Soltar o no soltar, guardar o no guardar

El primer consejo de Marie Kondo, asesora profesional del orden, es sacar todo y ponerlo en una pila, sostener cada objeto y preguntarse "¿esto me hace feliz?". Si la respuesta es no, hay que tirarlo.

'¡A ordenar con Marie Kondo!' es un programa de Netflix. Su método ha recibido elogios y críticas por igual.Foto: cortesía Netflix.

los 5 años, Marie Kondo prefería las revistas de decoración a las muñecas o los balones. Estaba obsesionada con las fotos de las casas, los colores de las paredes, la ubicación de los muebles y, sobre todo, los ventanales. Esos de vidrios enormes y marcos perfectos que parecían encerrar un cielo azul, un bosque, un árbol de otoño, un jardín de flores. Paradójicamente, su habitación era un rectángulo macizo sin ventanas, de 9 metros cuadrados, en algún barrio de Tokio, a los que no se les colaba el exterior por ninguna parte. Marie Kondo pasaba sus tardes llenando las paredes con recortes de paisajes a los que le hubiera gustado asomarse. “Imagina la casa que quieres tener y la vida que quieres vivir”, dice 30 años más tarde.

Se define como una asesora profesional del orden. Ha escrito cuatro libros, entre los que se cuenta La magia del orden,  con el que ha vendido más de cuatro millones de copias en 33 países. Su filosofía es simple: organizar, limpiar y conservar solo los objetos que le despierten felicidad. 

Es un fenómeno mundial, una de las 100 personas más influyentes, según la revista Time, y la protagonista de Tidying Up with Marie Kondo, un reality original de Netflix, en el que entra en la casa de ocho familias para solucionar sus problemas de orden. Su primer consejo es siempre el mismo: sacar todo y ponerlo en una pila, sostener cada objeto y preguntarse: ¿esto me hace feliz? Si la respuesta es no, hay que tirarlo y ya está. (Ver: El método de Marie Kondo para ordenar la casa y la vida)

La suya es una fórmula repetida. El entretenimiento gringo está lleno de programas en los que algún experto entra en las casas de otros para solucionar sus problemas. Constructores que optimizan espacios, psicólogos que educan niños, entrenadores que adiestran mascotas y hasta instructores de gimnasia que ayudan a bajar de peso. Sin embargo, el problema que le sirve a Kondo de pretexto es una de las preocupaciones más antiguas de la humanidad: el apego. 

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Jane tiene 6 años y vive en un hogar adoptivo desde hace dos. Su papá tenía problemas de alcoholismo y su mamá abusaba de la heroína. Él la golpeaba, ella respondía. Ambos se descargaban en Jane, que es una niña tímida, que habla poco y tiene problemas de atención. Se asusta cuando hay extraños y sufre de mutismo cuando está en lugares desconocidos. No sostiene la mirada y no logra acercarse del todo a su nueva familia. 

Otro caso es el de Betty, que tiene 5 años y se roba monedas. Las que les dan a sus compañeros de colegio para las onces, las que su maestra deja sobre el escritorio. Es la mayor de cuatro hermanos. Cuando tenía 7 meses, su mamá, embarazada de nuevo, descubrió que su esposo tenía un segundo matrimonio y se fue sin dar mayores explicaciones. Sus hijos pasaron por varios hogares adoptivos hasta que, cuatro años más tarde, ella decidió regresar. Betty llora cuando se queda sola, cuando no tiene un adulto cerca, cuando no la abrazan o cuando otros niños tienen más atención. 

Según un estudio hecho en  el 2009 por la Glasgow University y el Royal Hospital for Sick Children del Reino Unido, ambas niñas fueron diagnosticadas con trastorno reactivo del apego -RAD, por sus siglas en inglés-, una enfermedad mental que aparece al no tener un cuidador principal durante la infancia. El primero en hablar de ella fue el psicoanalista John Bowlby, que luego de la Segunda Guerra Mundial trabajó con niños huérfanos en el Instituto Tavistock de Londres. 

Bolwlby sostiene que existen diferentes tipos de apego y que estos no siempre son malos. Que pueden ser, incluso, necesarios y determinantes, como el que se tiene por la madre durante los primeros meses. Sostiene  que dicha carencia puede transformarse en un apego negativo a otras personas, como el de Betty, a objetos, animales o circunstancias. Pero, como pasa siempre con la ciencia, la suya no es una verdad absoluta. Algunos estudios, más recientes y hechos con poblaciones actuales, aseguran que, si bien es un factor importante, la ausencia de la figura materna no es el único ni el más definitivo. 

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Diógenes de Sinope vivió  con lo que consideró justo y necesario. Usó una tinaja de barro para resguardarse de la lluvia, se vistió siempre con la misma manta raída, caminó descalzo y tuvo como únicas pertenencias un bastón y una bolsa de piel en la que cargaba una taza para comer. Para él no existían puntos medios. Las cosas eran trascendentales o superfluas, vitales o innecesarias. La pobreza era una virtud y el desprendimiento de lo terrenal, la sublimación del alma. 

Alguna vez, cuentan, se cruzó con Alejandro Magno. “Pídeme lo que quieras”, le dijo el de Macedonia. “El sol”, respondió Diógenes. El rey lo miró entre sorprendido y escéptico. “Apártate, que me tapas el sol”, completó el filósofo. Sarcástico, mordaz y cínico, como todos discípulos de Antístenes, Diógenes pasó a la historia como uno de los pensadores más controversiales de la Antigua Grecia. Tanto que hay un desorden psicológico que lleva su nombre. (Ver: El Síndrome de Diógenes, la obsesión por acumular)

“Los pacientes diagnosticados con el Síndrome de Diógenes son acumuladores de basuras y objetos inservibles”, explica Rosana Martínez, psicóloga clínica de la Unidad de Salud Mental de Alicante, en un artículo publicado por la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Pero la tendencia  a acumular cosas no es exclusiva de quienes padecen a Diógenes. Existen también los que almacenan objetos, sin que estos sean necesariamente desechos, bajo el pretexto de usarlos luego. Revistas, electrodomésticos, ropa, muebles, recuerdos emocionales. Y también los acumuladores de animales. En octubre del 2018, el diario El País publicó la historia de Claudia, una mujer que, luego de curar el ala rota de una paloma que se estrelló contra su ventana, fue recogiendo aves enfermas y cuidándolas en su casa hasta tener veinte. 

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Para los budistas, el origen del sufrimiento está en el apego. La vida, el mundo y los seres que lo habitan son transitorios y están cambiando constantemente. Saber soltar y no temer a la pérdida son las ideas más importantes del Sutra del Loto, uno de los discursos más famosos de Buda. Pareciera, entonces, que todos los apegos son negativos y encierran problemas de dimensiones distintas. Pero no. Según el psiquiatra Diego Figueras, los apegos son necesarios para los seres humanos y pueden ser sanos o insanos. (Ver: ‘Menos cosas, más felicidad’, conoce el estilo de vida minimalista)

Los hay resilientes y autónomos, que involucran relaciones afectivas e intelectuales: el de una pareja, el de un niño por su mascota, el de un músico por su instrumento. Y los hay inseguros y destructivos: el de un padre sobreprotector, el de un acumulador de ropa o el de alguien con 15 gatos. 

“Pero lo más problemático de todo es, en realidad, la ausencia de relaciones de apego. Si no hay apego a nada, no hay empatía", dice Figueras. 

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