Revista Cromos

Violencia económica: trabajar por una pensión para que luego tu hijo te la robe

Reunimos casos en los que tres mamás son víctimas de sus inescrupulosos retoños. La violencia económica y patrimonial es un flagelo que poco se denuncia.

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Llega el día en que los papeles se invierten: el niño ya no eres tú, sino ella, tu mamá. A sus 80 años, es una señora encanecida y de mirada noble. Debajo de sus arrugas y de las pecas oscuras de sus brazos reconoces a la mujer que te vio nacer, que te cargó a pesar de que le dolieran los huesos, que te quitó el pañal sucio, porque quién más lo iba a hacer. Para eso se tomó el trabajo de traerte al mundo: para acompañarte en las buenas y en las malas. De ella heredaste la nariz respingada, la frente pronunciada, la dentadura uniforme.

Viendo el álbum familiar, cualquiera afirmaría que eres una réplica de ella. Si aplicáramos las ciencias exactas a las páginas de tu infancia, la estadística diría que en el 75% de las fotos tu mamá está cerca de ti, porque eras su obsesión, en el mejor sentido de la palabra, no quería que te pasara algo malo, que te lastimaras la frente, que también es la de ella.

La estadística también arrojaría que es con tu mamá con quien más te reías frente a la cámara. Si ella no estaba contigo, en varias postales sales mirando para otro lado. El desasosiego que te envolvía al separarte lo controlabas al detectarla en el horizonte. La señalabas, le estirabas los brazos; si se demoraba, arrugabas el mentón y llorabas.

Hoy, este mes, este año, este día, ese desasosiego lo vive ella. Sus pies los arrastra, las rodillas le duelen más que nunca y la temperatura de sus manos ha bajado varios grados. Ahora demanda tu cuidado, lo exige. La mujer que te formó se convierte en una niña grande, que de a poco va perdiendo la memoria. A la hora del almuerzo repite las historias de bachillerato en la normal de mujeres, su etapa universitaria y del día en que conoció a tu papá.

Con su sueldo de profesora, tu mamá mantuvo la casa, te dio de comer, pagó el colegio, corrió con los gastos de tu carrera. Lo suyo fueron las maromas financieras, en una casa en la que tu papá aportaba poco (si hubiera vivido en la era de Uber y Rappi, seguramente habría trabajado en sus pocos ratos libres).

Es una de las contadas colombianas que pudo jubilarse. Administró su pensión como administró su vida: le alcanzaba para llegar a fin de mes y para ahorrar. Pero su memoria falla, el apoyo es inevitable, tu presencia es menester. Manejar su dinero es lo de menos, lo preocupante es que a tu mamá se le está olvidando desayunar, en ocasiones sigue de largo en las noches y su higiene, por la que tanto te regañaba, va desapareciendo. Tomarse las medicinas a la hora indicada, dejar la puerta cerrada, el día de tu cumpleaños… ya se le olvidan los detalles, por eso te necesita. Lo importante, en este momento, es tu decisión: consigues a alguien que te colabore mientras trabajas o la envías a un geriátrico. Si fuera por ella, mejor que se queden juntos, mejor tener a alguien a quien abrazar, mejor que el lazo perdure. Verse lejos de su espacio, a merced de desconocidos, es una imagen que la agobia, le arruga el corazón. Si fuera una niña se pondría a llorar hasta que aparezcas para salvarla de la soledad.

Finalmente decides hacerte cargo, estar ahí. Lo negocias con tu pareja, que, a regañadientes, da el visto bueno. Por primera vez vas a administrar sus recursos. Te memorizas la clave de la tarjeta débito (es su fecha de nacimiento). Del buen manejo de la pensión dependerá su existencia. Parece una tarea sencilla, no puede ser difícil gestionar los recursos para que la mujer que te parió tenga una vida digna y cómoda. Para eso se esforzó, para eso cotizó durante décadas, para eso formó a un hijo en amor, capaz de destinar un poco para los servicios, un puñado para alimentación, otra porción para una empleada doméstica que se dedique a ella, otro para el entretenimiento y gastos varios. Por supuesto, los recursos que sobren van a los ahorros que muy juiciosa tu mamá ha conservado por décadas. Eres su hijo y no le vas a incumplir. ¿Cierto?

Primer Caso

Francisco regresa a Colombia, apenas con lo que trae puesto. Luego de vivir 36 años en Alemania, un día, sin avisar a su mamá y a sus hermanos, aparece en casa.

Francisco es el misterioso de la familia, el hijo del medio, la incógnita. La explicación de lo que hacía se resolvía con el eufemismo “hace negocios en Berlín”. Es evidente que su retorno tiene que ver con una deportación. Nadie se atreve a preguntarle en qué anduvo ni por qué volvió a un país que nunca quiso. Su madre está feliz, lo recibe con abrazos y besos tímidos. "El buen hijo vuelve a casa", dice la señora, que vive sola, pues sus retoños tienen sus propias familias.

La señora se sostiene con una pensión de enfermera y la que le dejó su esposo maltratador. Francisco es la estampa de su padre. Los hermanos optimistas ven su regreso como la compañía que le hacía falta a “la vieja”, como suelen llamarla cariñosamente, otros lo perciben como una amenaza.

A Francisco no le gusta el mercado que hace su mamá, no le gusta la decoración, detesta el televisor de cola que funciona a la perfección, ubicado en el rincón de siempre, encima del nochero de siempre. A Francisco no le gusta “la cama single”, la alfombra ni los cuadros. Sin consultar, le dice a su mamá que la casa debe modernizarse. Sus deseos son órdenes.

En cuestión de meses, Francisco se moviliza en camioneta, almuerza en restaurantes costosos, se enfiesta y llega borracho en las mañanas. En su billetera, incluso en sus borracheras más intensas, puede diferenciar cuál es la tarjeta que tiene más recursos. La que siempre tiene dinero disponible es la de crédito, que está a nombre de su mamá.

Él paga en sus citas con mujeres jóvenes. En cuestión de meses, Francisco administra la casa. Quien activa la alarma de la situación es la empleada doméstica: renuncia sin motivos, pero es obvio que no soporta el trato del huésped. Las deudas en la tarjeta de crédito, la nevera vacía, el temperamento de la mamá, que ahora es una señora amargada, que ve a sus nietos e hijos como enemigos que la abandonaron, mientras Francisco está ahí, firme. Visitarla es un martirio. Francisco la aísla. Francisco se pelea con los suyos, Francisco gasta y malgasta.

Francisco da miedo.

Segundo caso

La hija es dueña de un geriátrico. Le dice a su hermano que se encargará de su mamá. A simple vista es el escenario ideal. Pero la hija no es especialista en cuidar adultos mayores y las condiciones del centro son malas. Hay hacinamiento, no hay un médico y los pocos auxiliares son estudiantes de enfermería. La mamá, a quien le capta la pensión, sufre de Alzheimer y el hijo, que la visita con frecuencia, intuye e intuye algo. Su mamá era de faldas largas y ahora tiene unas que le dan a las rodillas.

Si con la ropa está incómoda (se la pasa halándola hacia abajo), ¿cómo será puertas adentro? ¿Con cuántos ancianos duerme? ¿Le están dando las medicinas? La mamá no responde a las preguntas, el hermano indaga a la hermana portadora de buenas noticias: "Mamá es feliz", "A mamá no le falta nada". Saca las garras cuando su hermano le sugiere que se turnen su cuidado. Una semana aquí, otra allá. “El médico recomienda que mamá debe estar a mi lado”, dice. “¿Cuál médico, si en este lugar no hay?”, la ataja él, que no sabe qué hacer para que las cosas cambien. La resignación es su refugio.

Tercero

La hija y su esposo están en la ruina. Sin preguntar, ella regresa a la casa de su mamá (87 años), con los pocos enseres que pudieron conservar. Ocupan una habitación. La ropa abundante de él no cabe en el clóset, por lo que se apropia de los que están en las otras habitaciones. Su esposa, la hija de la dueña de la casa, consigue trabajo en una escuela pública en Usme. Su sueldo les alcanza para aportar a los servicios y a la comida. Pero ellos, la hija y su esposo, no dan un peso, se desentienden cuando les hablan de plata. Solo demandan y demandan recursos. Él maneja el salario de ella. Decide por los dos qué se compra y qué no. Siempre han sido así y nadie les ha dicho nada. Y pronto el señor decide en la casa. La octogenaria suegra cocina lo que a él le gusta, le da plata para que le compre una bolsa de leche en la tienda y él se queda con lo que sobra. En cuestión de semanas, toma el poder. Vende los electrodomésticos viejos, se compra ropa nueva los fines de semana, un día aparece con un carro, mientras su esposa trabajadora escasamente porta lo del TransMilenio en la cartera y la ropa raída de hace años.

Pronto las joyas desaparecen. Él se mete a escondidas a la habitación principal a esculcar y la embolata diciéndole que está perdiendo la memoria, que quién sabe dónde habrá dejado el oro y la plata. La suegra está atemorizada, se encomienda a Dios para que las saque de esta, se siente culpable por querer echarlos.

¿Hay una salida a este problema?

Carmen Uribe Moya coordina el área de familia del Consultorio Jurídico de la Universidad del Rosario. En esta entrevista la abogada sugiere qué hacer en caso de violencia económica.

¿Los adultos mayores que sufren algún tipo de agresión patrimonial están protegidos por la ley?

La Ley 1257 de 2008 establece qué debe entenderse por violencia económica, definición que me permito citar a continuación: “Se entiende cualquier acción u omisión orientada al abuso económico, el control abusivo de las finanzas, recompensas o castigos monetarios a las mujeres por razón de su condición social, económica o política. Esta forma de violencia puede consolidarse en las relaciones de pareja, familiares, en las laborales o en las económicas”. Cuando un hijo le administra mal los bienes a la mamá, le capta la pensión y la malgasta en cosas para él, cuando se apropia de los bienes o incluso hace que le traspasen los bienes de la mamá con engaños está cometiendo el delito de violencia intrafamiliar por daño patrimonial o económico.

 

¿Qué les sugiere a nuestros lectores que estén sufriendo de este tipo de violencia?

Existen tres caminos. El primero es ir a una Comisaría de Familia. Para evitar que se siga afectando el patrimonio de la persona, la Comisaría de Familia puede poner una medida de protección para salvaguardar los bienes de esa persona. El comisario, que no es un juez, deberá hacer lo posible para evitar que a esa persona la defrauden. El proceso puede durar quince días o más.

¿Hay una suerte de conciliación?

La violencia no se concilia. El comisario cita a una audiencia donde las dos partes muestran sus respectivas pruebas y, con base en eso, la comisaría toma la decisión.

¿Qué ocurre con las mamás que sufren de demencia senil?

Cuando una persona no tiene facultades para decidir sobre sus bienes, es necesario acudir a un juez de familia, que luego de estudiar la situación puede declararla interdicta. Una vez es así declarada, el juez se encarga de llamar a los familiares para realizar una entrevista con cada uno. Su fin es determinar quién va a administrar los bienes y quién se va a hacer cargo del cuidado del adulto mayor.

¿Cuál es el tercer camino?

Es el más largo. El tercer camino es ir a la Fiscalía para denunciar a la persona que está defraudando. Es un delito como cualquiera, se iniciará un trámite que posteriormente terminará en sentencia.