Fundación MovilizArte Colombia
Estamos en un país donde la expectativa de vida de las personas transgénero no supera los 35 años. Este es el resultado de los estereotipos, los estigmas y los imaginarios relacionados con nosotras, los cuales hacen que esta sociedad nos siga relegando a un par de escenarios en los cuales no podemos tener vidas dignas que nos garanticen llegar a la vejez.
Por esta razón los índices de transfeminicidios siguen en aumento. A nosotras nos matan por ser mujeres y por tener un pene. Esto no es algo nuevo, es un fenómeno histórico: en los ochentas, las mujeres trans eran recogidas por la Policía para ser golpeadas, violadas, torturadas y hasta asesinadas. Lo más indignante es que más del 90% de estos crímenes quedaron en total impunidad, pero nosotras no las olvidamos, siempre haremos un ejercicio de memoria para recordarlas y buscar la reparación.
Este también es un país donde se nos sigue segregando. Nos segregan de nuestros núcleos familiares, de los colegios, de las universidades, de los trabajos, de los hospitales, de los espacios públicos y hasta de los territorios. Ningún gobierno (ningún político) ha demostrado un interés real en construir una ley de identidad de género, por medio de la cual se desarrollen protocolos de atención específicos para nuestras necesidades, una ley que nos reconozca, nos valide y nos defienda.
Sigue a Cromos en WhatsAppPara completar, políticos de corte religioso están buscando acabar con la Política Pública LGBT Nacional, la única herramienta que puede ayudar a garantizar los derechos de nuestro grupo poblacional en el territorio nacional, ya que a pesar de que en las grandes ciudades la situación de derechos de las personas trans ha ‘mejorado’, la historia nos es la misma en la mayoría de departamentos, municipios, pueblos y veredas.
Como se pueden ver, tenemos muchos motivos para marchar este 8 de marzo y lo haremos desde el barrio Santa Fé: el barrio que más mujeres tiene y en el que más se vulneran nuestros derechos; el barrio de las putas, de las ñeras, de las travestis, de las pobres, de las venezolanas, de las habitantes de calle, de las consumidoras de psicoactivos, entre muchas otras.
Un barrio de mujeres poderosas y llenas de luz, a las que el machismo, el abandono por parte del Estado y la desigualdad social quieren extinguir. Pero no lo van a conseguir, porque, a la hora de luchar por nuestros derechos, somos malas y podemos ser peores.