Millones de dólares, 7 años de construcción, 20 días de caos en la ciudad y un despliegue gigante de seguridad. En pocas palabras, así pensaba el brasileño que serían los Juegos Olímpicos. Como brasileña y periodista me resultaba muy difícil no estar pendiente de la organización de las justas. No sabía (y era un miedo latente) si sería o no un fracaso mundial, si íbamos a ser capaces de sacar adelante el evento deportivo más importante del mundo. Creo que después de haberlo vivido intensamente, puedo decir que Río de Janeiro cumplió con su deber y sacó adelante la difícil tarea de volverse capital del mundo por unos días.
Sobre todo porque Brasil vive todavía el episodio más duro de su reciente historia. Una crisis política y económica que tiene a todos los brasileños viviendo con pesimismo. Ni el más optimista pensaría que en el mes de agosto de 2016, el país sería capaz de olvidarse de todo y recibir a atletas, periodistas, turistas y personalidades de la manera alegre y fiestera que nos ha caracterizado siempre.
Al comienzo solo se escuchaba hablar de problemas, de riesgos de terrorismo y del incansable zika, pero rápidamente, cuando todo empezó, y la arena se llenó de color y cánticos, Brasil se despertó nuevamente.
Confieso que viví Río 2016 como una colombiana más. Vibrando y haciendo fuerza a los 147 deportistas que viajaron a participar. Y así como ellos me contagié de la fiebre carioca, y debo decir que las victorias de los colombianos fueron un logro continental, para todo Sudamérica.
Lo digo tras escuchar a compatriotas de todas las edades gritando ¡Vamos Colombia! en la emocionante conquista del oro de Caterine Ibargüen en el estadio olímpico, después de ver cómo tres pequeños se acercaron a tomarse foto con Óscar Figueroa y su medalla de oro en el pabellón olímpico de pesas, y lo confirmo después de ver cómo una señora que lucía la camiseta de Brasil lloraba escuchando el himno colombiano, en la entrega de la medalla a Mariana Pajón.
Río de Janeiro fue la casa, pero fuimos todos los suramericanos los que la pintamos de emoción. Mostramos al mundo que sí somos capaces, pese a todas las adversidades. No somos los más ricos, pero tenemos un corazón gigante, y sí, valemos oro. Los cariocas que pensaban que invertir en los juegos olímpicos era malgastar la plata, finalmente abrieron sus puertas y dejaron que los bellos paisajes y las calles se volvieran el escenario perfecto para hacer de Río 2016 una fiesta inolvidable. Queda el orgullo, pero sin duda, quedará también mucha nostalgia por los gratos momentos.