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Pero me gustan las mujeres. Y mucho.
Por años, el asunto fue un problema. Mi gusto por las mujeres me generó… ¿cómo decirlo? Un síndrome de déficit de atención masculina. ¿Han visto un perro en una plaza llena de palomas? Así me agarró en un momento la vida, con sus consecuentes deslices y mentiras, que a la larga me dejaron una larga lista de moretones.
He de admitirlo: si algo soy yo, después de años de padecer el síndrome, es un infiel reformado.
Sigue a Cromos en WhatsApp¿Cómo lo logre?
Cansado de tantos tropiezos, poco a poco he ido descubriendo un estrategia, una manera de sosegar este síndrome de abstinencia, causado por el tormento de saberse monógamo en un mundo de mujeres hermosas.
Yo la llamo: la estrategia de la sucesión del deseo. Una estrategia práctica y que rinde más de un fruto, y que radica en hacer de mis hermanos y amigos, la más práctica y generosa manera de ejercer una poligamia a distancia.
La sucesión del deseo opera bajo un principio sencillo: si tal o cual chica no puede ser mía, que sea de mi amigo. Nada más lamentable que tanta belleza inobtenible termine en predios desafortunados, cuando en este lado del mundo hay con qué.
Así que ahora soy un agente descubridor de talentos. Hago todo lo que quede a mi alcance para que las mujeres que nunca tendré, terminen en manos de mi propia tribu, para convertir mi deseo en goce transitivo.
Mis amigos me lo agradecen. Mis amores imposibles me han convertido en un 'dealer' de amores posibles. Un discreto celestino para subyugar mi frustración de hombre sosegado, y garantizar de paso la felicidad de mis conocidos solitarios.
Mis amigos no lo saben; son sicarios de mi don juanismo domesticado.
Ojalá no descubran.
noessencillo@yahoo.es