Slow food, un movimiento sostenible

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Esta tendencia surge como protesta a la comida rápida y se rige bajo tres principios: que el producto sea bueno, limpio y justo.

 

 

Corría el año 1986 cuando el italiano Carlo Petrini, cansado de las hamburguesas, los perros calientes, las papas fritas y la comida chatarra que empezaban a abundar en su pueblo, decidió fundar en su país lo que hoy se conoce como slow food. Lo que buscaba era contrariar el efecto y la importancia que la comida rápida estaba tomando en la vida del ser humano. 

 


La filosofía de este movimiento, creado hace más de veinte años, es simple y busca contrarrestar el auge de los ritmos de vida acelerados bajo tres preceptos innegociables. Lo primero que busca es que la comida sea buena, fresca y forme parte de la cultura local. Segundo, que el producto sea limpio, que no perjudique el medio ambiente, el bienestar animal y la salud humana. Y, por último, que los alimentos sean asequibles para los consumidores y que los productores reciban justa remuneración. 

 


Algo irrefutable en la actualidad es la constante evolución del planeta. Esto se da, en gran parte, debido a la laboriosidad de los seres humanos, quienes contantemente buscan  un futuro próspero. Sin embargo, esta opción de vida se ha vuelto riesgosa y la fast food es fiel prueba de ese frenesí que nos roba un poquito de salud y vida.

 


La idea de Petrini fue y sigue siendo, definitivamente, un respiro de aire fresco para este mundo convulsionado. Y a pesar de que estaba siendo relegada, ha cogido un nuevo impulso, pues el nivel de concientización de las personas ha crecido.

 


Según recientes estudios de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas (FAO), “alrededor de 360 millones de personas en Latinoamérica tienen un peso por encima del recomendado”. Y no solo eso, según Eve Crowley, representante regional de la FAO, “el sobrepeso afecta a toda la población sin importar su condición económica, lugar de residencia o su origen étnico”.

 

 

La nutricionista Juliana Mejía recomienda, para quienes quieran unirse a esta tendencia, implementar en su dieta alimentos orgánicos que provengan de la tierra, es decir, que no estén procesados. Sin embargo, es mejor buscar siempre la alternativa orgánica, dado que no utilizan abonos ni fungicidas químicos. 

 

 

La especialista, además, enfatiza en la calidad de los alimentos que se encuentran en nuestro país y en el potencial que podría llegar a tener este movimiento aquí. Y, por último, reflexiona sobre la importancia de la calidad de los alimentos que ingerimos, ya que los agentes químicos de la comida rápida tienen mucho que ver con algunos comportamientos irregulares de la juventud.
 

 

Foto: Istock

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