médicos que atienden cesáreas reciben mayor remuneración y esto te lo advierten tus conocidos desde el principio “No dejes que te convenzan”. Yo, que tengo un hermano médico consagrado, disciplinado y honesto, me rehúso a pensar que la mayoría actúa motivada por el dinero, pero claro, no lo descarto. Por fortuna, además, di con una obstetra profesional y ética en quien confío plenamente. Después llega el curso psicoprofiláctico, donde te resaltan las ventajas del parto, que se va convirtiendo en tu fin último, en la acción que casi te graduará como mujer.

 


¿Y si el bebé no se encaja en la vagina? ¿Si mi vida corre peligro o la de él? ¿Si no soporto el dolor? ¿Si me paralizo y no puedo pujar? ¿Si hay una infección que puede transmitírsele a mi hijo en el parto? Y si la vida simplemente dicta que no puedo parir, ¿seré menos mujer? Yo he logrado capotear, como experta, cada comentario que me puede afectar y, afortunadamente, en mi entorno son menos los inquisidores que los comprensivos. 

 


Pero la lucha no ha sido con mi mundo exterior, sino con mi voz interna y con mi cuerpo. Parir me parece un reto. En ocasiones siento que me estoy preparando para correr la Media Maratón de Bogotá y que al cruzar la línea final seré una mujer más real. Una mujer que responderá con altivez “Traje mi hijo al mundo como dicta la naturaleza”.

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A estas alturas del partido, después de haber superado el sudor frío que resbalaba por mi frente el día en el que me enteré que había vida dentro de mí; después de haber cuidado mi cuerpo como nunca antes lo había hecho, ¿realmente importa la manera cómo llega mi hijo al mundo? No. No me importa.

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Este amor protector que nunca había experimentado solo me permite desear que el bebé llegue sano, así lo traiga la cigüeña o una señora de París. Así deban rajarme la panza y no pueda pararme en 15 días de la cama. Este amor que se mueve y golpea mis costillas por dentro me hace confiar plenamente en el equipo que somos. Las presiones, muchas autoimpuestas, casi se desvanecen cuando lo siento tan real en mi barriga, cuando le pido que se acomode mejor y, como si me escuchara, se mueve hacia un lado y deja de apretarme la vejiga. 

 


La naturaleza nos ha hecho capaces de cargar nueve meses con otra vida, confiar en ella es mi único aliciente. Más allá de los ejercicios que he realizado, de lo que he consultado, de los médicos queriendo practicar cesáreas a lo que da. Cuando me concentro en la relación natural que hemos construido desde hace ocho meses, mis miedos se desvanecen. Mujeres: que las presiones sociales y la sobreinformación a la que estamos expuestas no interfieran en el transformador reto que es traer vida al mundo, de la manera en que cada una pueda hacerlo.

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Foto: Istock

Por Mónica Diago

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