Ahora quiere desaprender todo lo que no le ha servido. En ese intenso pulso con la vida, Valerie Domínguez lleva siempre la ventaja y tonta sería la realidad al llevarle la contraria a una mujer capaz de jugar con todo lo que se le cruza por el frente. Juega mirándose al espejo y hace muecas como desafiando a la armonía. Se ríe. Intenta sacarle provecho a su voz carrasposa de día pero fuerte de noche. Lo logra. Se burla de sus actitudes menos coordinadas y allí encuentra un verdadero baúl sin medidas para nutrir a sus personajes y para divertir su esencia barranquillera que no ha podido, ni querido tampoco, neutralizar. Ella, simplemente, goza.
Con discretas sonrisas que pronto se transforman en carcajadas, consigue lo que quiere. Pura cuestión de belleza, dirán algunas. Es cuestión de suerte, asegurarán los incrédulos; y es el destino que tiene reservado lo mejor para unos pocos, pensarán los demás. Pero su caso es una mezcla atractiva y afortunada de todas las anteriores. Como en la elaboración de una buena pizza, comida que hace con sabrosura y para la que compró una piedra especial que mete en el horno cada vez que se le antoja, las dosis son las justas. Una belleza sin límite, un destino complaciente que la ubicó en una familia tradicional de la costa que la enseñó a resolver con brazos extendidos pero firmes, y la suerte necesaria para saber manejar su entorno.
Creció entre joyas. Todos sus diciembres los pasó ayudando en la joyería de su abuelo. Allí aprendió a empacar regalos y asesorar a los desentendidos en el tema. El plan ‘playa con amigos’ era casi lo único que la hacía marginarse del encanto de una piedra preciosa. Cambiaba alhajas por arena y clientes por amigos, un trueque que siempre terminó en saldo positivo. De nuevo jugó y esa travesura se convirtió en algo serio, tanto que se fue a Italia a estudiar diseño de joyas durante más de tres años. Allí llegó con la experiencia de haber asistido a los encuentros más importantes en ese campo. Basilea, Milán, Florencia, Nueva York y Las Vegas fueron tan sólo algunos de sus destinos iniciales. A ellos empezó a ir desde los 14 años, cuando le tocaba disfrazarse de adulta para que la dejaran participar en los eventos internacionales.
Sigue a Cromos en WhatsAppPocos interrogantes le gusta dejar a Valerie Domínguez en veremos. Por eso resolvió rápido una de sus principales dudas: ¿De qué hubiera quedado en el Concurso Nacional de la Belleza? A Cartagena llegó con 24 años, una carrera consolidada y una vivencia larga en el exterior. Eso se resume en que arribó como favorita, así ella, aún hoy, lo niegue. En ese entonces optó por no ver la información relacionada con el reinado hasta que una de sus compañeras le contó que la Negra Candela estaba diciendo que la principal opcionada tenía una cicatriz muy grande en la frente. Ella se miró al espejo y esta vez sin hacer muecas la vio en sus justas proporciones. “Ay juemadre, es cierto. Tengo una cicatriz en la frente”. Esa marca indeleble la acompaña desde los dos años, cuando su niñera la montó en un avión de batería y se olvidó de que esa clase de aparatos no tienen la facultad de doblegar la ley de gravedad. La pequeña rodó por las escaleras y de inmediato tuvo que ser intervenida quirúrgicamente. Por eso cuando le preguntan cuántas cirugías se ha hecho, ella contesta con desparpajo: “Una, la de la frente”.
Pasó lo obvio. Ella se quedó con la corona y el cetro, pero se enteró medio minuto después de todos los demás. Fue la virreina de ese entonces, la Señorita Chocó, la que se encargó de darle la noticia. Ya con esos elementos en su poder, se oficializó que la niña del Atlántico no era simplemente ‘bonita’, sino que tenía porte de reina. Aunque hoy no ostenta la corona, sigue siendo la soberana de los sets de grabación, porque pulió el magnetismo, cultivó su encanto y dejó intacta esa belleza genuina que hace encender televisores en toda América Latina. En ‘Hasta que la plata nos separe’ fue Marian Sajir, después representó a Bárbara en ‘El último matrimonio feliz’, novela en la que mostró su versatilidad pero también dio pistas de su fuerte temperamento cuando le quemaron el pelo al teñirla de rubio. Ahí no fue un juego.
Después de personificar varios roles, Valerie Domínguez se le midió a la presentación del Festival internacional del humor. Faldas cortas, atuendos seductores y su acento caribeño marcaron la diferencia con su personaje de Cristina Oviedo, la dama exitosa que lleva los hilos de la serie ‘Los caballeros las prefieren brutas’. Ella llega al set tal cual vive, con la cara lavada, con jean y camiseta, haciendo caso omiso a lo que le dicen todas las amigas: “Tú eres una reina, tú no puedes salir así a la calle”. Y claro que puede. Claro que lo hace. Eso forma parte de la diversión que representa para ella el hecho de estar viva.
Ya en el preámbulo de una grabación o antes de iniciar una sesión de fotos, es capaz en menos de tres minutos de pintarse las uñas de las manos y de los pies. Hace equilibrio en una pierna, apoya la otra en la pared y se dobla como un contorsionista para darle dos pasadas a cada uña y listo. Se transforma, deja atrás su belleza tranquila para darle la bienvenida a una imagen arrolladora que sin mucho esfuerzo es capaz de soportar todas las miradas.
Lo principal que quiere desaprender Valerie Domínguez es a sentir la necesidad de hacer muchas cosas al mismo tiempo. Por ahora lleva las de perder porque acaba de terminar la grabación de la novela ‘Un sueño llamado salsa’ y ya tiene la agenda cuadrada para volver a vestirse de Cristina Oviedo en la segunda y tercera temporada de ‘Los caballeros las prefieren brutas’. A estos proyectos se enfrenta con la inocencia de aquella niña que, con la cicatriz en la frente, le dicta: “Sigamos divirtiéndonos, lo nuestro es seguir gozando”, pero también los asume con la responsabilidad de una mujer que sabe que, a pesar de lo malo que le ha pasado, le va ganando el pulso a la vida.