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hace 7 horas
Reportaje de revista Cromos

Ser o no ser ama de casa: ¿dejarías todo por consagrarte al hogar?

Las luchas feministas han permitido que las mujeres decidan volver al hogar. Muchas han empezado a dejar la oficina para dedicarse a sus hijos. Tener la libertad de escoger es un logro, pero ¿es una buena elección?

Ilustración: Kathiuska

Escalofriante, revelador y muy penoso. Estos son los prime­ros adjetivos que brotan cuan­do pienso en los párrafos que habría escrito en una bitácora mi tía Gloria, como administradora del hogar. La imagino como el famoso in­forme de Tina Basler, la protagonista de Diario de un ama de casa desquiciada, aunque menos sofisticado, quizás escue­to y cruel, yendo al grano, con descrip­ciones contundentes, capaces de ofre­cer un panorama de lo que vivió puertas adentro en su casa de tres pisos.

Pienso en mi tía Gloria porque es la única mujer de mi familia que sigue siendo ama de casa. La puedo ver refleja­da en las palabras de Tina, quien le habla a su informe, lo consciente, le confiesa la opresión que vive en su apartamen­to en Manhattan, le da el valor que toda persona, sea ama de casa o no, debería dar a sus memorias: “Creo que no solo será un buen lugar para desahogarme: tal vez me ayude a ver las cosas con más claridad. Si mi propósito es contar las cosas objetivamente, tal y como suce­den, quizá, cuando lo vuelva a leer más tarde, sea capaz de detectar algún pa­trón, algo que explique cómo he llegado a esta situación. Si decido continuar, el gran problema será encontrar un escon­drijo seguro, más seguro que el cajón de la ropa interior o la caja donde guardo los bolsos en el ropero”.

Supongamos que mi tía escribió un diario. Y una tarde, revisando los libros de la biblioteca de su sala, lo encuentro entre dos tomos enormes, puestos estra­tégicamente por ella para reducir las po­sibilidades de dar con la libreta secreta. Sin abrirla, intuyo frases duras, carga­das de acción, resignación, impotencia y favores al dios que supuestamente no la desampara de noche ni de día.

Llego predispuesto a sus páginas, calculo que sus párrafos son de todo, menos alegres. Es la primera vez que tengo consciencia de lo siguiente: ser ama de casa es un rol que nadie en el mundo debería desempeñar, porque replicarían una situa­ción similar a la de la hermana de mi madre o a la de otra mujer (la tía de mi novia), que, a pesar de haber estudiado, quedó redu­cida a planchar la ropa, a picar la carne para que quede desme­chada como les gusta a los suyos, y a cruzar los dedos para no re­cibir un regaño de su esposo cuando le pida dinero para una cajetilla de cigarrillos.

¿Los hombres, a todas las amas de casa, las cortamos con la misma tijera? No sé sí soy machista, lo que sí sé es que fui formado con los valores del pa­triarcado, en el que mi madre, además de trabajar como profe­sora, fue todera conmigo y con mi hermano, que poco y nada ayudábamos a limpiar y a coci­nar en el apartamento. ¿Dedi­carse a las tareas del hogar es reducir a la mujer? Trato de ser sensato y la respuesta es “No”, porque en alguna parte debe haber mujeres (y hombres) cu­yos diarios no sean escalofrian­tes, penosos ni desquiciados.

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“Una tarde estaba ayudando a mamá a lavar los platos, ella los lavaba y yo los secaba. Por la ven­tana veía la pared del cuartel de bomberos y otras cocinas don­de otras mujeres frotaban cace­rolas o pelaban verduras. Cada día, el almuerzo, la comida; cada día, lavar platos; esas horas in­finitamente repetidas y que no llevan a ninguna parte: ¿viviría yo así?”, se cuestionó la filósofa Simone de Beauvoir en Memo­rias de una joven formal. “No, me dije mientras ordenaba en la alacena una pila de platos; la vida mía conducirá a alguna parte. Felizmente, no estaba condenada a un destino de ama de casa. Mi padre no era feminista, admiraba la sabi­duría de las novelas de Colet­te Yver, donde la abogada, la doctora, terminan por sacri­ficar su carrera a la armonía del hogar; pero necesidad es ley: 'Ustedes, hijitas, no se casarán', repetía a menudo. 'No tienen dote, tendrán que trabajar'".

Patricia Mendoza dejó su trabajo hace tres meses por criar a su hijo de un año. Es comunicadora y a sus trein­ta y tres años es otro de los ejemplos cercanos de muje­res que dejaron el horario, los jefes y las obligaciones por consagrarse a la casa. Antes de entrevistar a mi amiga, de antemano sabía que su caso no era como el de mi tía Gloria ni el de Tina Basler. En febrero renunció a la empresa para cuidar a su bebé.

¿En qué momento se te ocurrió ser ama de casa?

Tomé la decisión cuando me sentí agobiada por el trabajo y por el niño, sentía mi cabe­za muy ocupada, quería con­centrarme más en él y la ofi­cina no lo me permitía. Ahí decidí que quería estar con mi hijo David por un tiempo.

¿Te dio miedo de dar este paso?

Pensé que me podía aburrir en casa, pero mantengo un trabajo como profesora de universidad, de lunes a miér­coles en las mañanas. Reco­nozco que me daba miedo estar sin trabajar. Las clases me ayudan.

¿Qué extrañas del trabajo?

Me dolió dejar el ambiente de oficina, a mis compañeros, la rutina, que siempre me gus­tó. Antes de decidirme, pensé que el mundo laboral me iba a cobrar el hecho de parar.

¿Pensaste con tu novio en dejar al niño con una niñera o con los abuelos?

No queríamos dejarlo con na­die, la única opción era que yo lo cuidara, mi suegra me ayuda solo cuan­do doy las clases en la universidad.

¿Qué habría sucedido si él te hubiera dicho que no estaba de acuerdo con tu renuncia?

Mi pareja me apoyó. Sabe que lo me­jor para David es que esté a su lado en esta etapa. Nos beneficia a todos, aunque nos ha tocado ajustarnos económicamente.

¿Has tenido algún amague de arrepentimiento?

Llevo tres meses y me ha costado menos de lo que pensaba. Quiero volver a un tra­bajo de tiempo completo, de pronto cuan­do David cumpla dos años. Antes de tener a mi hijo, la prioridad era el trabajo. Aho­ra no, una resignifica el trabajo, ahora mi prioridad es que mi bebé sea feliz.

¿Estarías dispuesta a ser ama de casa si no enseñaras en la universidad?

Si no tuviera el trabajo en la universi­dad, no habría tomado esta decisión, no me creo capaz de estar todo el tiem­po en casa. Las clases son una chimba, es rico hacer algo por lo que me pagan, es una manera de cultivar mi indivi­dualidad, me dedico tiempo para mí, me habría deprimido si no siguiera trabajando.

¿Qué piensas de las amas de casa que no producen dinero?

Existen mujeres a las que les gusta co­cinar, a las que les gusta hacer manua­lidades, respeto a las que se quedan en casa cuidando a los hijos y punto. Hay que hacer lo que a la mamá la haga feliz, porque si no el niño no va a estar conten­to. Cuando mi novio y yo necesitemos más plata, me buscaré un trabajo. Si a él lo ascienden y se gana el doble de lo que gana ahora, no me gustaría volver a una oficina, seguiría haciendo cosas por gus­to. Si la parte económica está resuelta, podría estar contenta cuidando a David, teniendo mis trabajos a medio tiempo.

¿Las mujeres deberían recibir un salario por ser amas de casa, pagado por la misma pareja?

Supongamos que, además del salario, el hombre aporta la comida y la vivienda, enton­ces las mujeres, si recibimos un salario de parte de él, tam­bién tendríamos que correr con los gastos. Considero que sería bueno que el hombre se preocupe por las prestacio­nes sociales de la mujer que permanece en la casa. A mí, la universidad me paga salud y pensión, pero cuando eso no pase, voy a necesitar que mi pareja me ayude.

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La entrenadora financiera Lina Palacio, manifestó en Cromos lo siguiente: “Si mi esposo es el que va a traba­jar y yo me voy a quedar en la casa, debo decirle a él: ‘Espo­so mío, así como tú dispones de una partida presupuestal familiar para tus hijos, debes partirla para mí. Tú entien­des que de tu salario o de los ingresos de tu empresa de­berías pagarme mi pensión y mi salud, porque somos una pareja y tú estás tomando la decisión de soportar a tu fa­milia, lo cual me incluye. Así como tú estás proyectándo­te para soportar a los hijos hasta la universidad, para pagarles las vacaciones, para comprarles ropa, conmigo pasa exactamente lo mismo’. Esta es una charla superdu­ra de tener. Es posible que el hombre se sienta raro, pero es algo que se debe dejar cla­ro, como socios de la sociedad conyugal en la que están. No hay que sentirse culpable, así como él no debe sentirse ofendido. Puede que el hom­bre diga,‘no estoy listo para esto’, entonces yo puedo de­cir ‘listo, entonces yo tampo­co estoy lista para quedarme en la casa’. Creo que ahora se están tomando este tipo de decisiones a la ligera”.

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Cito textualmente a Palacio y le pregunto a Patricia si está de acuerdo con ella.

No estoy de acuerdo con que mi pareja me pague un sala­rio, no quiero que me paguen por cuidar a mi propio hijo. Lo hago porque soy su mamá. Si le pidiera un salario, él no me lo podría pagar porque no le alcanza. No creo que el marido tenga que pagar, más bien creería que se pueden hacer unos ajustes en los ga­tos de la familia y garantizar que la mujer tenga plata para sus necesidades personales.

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La anterior pregunta tam­bién se la formulo a Catali­na Ruiz Navarro, autora de Las mujeres que luchan se encuentran, un manual de feminismo latinoamericano que, con una narración ágil y profunda, revive el legado de algunas de las mujeres americanas más influyentes de la historia. “Lo ideal sería que las amas o los amos de casa lo sean por elección, y que su trabajo sea reconoci­do, no como un trabajo más, sino como el trabajo más im­portante, que es cuidar de la vida humana. Muy pocas mujeres tienen el privilegio de ser amas de casa por elección, sin una relación desigual de poder y ex­plotación de su trabajo”.

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El portal Finanzas Per­sonales calculó cuánto debería ganar al mes una ama de casa en Co­lombia. En una tabla, el periodista Juan Car­los Rivera sumó el pre­cio de los cuidados del bebé ($2'016.000), más la limpieza de la casa ($360.000), más la pre­paración de la comida ($1'072.000). Según sus cálculos, una mujer que administra y ejecuta las tareas del hogar debe­ría ganar $3'448.000 al mes, cifra que a simple vista parece muy difí­cil de obtener, pues son contados los hombres que tiene la capacidad de pagar lo justo, y pocos los hombres capaces de re­conocer que ser ama de casa es un trabajo como cualquiera.

Si mi tía Gloria hu­biera recibido un sala­rio, ¿qué habría escrito en el diario? ¿Su bitáco­ra tendría menos culpa­bles? Lo que voy a decir es pura especulación: si ella supiera lo que es el reconocimiento econó­mico, tal vez se habría animado a estudiar una carrera, habría conquis­tado más los espacios de la ciudad en vez de los rincones empolvados de la casa y habría sido una mujer más feliz.