
Yeudiel Vargas Mateus le quitó el miedo a un pueblo para vivir en paz
Sabanagrande es un corregimiento de Sucre, un pueblo ubicado al sur de Santander, en el que, dicen algunos, el viento se devuelve porque al final de sus calles solo queda la montaña. Las casas huelen a campo freso, a ruana, a tierra recién mojada. Y debe de ser porque casi todos los días la niebla hace de las suyas. Por algo sus habitantes son llamados «traganubes».
En la esquina del templo doctrinero de Santa Teresita, me encontré con Yeudiel Vargas Mateus, un hombre de rostro fuerte, serio pero amable, y de voz casi sacerdotal. Después de tomar agua de panela y arepa de maíz en casa de Gladys Mateus, me contó la vida de su pueblo con la rigurosidad de un cronista, empezando por señalar el sur del caserío. Allí está la vía al cementerio, el sitio donde la guerrilla una vez reunió al pueblo para notificarlo de que se iba a quedar. Por esa calle su mamá, sus ocho hermanos y él huyeron luego de la primera masacre de las FARC.
Su vida ha sido de fe. Confesó con nostalgia que intentó ser cura. Ya adulto, regresó a Sabanagrande, pero su pueblo poco o nada había cambiado. Ante la ausencia de policía y de autoridad, casi todas las semanas un campesino moría asesinado. Dice que un día, en compañía del padre Díaz y de cuatro amigos más, montaron un grupo de defensa de los derechos humanos. «Tocaba liberar al pueblo de esa forma de justicia –explica–. Si se llevaban a una persona, nosotros, sin importar quién fuera, nos íbamos al monte, buscábamos a la guerrilla y mediábamos por esa vida». De esta forma, al menos unas 200 personas regresaron a sus familias.
«Señor: usted no me puede matar porque yo no le hecho nada y además porque estoy seguro de que usted no nació para asesinar. Si dispara, esa bala le sale en gotera porque a mí me acompaña Dios.» Yeudiel Vargas Mateus
Todo iba bien –recuerda– hasta que un día fueron por él. Ya en el monte, cuando el comandante le ordenó arrodillarse, sacó fuerzas de donde no tenía y le dijo, en ese tono conciliador, que él solo se inclinaba ante Dios y que explicara por qué lo iba a matar. «Ese día medié por mi vida», señala. En un momento, el guerrillero levantó el arma y le apuntó de frente. Yeudiel lo miró: «Señor: usted no me puede matar porque yo no le hecho nada y además porque estoy seguro de que usted no nació para asesinar. Si dispara, esa bala le sale en gotera porque a mí me acompaña Dios». Pasaron unos minutos; luego, se sentaron a hablar del pueblo. Antes de regresar, Yeudiel le preguntó por qué no había disparado. El hombre le contestó al oído: «Me dio miedo que, delante de mis hombres, la bala cayera al piso».
Después de ese triunfo de vida, Yeudiel organizó unas olimpiadas deportivas y el Festival del Maíz, con el objetivo de defenderse de quienes se negaban a vivir en paz. Eso fue hace catorce años. Desde entonces, se acabaron las muertes violentas. Sin embargo, no todo ha sido tan positivo. La guerrilla lo volvió a amenazar nuevamente. La advertencia fue tan seria que, ya casado y tal como lo hizo su mamá un día, recogió a sus hijos y se fue. Dos años estuvo en Bogotá, pero su tierra lo volvió a llamar. Montó una farmacia, compró una casita y siguió trabajando por la paz, hasta que en 2005 sufrió el tercer desplazamiento. Pero siempre regresa.
Aunque el pueblo sigue sin policía, sin ejército y sin autoridad, los violentos se marcharon porque no tienen cómo actuar. Mirándome a los ojos, me confiesa que todo lo que ha vivido ha valido la pena. Aunque a veces piense que su pueblo no le importa a nadie, salvo en época electoral, él lo imagina con una carretera decente, un hospital, un banco, y los servicios elementales que deben tener todos los que pagan sus impuestos. «Vivimos con frío, sí, pero vimos en paz», concluye.
«Invito a los líderes políticos, a los empresarios y a las personas de buena voluntad a que vuelvan sus ojos a las regiones más abandonadas y nos permitan seguir sirviendo a Colombia a través de la paz.» Yeudiel Vargas Mateus


