
Eso se queda grabado, nunca se olvida. Estaba acostada en la camilla y el médico revisaba los resultados de mi mamografía. Cuando él le dictaba a su asistente el tipo de células que yo tenía, inmediatamente entendí que era algo catastrófico: “Tienes un cáncer”. Todo se me movió y la pregunta que comenzó a darme vueltas en la cabeza fue: “¿Y ahora qué va a pasar?”. La muerte se convirtió en el pensamiento constante, así como el tiempo de vida que me quedaba, lo que hice, lo que habría querido vivir, mi familia…
Después de que los médicos determinaron el tipo de cáncer que padecía, transcurrió un mes antes de llegar a la sala de cirugía, y aquí comenzó otro proceso. El médico me habló de la mastectomía, una decisión radical y difícil de tomar porque los senos son parte vital de uno, pero era definitivamente lo que tenía que hacer porque yo estaba pensando en cómo alargar mi vida.
Me quitaron la mama izquierda y uno cree que ahí termina todo, pero apenas es el comienzo. Es que no tener un seno es una cosa muy compleja, no solo por la sensación de que me falta una parte fundamental de mi cuerpo, sino porque te debes enfrentar con un drama social: no encuentras brasieres para mujeres mastectomizadas, tampoco prótesis para nivelar. Aceptar verse sin un seno, es algo muy traumático.
Pero en ese momento no dimensionas todo porque hay que seguir luchando por la vida. Empecé con un tratamiento para evitar que el cáncer reapareciera. No me hicieron ni quimioterapia ni radioterapia, me trataron con Tamoxifeno porque mi cáncer dependía de las hormonas (estrógenos y progesterona), entonces lo que había que hacer era bloquear su producción. Durante cinco años tomé esta droga que deja unas secuelas delicadas: produce várices, calambres, afecta mucho el sistema digestivo… Pero era lo menos malo y lo que me ayudaría a tener más tiempo de vida.
Cuando terminé el tratamiento comencé controles cada ocho meses porque el cáncer rotula y cualquier cosa que aparezca en el cuerpo la relacionas inmediatamente con la enfermedad. Tuve una bursitis de cadera y pensé que había hecho metástasis. El cáncer puede reaparecer en cualquier momento, por eso hay que estar atento a cualquier señal.
Luego de curar el cuerpo comenzó lo más difícil: curar el alma porque este proceso deja mucho dolor, miedo, traumas. Después de analizar todo, pienso que me quedó una enseñanza: “Hay que soltar, no puedes controlar todo, hay que dejar ir”. Estamos acostumbrados a controlarlo todo y resulta que la vida se debe mirar de manera distinta.
Dos años después, el médico decidió mandarme a donde un cirujano estético para reconstruirme la mama izquierda. Pero eran 2 o 3 cirugías más y entonces decidí quedarme así. Entendí que no tener esa parte de mi cuerpo salvó mi vida. Sin embargo, luego de verme tantas veces frente al espejo, de sentirme mutilada, pensé que un tatuaje podría darle un sentido a todo lo que había vivido. Me tatué una flor de loto, que significa renacimiento, transformación.
Ese tatuaje no sólo me cambió el cuerpo, también evidenció que estaba llena de dolor. No sólo me dolió más que la mastectomía sino que hizo evidente que algo no estaba bien en mi interior. El tatuaje marcó una transformación en mi vida. Con él acabé de liberar y me siento feliz de haberlo hecho. Me di cuenta de que una mujer no pierde su esencia porque no tenga un seno. Con el tatuaje, que hoy es testimonio de todo eso que viví, acabé de sanar y de liberar.
Trinidad
Luego de terminar su proceso de sanación, Martha Restrepo creó Trinidad, una institución que brinda servicios complementarios de salud, que busca dar acompañamiento a las personas que viven eventos traumáticos: cáncer, otras enfermedades terminales, mutilaciones. “Nos falta guía, ayuda psicológica, entender el dolor del otro, las personas necesitan que alguien les explique cómo es vivir todo esto. Y eso es lo que hacemos en Trinidad”, dice Martha.
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