
Por: Nátaly Londoño
¿Vamos a ver ‘Herramientas de trabajo’?
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Medellín está encendido y su calor infernal se nos adhiere al cuerpo. Laura y yo nos acercamos a una tienda para comprar dos botellas de agua y nos recogemos el pelo, como haciendo mímica la una de la otra. Nos damos cuenta, nos reímos, nos soltamos el pelo y nos volvemos a reír. El tendero está ocupado y perdido con un hombre que habla difícilmente español. Al final, le dice el hombre que quiere “un tinto”. El tendero lo sirve y le pregunta: ¿sugar? El hombre asiente y le muestra con los dedos: dos. El tendero se sorprende y nos dice: “¿Saben cuánto tiempo llevo atendiendo este local? Muchísimo, y les aseguro que es la primera vez que veo a un gringo echarle azúcar al café, ¡y le echó dos cubos! ”. Laura y yo nos reímos otra vez. El tendero no tiene botellas de agua.
Así que seguimos caminando con sed, con el calor infernal adherido al cuerpo y con nuestras conversaciones sueltas de siempre. Laura empieza: “Me hubiera gustado venir a la inauguración. ¿Viste ese video de una mujer bailando tap dance con un cuadro? Bueno, no sé si era un cuadro o una máscara o un cuadro-máscara?”. “No. ¿Dónde?”, le respondo. En Instagram. Muchas personas lo postearon ese día, y, ay no, me pareció tan hermoso el performance”. “No, no lo vi… pero estuve leyendo algo que me pareció bello sobre su trabajo”. “¿Qué?”, pregunta Laura ansiosa. “Qué él se formó como artista en Holanda y que, por más de que produjo piezas a nivel profesional desde los 20 años, decidió no exponer en ningún lado hasta estar seguro de que había generado algo auténtico, que hablara de sí mismo y en un lenguaje propio. Eso pasó cuatro años después: Carlos hizo una serie de pinturas partiendo de figuras antropomórficas que se iban simplificando hacia lo abstracto en el exterior de 200 sobres; dentro de ellos metió la fotocopia de un poema. Lo bonito de ese trabajo es que fue la antesala de la línea de investigación que ha mantenido hasta hoy. Ese gesto de descomponer lo figurativo hasta la disolución fue el antecedente de su Archivo Líquido”. “¿Y qué es el Archivo Líquido?”. “Algo así como una base de datos de dibujos vectoriales que construyó durante diez años, y que desde entonces ha desmesurado y reinterpretado en animaciones, gráficas, pinturas y esculturas. Ha desarrollado, incluso, otros alfabetos y sistemas de comunicación”.
Amorales no expuso hasta estar seguro de que había generado algo auténtico.
Hola, Carlos Amorales
Llegamos al MAMM (Museo de Arte Moderno de Medellín). Antes de seguir nos quedamos a la sombra del edificio para sentir el viento chocar contra nuestros cuerpos. Entramos. Delante de nosotras, dos de Canadá quieren pagar las boletas de entrada. Las mujeres detrás de la taquilla intentan hacerse entender, los extranjeros igual. El spanglish a veces no es tan efectivo y se tardan un poco en el trámite. Mientras, nosotras nos distraemos con la cartilla de la exposición: Carlos Amorales, Herramientas de trabajo. Laura repite el apellido: “Amorales”. El Amorales se le ocurrió a los 18 años, y fue tal vez el primer paso de una de sus más grandes obsesiones científicas y creativas: analizar las consecuencias que trae cuestionar y modificar el lenguaje. Le causaba gracia descomponer su nombre (Carlos Aguirre Morales): Carlos Amoral Es. “La palabra es lo primero que cambia y a partir de eso podemos cambiar el mundo. Esa es la razón por la que la poesía es tan importante: cuando algo ocurre con el lenguaje, deviene en la realidad y permite políticas. En consecuencia, yo ya no soy el que era”, dijo el artista mexicano, en una entrevista para la revista Gatopardo, a propósito de su participación en la Bienal de Venecia.
Pasamos nosotras a la taquilla. Y, después, a ver la exposición. En la sala no hay nadie. 35 platillos de diferentes tamaños componen Ya veremos como todo reverbera (2010), una especie de escultura colgante que invita al espectador a jugar con ella. Nosotras agarramos las baquetas que hay dispuestas para ello y golpeamos con suavidad algún platillo. Comparamos los sonidos, golpeamos después más fuerte, a veces un solo golpe, dos, tres. A la sazón quiero sentir también la vibración de las piezas: apoyo mis dedos sobre el borde de uno de los platillos y detrás me llega el ritmo anacrónico que producen las baquetas de Laura.
Vamos después a otra sala, a la que está dedicada a la imagen en movimiento. Nos quedamos atentas. Sobre todo cuando vemos La aldea maldita (2016), la historia de una familia que llega a un pueblo y allí se crea un mito entorno a ellos, hasta que los terminan linchando. En el corto, Amorales pone en juego una problemática social y una narrativa: con formas geométricas creó una tipografía que luego convirtió en instrumentos de viento (ocarinas); después, hizo las partituras para que esos instrumentos produjeran música y sirvieran como un sistema de comunicación.
Entramos a la otra sala: La imagen fija. Laura se emociona y me lleva de un brazo hasta Solo para tus ojos (2016), el cuadro-máscara del performance. “Yo quiero ponérmela”, me dice. Nos quedamos las dos presas de ese pedazo de madera hecho obra de arte. Y vemos el resto de las piezas al tiempo que hablamos de lo polifacético del autor: Herramientas de trabajo no es una muestra retrospectiva, lo que pasa es que, según el curador jefe del MAMM, Emiliano Valdés, cuando viene un artista que no ha tenido presencia en el país, se invita para hacer una exposición que cubra todos los aspectos de su obra con la intención de que el público tenga una idea global de su trabajo.
Laura y yo salimos con los bolsillos llenos de historias y de un señor que nos cautivó. Subimos a la terraza. Nos quedamos colgadas de las nubes y de las montañas.
Fotos: Museo de Arte Moderno Medellín.
