¿Volver a salir? Muchos preferirían no hacerlo

Aunque todos hablamos del tedio de la cuarentena, algunos, en realidad, se han sentido felices, cómodos y seguros durante el confinamiento. Ciertas personas, incluso, ya no quieren regresar a la calle. Los psicólogos lo denominan el síndrome de la cabaña.

¿Volver a salir? Muchos preferirían no hacerlo
Al principio de la cuarentena, por supuesto, todos se sentían claustrofóbicos, ahora tienden, más bien, a la agorafobia.Pixabay

Por semanas nos negamos a aceptarlo. No podíamos estar felices en medio de una pandemia que amenazaba con acabar con el mundo tal y como lo conocíamos. No deberíamos tener siquiera permiso de sonreír mientras, afuera, la muerte rondaba a los ancianos, al personal sanitario y a los menos privilegiados, quienes debían ponerse en riesgo para guerrearse un pan. Por eso, porque era vergonzoso aceptar que esta nueva normalidad era una dicha, preferimos decir, cuando nos preguntaban cómo iba todo, que la nueva realidad era abrumadora, que lavábamos platos todo el día, que trabajábamos cinco veces más para estar con los niños y cumplir con las responsabilidades laborales, que el insomnio nos tenía agobiados, que nuestra mente y nuestro espíritu no tenían un respiro en medio de la incertidumbre, el miedo, la inseguridad.

Y esta respuesta hablaba con la verdad, pero parcialmente. Porque, aunque la cotidianidad sí se había vuelto abrumadora, también nos daba felicidad. Acostumbrados a la urgencia, a la sobreproducción, a culparnos por tomar una pausa y a pasar nuestra vida en trancones, reuniones y oficinas, al vernos en la obligación de detenernos, llegamos a entender que somos más eficientes si contamos con menos tiempo, que la ‘reunionitis’ mata neuronas y quita años de vida, que el tráfico es un desgaste innecesario, que descubrir el mundo a través de los ojos de nuestros niños nos rejuvenece (y que solo oírlos al otro lado de la puerta, mientras trabajamos, nos da paz), que lavar platos no cansa si no dejamos que se acumulen, que las ideas angustiantes sobre un futuro incierto son más llevaderas si tenemos unos minutos en el día para compartirlas con nuestros afectos. 

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Pensábamos que la realidad tal y como la conocíamos era nuestra única opción, pero la pandemia nos quitó la venda de los ojos y nos obligó a entender que existen otras alternativas para que las empresas sean más productivas, para que los empleados sean más felices, para tener más tiempo con nuestras familias, para ahorrar minutos para el ejercicio, la meditación, la culinaria. Porque el confinamiento no solo nos abrió los ojos frente a nuestra forma de trabajar, sino de vivir en general: siempre afanados para escapar de la casa. Y en esas carreras al parque, al restaurante o al centro comercial, perdíamos espacios sagrados para la reflexión, para hablar con profundidad de lo divino y lo humano, para darles a los niños la atención que necesitan, para consentirnos, para ordenar la casa (nuestro santuario), para entender en qué camino vamos sin andar siempre en piloto automático. 

Cuando a todo esto se le suma el hecho de que afuera hay un monstruo invisible que puede matarnos, es casi natural que muchos no quieran salir de la seguridad y la tranquilidad que les dan sus cuatro paredes. Al principio de la cuarentena, por supuesto, todos se sentían claustrofóbicos, pero ahora tienden, más bien, a la agorafobia, o, más precisamente, al síndrome de la cabaña: evitar el exterior después de un largo aislamiento. Aunque no es un término aceptado oficialmente por la comunidad médica y no habla necesariamente de un trastorno psicológico de gravedad, sí explica la ansiedad que algunos sienten a medida que se acerca el fin del confinamiento. 

“Estamos percibiendo un mayor número de personas angustiadas con la idea de volver a salir”, explica la especialista Timanfaya Hernández, del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid a El País. “Hemos establecido un perímetro de seguridad y ahora tenemos que abandonarlo en un clima de incertidumbre. Vivimos en la sociedad del hacer: siempre haciendo cosas, siempre produciendo. Las personas que vivían estresadas y hayan llevado bien el confinamiento, con tiempo para ellas, sus seres queridos y sus aficiones, ahora pueden ser reacias a volver a su frenética vida anterior”.

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La posibilidad de quedarse en casa no suena mal, pero hay quienes se preocupan por el estancamiento de la economía en caso de que gran parte de la población prefiera no salir. Los alarmados, no obstante, podrían darle un vistazo a la historia: en Nueva York, después del 11 de septiembre, los ciudadanos se guardaron por semanas. El pánico paralizó a la gente, que ya no quiso volver a salir. Sin embargo, de acuerdo con el economista José Carlos Díez, las personas fueron perdiendo el miedo y lo mismo harán ahora, cuando disminuya el número de muertos y los medios empiecen a cubrir otras noticias. 

Pero como volver a la normalidad será inevitable, los expertos dan cuatro consejos para afrontar el síndrome de la cabaña:

. Empezar poco a poco. Antes de que tengas que regresar a la oficina, empieza a salir. Primero, unos minutos para estirar las piernas. Después, a hacer mercado. Luego, para tomar el sol. Trabaja para que los minutos de esas salidas cada vez sean más extensos.

. Piensa bien el recorrido. Es más fácil manejar la ansiedad si sabemos lo que nos espera. Así que el primer día de trabajo no te lances en hora pico a coger Transmilenio. Busca otras alternativas: un bus que vaya más vacío, una hora menos concurrida, la inversión en un taxi, al menos para el primer traslado.

. Toma precauciones. Para sentirte menos vulnerable, sal armado con gel antibacterial, tapabocas, guantes, prendas que cubran tus brazos, recoge tu pelo…

. Busca distracciones. Sal atento de los riesgos, pero no en pánico. Ponte los audífonos y oye música que te guste, sintoniza una emisora entretenida, oye un podcast que te abstraiga, lleva un libro que te hable de otra realidad.

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Redacción Cromos

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