Los niños paisas, pilares en la ciencia del país
Un grupo de 80 niños corretea por entre los árboles del costado oriental del Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe. Son las diez de la mañana de un viernes de septiembre y el sol ya empieza a quemar. Saludan de beso a las talleristas que los esperan, descargan sus morrales. Muy temprano, partieron de Santo Domingo, Caicedo y San Antonio de Prado para cumplir la cita que tienen con La Ciudad de los Niños, el programa del Museo de Arte Moderno de Medellín que apuesta a la formación cultural de la segunda infancia (7 a 13 años) que comenzó en 2010.
Se trata de chicos de sectores periféricos de la ciudad, de barrios que sufrieron durante años la ausencia del estado y que superan condiciones socioeconómicas complejas. Pobreza y presencia de bandas en pugna por el control de territorios, han sido sus realidades. Aquí están, con las ganas enormes de tener un futuro, con la risa intacta, aunque no siempre la siguiente comida esté garantizada. Se organizan en círculo y los saluda Liliana Martínez, asesora pedagógica del Mamm. Cantan una canción de bienvenida y un desayuno al aire libre es el comienzo de un día diferente. Este encuentro hace parte de las tres salidas anuales que hace el programa, como complemento a los talleres de dos horas semanales en los barrios, con el apoyo de Bancolombia.
La entidad está comprometida con la cultura, como un espacio vital de expresiones, a través de las cuales se promueven valores como la tolerancia, la apertura mental, y el respeto por la diversidad. La primera parada es el Edificio científico, una estructura de arquitectura contemporánea, que cuenta con sistemas de aprovechamiento de luz natural y regulación climática, una edificación de primer mundo. Se detienen en la biblioteca, un lugar que guarda libros especializados en botánica, con algunos ejemplares de historia y literatura. También alberga una colección patrimonial: ejemplares de la Real Expedición Botánica de José Celestino Mutis.
Sigue a Cromos en WhatsAppEn la sala de lectura infantil, los niños escuchan atentos el relato de ‘El secreto del bosque’. Luego salen del edificio y comienza un recorrido a través de los ecosistemas que se recrean allí. El jardín del desierto, la laguna y un bosque tropical, los sorprende con su flora exuberante. Siguen caminando y de repente, están adentro de una manigua de ceibas, platanillos, cascos de vaca, palmas, yarumos, helechos y heliconias. La temperatura baja de golpe y el murmullo de la ciudad queda atrás.
El grupo avanza acompasado, entre el asombro y la curiosidad. Una niña de ojos grandes, muy negros, de pelo crespo recogido en trenza y una gorra que usa de lado, pregunta: “¿Profe qué es eso?” y señala una especie de nido que hay colgando de un árbol. Las raíces aéreas y los bejucos abundan en este espacio que es casa de aves, insectos, iguanas y micos. A la salida, se topan de frente con una visión mágica: es ‘el árbol abuelo’, una ceiba pentandra que hace parte de los cinco árboles centenarios que existen en Medellín, y que para abarcar su tronco, es necesario el abrazo de cinco personas adultas. Siguen caminando hasta el mariposario, un santuario en el que los chicos observan la metamorfosis de la oruga hasta convertirse en mariposa. Advertidos por su delicadeza, caminan arrastrando los pies, con cuidado de no pisarlas, atentos al aleteo de esos seres sofisticados y protagonistas en el equilibrio natural.
Más tarde llegan al herbario. Allí revisan los inventarios taxonómicos de plantas. Huelen, tocan e imaginan el camino de cada ejemplar hasta llegar ahí. Alzan la mano, de nuevo preguntan. Es el final del recorrido y otra vez se encuentran en el punto de partida, ahora para compartir el almuerzo al aire libre. Yuliana, la de las preguntas, es una niña de 10 años que no esconde la fascinación de estar aquí por primera vez. “Me encantan los encuentros, nos inspiran para llegar a ser algo valioso con nuestras vidas”, dice. Está en cuarto de primaria y vive con sus padres y tres hermanos en la vereda La Verde en San Antonio de Prado.
Yuliana, la de las preguntas, es una niña de 10 años que no esconde la fascinación de estar aquí por primera vez. “Me encantan los encuentros, nos inspiran para llegar a ser algo valioso con nuestras vidas”, dice. Está en cuarto de primaria y vive con sus padres y tres hermanos en la vereda La Verde en San Antonio de Prado. Quiere ser médica y salvar vidas: “hago las preguntas porque las siento, porque quiero investigar más y aprender”.
Cada año, el programa plantea una idea y a partir de ahí se definen dos rutas: Una plástica y otra literaria. Arte y literatura son los dos ejes conceptuales sobre los que se desarrolla esta propuesta que pretende sensibilizar a los niños en la cultura, pero que también se convierte en herramienta poderosa de convivencia y construcción de ciudadanía. “Este año tenemos un proyecto que es pensar en la casa, en los árboles, en la Tierra”, dice María Angélica Navas, coordinadora de educación del Mamm. Entonces todas las actividades giran en torno a la manera de habitar los espacios. Las líneas de aprendizaje combinan varias pedagogías: Waldorf —que hace énfasis en la integralidad del ser—, el aprendizaje colaborativo, las teorías pedagógicas del italiano Francesco Tonucci y la ritualidad.
Desde el 2010, han pasado por el programa 559 niños que han explorado con materiales y técnicas, visitas al museo, lecturas y sensibilización frente a la obra de arte. Tal vez 80 no sea un número significativo para políticas gubernamentales, pero sí puede hacer la diferencia. “Las transformaciones se dan a partir de pequeños gestos. En el proyecto hay un principio ético y pedagógico que es asumir las situaciones que viven los niños como una potencialidad. Una de las cosas más bellas es la capacidad que tienen para sobrellevar, e incluso transformar situaciones adversas”, dice la asesora pedagógica.
Una iniciativa que ha conmovido a los niños es ‘El correo de la rosa de los vientos’, un proyecto para intercambiar cartas con chicos de otros barrios y de países como México e Italia, y que “recupera el ejercicio de la escritura y la relación con el papel y la tinta”, dice Liliana Martínez. “Ahorita una niña me preguntaba: ¿cuál fue la que me escribió la carta?”, cuenta María Angélica.
“Ve y búscala”, la anima.
Karen y Válerin viven en sectores opuestos de la ciudad. Aunque no se conocían, ya una sabía un poco de la otra. “¿Tú me escribiste la carta?”, pregunta Karen. Gestos que son puentes para que la ciudad sea una sola, la misma para todos.
Fotos: Esteban Duperly.