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¡Volvámonos bien perras!

La sociedad se ha encargado de que las mujeres se sientan culpables de su sexualidad. Pero algo, pronto, tiene que cambiar.

Por Matilda González Gil
14 de marzo de 2017
¡Volvámonos bien perras!

A las mujeres no nos puede gustar el sexo, tenemos que sonrojarnos si nos dicen algo sexual y no podemos comentar en público sobre nuestras prácticas sexuales. No podemos echar los perros porque está prohibido dar el primer paso. No podemos tener sexo con varias personas y tenemos que ser lo más vírgenes que se pueda. Podemos tener sexo, pero solo si es con el novio o el marido y únicamente en misionero. Nada de chupar ni lamer. Cuando rompemos alguna de estas reglas nos sentimos culpables y sucias: nos sentimos perras. La palabra 'perra' ha sido utilizada como un insulto para las mujeres que no siguen ciertas reglas morales sobre el sexo. 

 


Dossie Easton y Janet Hardy, autoras del libro La puta ética, creen que limitar la sexualidad tiene implicaciones hasta democráticas. Sostienen que limitar el apetito sexual ha cumplido un papel importante en el surgimiento de gobiernos autoritarios, como el de la Alemania nazi. Hacerle sentir culpa a la gente por su apetito sexual, diciendo que es inmoral, es efectivo para dominarla porque hace que las personas se sientan inseguras con respecto a su capacidad para decidir qué es bueno y qué es malo. Cuando algo que se siente rico, como tener sexo, es catalogado como algo malo, nos confunde y hace que creamos que no somos buenas tomando decisiones. El resultado es que creemos que alguien podría tomar mejores decisiones por nosotras, nos hace creer que no podemos mandarnos solas.

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Para las mujeres, el insulto 'perra' logra este cometido cuando consigue que nos sintamos culpables. Antes, cuando rompía una de esas reglas, sentía que estaba tomando malas decisiones y sentía vergüenza y culpa de esas decisiones. Considerarme perra me hacía sentir insegura con respecto a mi capacidad para decidir lo que era bueno para mí y eso afectaba la forma en la que tomaba decisiones. Ya no pensaba en si yo quería tener sexo con alguien, me preocupaba por reflexionar si hacer eso que me encantaba me hacía una perra. El miedo a ser deficiente en mis calidades morales no me dejaba ser libre. 

 


Dossie y Janet proponen recuperar la palabra perra y darle un significado diferente que libere y empodere. Para ellas, una perra es aquella persona que “celebra su sexualidad de acuerdo con la idea radical de que el sexo es rico y que el placer es bueno para uno mismo”. Una perra, en este nuevo sentido, es aquella que cree que puede sentir placer y que es dueña de su cuerpo y de su vida. Por eso, volvámonos bien perras o –por lo menos– no dejemos que el miedo a un insulto decida por nosotras. 

 

Foto: iStock.
 

Por Matilda González Gil

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