Explicaciones psicoanalíticas o etológicas a un lado, el tamaño, forma y volumen de esta zona sagrada del cuerpo femenino es importante por lo que deja y no deja ver, y será siempre un determinante catalizador de fantasías y expectativas durante el cortejo. Mucho menos comentado, sin embargo, es el papel desempeñado por otro elemento, íntimamente ligado al anterior, especialmente durante los primeros acercamientos íntimos entre un hombre y una mujer. No se necesitan mayores pistas. Sin duda, una vez alcanzada, los pezones que coronan la segunda base son determinantes para el sano proseguir de un ritual amoroso.
El asunto no está exento de problemas. En palabras de un destacado conocedor: “Uno siempre imagina que van a ser pequeñitos, redonditos y rosaditos. Y pues no.”. El universo del pezón femenino es tan vasto y diverso como otros campos anatómicos, y los caminos de la desilusión o del encanto están siempre presentes. En la vida aparecen mujeres de pechos perfectos, redondos, respingados, que una vez perdido el pudor, revelan pezones de tan poca correspondencia, que en casos extremos pueden llevar al novel amante a intentar la fuga. En otras ocasiones, sobre un par de tetas que a primera vista no prometían mayores glorias, se revelan pezones lumínicos e inolvidables, que pueden terminar con cualquier tipo de déficit en materia de talla.
Así que sí. El pezón importa. Y mucho.
Hay quienes sostienen que hay un tipo universal de pezón deseable. Un pezón que, ni es grande ni chico, ni demasiado oscuro ni demasiado pálido, y que cuando se crispa, sabe respetar sus propias dimensiones. Es un pezón grecorromano; el que sugiere Botichelli en su Venus o el que apenas se intuye en los pechos de mármol de la Venus de Milo. Un pezón que, quien alguna vez lo ha visto, yerra el resto de su vida en pro de rencontrarlo.
Y será errar, porque el pezón ideal es ave rara. Y en la vida real, especialmente en esta cuna de infinitos mestizajes que es Latinoamérica, las combinaciones pezón-teta son tan diversas como conflictivas, siendo los casos más dramáticos aquellos a los que llamaré pechos paradójicos. A saber: todas aquellas combinaciones de contrastes extremos: teta grande, pezón diminuto; teta oscura, pezón claro, así como sus respectivos viceversas.
El asunto ha sido ampliamente discutido en los corrillos masculinos. De hecho, ha derivado en riquísimas taxonomías y tipologías, que hacen uso de imaginativas metáforas par dar cuenta de tan exuberante diversidad. Para no herir susceptibilidades, excluyo de este espacio toda mención directa a este tipo de adjetivos. No vaya y sea que con ánimo de venganza, a alguna se le ocurra hacer lo mismo con nosotros.
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