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¿Cómo trabaja el productor de cine más taquillero del país?

Aprovechamos el estreno Reguechiken, su última producción inspirada en su nieta, para acercarnos a la forma de trabajar de Dago García. Habló sobre sus proyectos a futuro y sus películas favoritas en el cine nacional.

Por Carlos Torres
01 de junio de 2015
Dago García, el encantador de espectadores
Dago García, el encantador de espectadores

Dago García, el encantador de espectadores

Una chaqueta de jean idéntica a la que portó la penúltima vez que concedió a CROMOS una entrevista. La misma que se tambalea ahora que abre las puertas de su oficina, en el quinto piso de las instalaciones del Canal Caracol. La imagen de Dago García es la misma que figura en las imágenes de Google. El pelo lo tiene como si se pasara la máquina todos los días y debajo de la chaqueta se asoma una camisa negra. Es del tipo de personas que es igual en vivo que en fotografías. La coyuntura que facilita este encuentro es el futuro lanzamiento de Reguechiken. Viene de estrenar Shakespeare, una producción que duró menos de un mes en cartelera. De su cuerpo flaco sale el aliento suficiente para mantenerse presente en las salas de cine. Físicamente, Dago es el mismo de siempre, como si fuera inmune al tiempo, pero por dentro es otro. Se sienta frente a la computadora y amaga con iniciar sesión. Antes de posar las manos sobre el teclado, cae en cuenta de que se trata de una entrevista. Fácil para un periodista romper el hielo por donde pasan las ficciones que emite semanalmente el Canal Caracol.  

—Ahora estoy trabajando en una película de terror, dice.

Dago quiere desmarcarse de su propia imagen. Suyos son más del millón y medio de espectadores que vieron su último hit decembrino. Todavía faltan seis meses para volver a salir con otro filme que encante al público. Mientras eso ocurre, dice que se levanta todos los días a las cuatro de la mañana a escribir. Ya perdió la cuenta de la cantidad de libretos que ha hecho. En su escritorio hay una libreta que carga como si fuera su billetera. No vaya a ser que se le ocurra algo y lo deje escapar en medio de una reunión o en una entrevista como en la que está.

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—De cuatro a siete estoy en casa, escribiendo. Luego me vengo para la oficina y, si puedo, adelanto mis guiones aquí.

 

Dago Garcia

 

Quien estrena al año un promedio de dos películas, una obra de teatro y da la línea editorial de una serie de televisión, debe tener la disciplina de narcisista. Más que da la dirección, García prefiere andar de la mano con la escritura. La soledad de él con él. Del papel a la lectura y, de esta última, a las cámaras. Habiendo participado en veintidós producciones, este bogotano ya está para que parte de sus ideas sean hechas por otro. Ocurrió recientemente en los últimas dos entregas de El Paseo y en su éxito taquillero Uno al año no hace daño. Para que volviera a dirigir se le tenía que atravesar un proyecto que realmente lo empujara. Ocurrió este año con la fugaz Shakespeare y ahora con Reguechicken, su primera experiencia con animación.

Reguechicken trata de la autoaceptación y el respeto, explica. Violeta es una chica a la que le encanta el reguetón y Gabriel tiene un modo de pensar que va contra los gustos de sus padres. Estos personajes, los protagonistas, son víctimas de la cultura del matoneo y en la película se encuentran para enfrentarlo.

La idea empezó como un libro de cuentos infantiles que algún dia escribiría con su esposa, la periodista María Mercedes Sánchez. Una vez convertida en película, le tomó casi año y medio elaborarla. Inspirado en su nieta Violeta, de siete años, quiso apuntar a los niños, público al que no le ha visto la cara como director. 

Por tratarse de su debut animado, se reinventó. Le tocó hasta realizar el sonido ambiente de los dibujos. Recuerda con una sonrisa que en una película atravesada por el reguetón, lo que más le demandó tiempo fue ocupar los silencios de los más de mil dibujos que la componen con la música de Magic Juan, Wolfine y Dragón y Caballero. 

 

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Dago es un productor con un alto voltaje laboral —se demora de uno a tres meses escribiendo un guion—;  y lo hace a su manera. Y así continuará hasta que la cuerda se le acabe. Fue de los pioneros en hacer cine antes de la era de los celulares con cámara de video y sofisticados y asequibles programas de edición. Ahora está dispuesto a seguir haciendo realidad lo que escribe cada mañana, sin importar la opinión de los críticos. Su fe por lo que hace lo mantiene activo. Lo bailado no se lo quita nadie y él lo sabe muy bien, aunque su apariencia sencilla no se parezca a la de un hombre con suficiente pulmón para hacer lo que le plazca.

 

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Por Carlos Torres

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