Un error en el sistema

Siempre estamos en una carrera contra el tiempo: los estudios, el éxito laboral, la casa, el carro, el matrimonio, los hijos... Pero hay personas que se han atrevido a vivir de otra forma, más amigable con el planeta.

Por Natalia Agudelo Mendoza y Juan Carlos Rocha Pardo
21 de noviembre de 2019
Un error en el sistema
Nos embarcamos en la aventura de construir comunidad en un mundo determinado por la competencia. / Fotos: Natalia Agudelo Mendoza y Juan Carlos Rocha Pardo

Nos embarcamos en la aventura de construir comunidad en un mundo determinado por la competencia. / Fotos: Natalia Agudelo Mendoza y Juan Carlos Rocha Pardo

Una pesadilla recurrente: descubren que perdí una materia en el colegio, quizás dos, y tengo que repetir un año. Pánico, tiene que ser un error ¿y ahora? Hay que escapar, abrir los ojos y saltar a la penumbra: otra vez la pesadilla, risas, qué traumado me dejó el colegio. Durante doce años me enseñaron a encajar en el sistema, y yo aquí, veinte años después, durmiendo en una carpa, en la montaña, junto a mi familia, mientras construimos una casa con nuestras manos, aprendemos a sembrar nuestra comida, creamos una escuela para nuestros hijos... ¿Cómo alguien que se formó en medio de una disciplina tan rigurosa termina en un cuento tan hippie? Ha de ser un error en el sistema.

Un error que se ha gestado poco a poco, una sumatoria de sucesos, una transición. Aunque salir del colegio fue un alivio, aquel era apenas un escaño en el camino al éxito socialmente aceptado. Ya saben, la universidad, el trabajo, el auto, escalar posiciones, competir, algún posgrado, comprar una propiedad, hacer familia, darle la mejor educación a los hijos para que también compitan, y el círculo que empieza nuevamente.

 

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Asomé de repente fuera de mi burbuja bogotana cuando aplacé un semestre en la universidad –estudié periodismo– para aprender inglés en Nueva York, otro paso útil para encajar en el sistema que salió al revés. Por azares de la vida, me hice amigo de una pareja de lesbianas mayores que yo: una artista inglesa y una activista estadounidense. Me invitaron a exposiciones de arte, conciertos, manifestaciones contra la guerra en Iraq y el uso de armas químicas, y reuniones a las que asistían personas con historias asombrosas que ocurrían en distintos rincones del planeta: una médica voluntaria en África; un periodista que cubrió la guerra en los Balcanes y, otro, las protestas contra la minería en Los Andes peruanos; un aventurero que cruzó el Atlántico en velero y un gurú de la India, de túnica blanca hasta los pies y barba larga y canosa, que cada tanto dejaba el Ganges y pasaba temporadas en algún bosque, en inmediaciones de Nueva York, guiando a quienes se acercaran hacia la paz interior.

Así, con una idea más concreta de las dimensiones de la Tierra y las ilimitadas posibilidades de habitarla, me tracé un plan que asemejara a un trabajo: viajar por el mundo mientras tomaba fotografías y escribía las historias que encontrara en el camino. Por fortuna, mi hermano mayor ya había abierto brechas en la familia, que siempre nos apoya por raros que parezcan nuestros sueños: ganó una beca para estudiar en China, aprendió mandarín y se radicó al otro lado del planeta.

La naturaleza

Emprendí una de las primeras aventuras como guardaparque voluntario en el Parque Nacional El Tuparro, quizás la zona más remota y paradisiaca de la Orinoquía colombiana, evidencia de la sobrecogedora exuberancia de la naturaleza en su estado prístino, un terremoto de vida y belleza para alguien que había crecido en el tercer piso de un edificio.

Más tarde asistí como corresponsal al Foro Social Mundial, en Caracas, una gigantesca reunión de movimientos sociales provenientes de todos los rincones del planeta, unidos bajo el lema 'Otro mundo es posible'. Eran días del auge de la izquierda latinoamericana y de Hugo Chávez en Venezuela, pero más allá de las cuestiones políticas, fue conmovedor saber que miles de personas buscaban una forma de vivir que fuera una alternativa a las lógicas depredadoras del progreso. 

Encontrar compañero de viaje no fue tan complicado. Mis amigos se apuntaban a viajes cortos, pero estaban cada vez más comprometidos con las lógicas del sistema, que de entrada te despoja de tu tiempo. Conocí a Natalia, la compañera de aventuras de mis sueños, en un temazcal, un ritual común en las comunidades indígenas de toda América, que ha recobrado vigencia en los últimos años. Nuestra primera cita fue un campamento. Y en nuestro primer viaje juntos nos fuimos como guardaparques voluntarios al Parque Nacional Sierra Nevada de Santa Marta. Allí conocimos a los Kogi, probablemente el pueblo indígena mejor conservado de América, que habita un lugar sin tiendas, ni electricidad ni carreteras, donde casi nadie sabe cuántos años tiene, los días no tienen nombre y la vida sigue los ritmos de la naturaleza. En alguno de los alucinantes viajes a territorio Kogi, que se sucedieron desde entonces, celebramos una suerte de 'matrimonio', sin más fiesta que un baño en un río majestuoso y unos crepes de mango preparados en fogón de leña.

Ya para ese entonces teníamos claro que el mundo era destruido a toda máquina, y no queríamos quedarnos cruzados de brazos, quejándonos de la hecatombe. Así nació el Festival a la Mama. La idea surgió en la finca de la familia de Natalia, en el hermoso valle de Sopó –territorio ancestral muisca–, cuando ella y algunos amigos se reunieron para preparar acciones concretas ante el avance vertiginoso de las industrias, las basuras, la urbanización, la contaminación y, en resumen, la cotidianidad de esta época confusa en que nos correspondió vivir.

El festival cuenta ya diez ediciones, centenares de personas de todo el mundo han compartido sus artes y saberes, y, entre los miles de asistentes, los más beneficiados hemos sido los mismos organizadores, quienes recibimos ejemplo, conocimientos e inspiración, y forjamos amistades cómplices.

Para realizar el festival siempre solicitamos recursos públicos, que han sido escasos pero bien aprovechados. También nos apoyamos en el ejercicio del trueque en distintas formas y niveles; hemos aprendido que son muchas las voluntades dispuestas a unirse a estos propósitos, sin que haya dinero de por medio.

De forma similar, hemos aplicado a innumerables becas y convocatorias. Hemos  ganando algunas, que permitieron un viaje por India, Nepal y China, la publicación de un libro de crónicas y fotografías, titulado Un error en el sistema, y un reciente viaje de dos años por México, buena parte en una Volkswagen Combi que adaptamos con cama y cocina: “El sueño de todo hippie”, nos decían.

La manada 

Cuando estábamos en un viaje por Suramérica, sin límite de tiempo ni ruta definida, recibimos la sorpresa: Violeta de los Andes crecía en la panza de Natalia.

“Ahora sí les va a tocar sentar cabeza”, nos decían. Y así fue, pero quizás no como se esperaba. Nos hicimos más radicales, consecuentes y ordenados, pues ir contra la corriente requiere método, ingenio, estudio y disciplina. Después de años disminuyendo el consumo de carne –la principal causa de deforestación en el mundo– nos hicimos vegetarianos. Asumimos la responsabilidad de que nuestros residuos no se conviertan en basura. Para ello redujimos al máximo el consumo de productos empacados, compostamos lo orgánico, elaboramos ecoladrillos –botellas PET rellenas de los plásticos, que nunca faltan, a pesar de los esfuerzos–, utilizamos pañales de tela, exploramos las posibilidades del arte con reciclaje, utilizamos sanitarios secos y, en resumen, observamos las consecuencias de cada acción, por pequeña que parezca.

Y en esas estamos. Durmiendo en una carpa dentro de un domo geodésico, construido en algún taller del Festival a la Mama. Levantando una casa con una combinación de materiales naturales –en lo posible del mismo lugar– y ecoladrillos.  Sembrando árboles frutales, una espiral de plantas medicinales y una huerta, por ahora, modesta. Aprendiendo del bosque, que se restaura saludable y abundante con el simple gesto de dejarlo ser.

No queremos adaptarnos a un sistema que está destruyendo la Tierra, aunque todavía dependemos de él. Tratamos de movernos por sus grietas, con el sueño ingenuo y ambicioso de diseñar otra forma de vivir, con la sospecha de que vendrán tiempos aún más difíciles –nos acercamos al límite de resistencia del planeta, que en algún momento no podrá saciar la avaricia humana–. Somos unos desadaptados, felizmente.

 

Para más información sobre nuestros proyectos visite: www.ibitekoa.blogspot.com

Por Natalia Agudelo Mendoza y Juan Carlos Rocha Pardo

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