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Por: Olga Lucía Barona Torres
En sus pesadillas, aún retumba su grito desgarrador cuando el médico Ignacio González le explicó que su esposo no volvería a caminar y que el resto de sus días tendría que afrontarlos en estado cuadrapléjico. Ya han pasado 13 años desde aquel momento que cambió para siempre sus vidas y Adriana Herrera carga a cuestas con una tristeza que nunca termina; la misma que, en medio de su positivismo y su fe en Dios, le impide ser la mujer de antes del fatídico 22 de diciembre del 2004, esa que no sentía que le fueran a alcanzar los días para tantos planes.
Para ganarse una sonrisa de Adriana hay que apelar a un déjà vu y preguntarle cómo conoció al técnico campeón de la Copa Libertadores con Once Caldas. Sus ojos se iluminan y su rostro melancólico desa- parece. Ambos nacieron en el municipio de Caldas (Antioquia). Se habían cruzado muchas veces durante espontáneos paseos por el parque Central o en cualquier esquina del municipio. La primera mirada oficial se dio cuando Luis Fernando fue al banco a preguntar cómo reclamar un dinero de su padre que había fallecido. Al otro lado del escritorio estaba Adriana, nerviosa y en silencio porque le había echado el ojo. Le gustó su seriedad y su pulcritud, aunque el encuentro no pasó de lo profesional.
Tiempo después, fue una cuñada de Luis Fernando quien sirvió de celestina. Adriana se la encontró y le preguntó por él, si estaba casado o si tenía novia. La cuñada hizo tan bien su tarea que, muy pronto, el teléfono sonó en casa de la familia Herrera. Adriana contestó y al otro lado de la línea habló Luis Fernando. Ella pensó que se trataba de una broma, hasta que él dijo: “Soy Luis Fernando Montoya Soto”. Entonces su corazón se agitó, las mariposas se alborotaron en su panza y conversaron algunos minutos. Sin embargo, Montoya no concretó nada.
El 3 de enero de 1993 volvió a llamarla. Adriana no estaba y su mamá le dijo que la ubicaba en la oficina porque estaba encargada del cajero automático del municipio. Adriana estaba trabajando cuando sonó el teléfono. Era Luis Fernando, quien le preguntó sin preámbulos si se demoraba. Ella contestó que no, él pasó a la oficina, y desde las 11 de la mañana hasta las 9 de la noche estuvieron juntos. Almorzaron, comieron helado, pasearon por el parque, se contaron sus vidas. Desde ese día fueron novios. Adriana le preguntó si iba a abrir una cuenta en el banco y Luis Fernando oficializó la relación con su respuesta: “No voy abrir una cuenta, vamos a abrir los dos una cuenta del amor y la vamos a poner a producir”.
Cinco años y medio después se casaron. Fue el 6 de noviembre de 1998. El 13 de julio del 2001 nació su hijo José Fernando, el mismo día en que el presidente de Atlético Nacional, Samuel Calderón, designó a Montoya como técnico del equipo antioqueño. Aparte de las presiones propias de un DT, sus vidas trasncurrían relativamente tranquilas. Pero hubo un par de excepciones. Un día la llamaron a la oficina para amenazarla, su vida correría peligro si el equipo paisa no le ganaba al Deportes Tolima. Ella salió corriendo a esconderse. Por fortuna, el verde ganó. En otra oportunidad, cuando Nacional quedó subcampeón, destrozaron el frente de su casa a punta de piedra.
Al final, Luis Fernando Montoya cambió de esquina y se fue para Manizales a dirigir el Once Caldas, donde ganó el título local en el primer semestre del 2003. Al año siguiente alcanzó la gloria con la Copa Libertadores de América, cuando derrotó en la final al encopetado Boca Juniors de Argentina. Hasta ese momento, todo era felicidad en la familia Montoya Herrera. Llegaron todo tipo de reconocimientos y premios, y junto con ellos la fama y el éxito. El 2004 parecía el año ideal, perfecto para proyectarse hacia el futuro. No obstante, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en el año más desgraciado de sus vidas.
El amor de Adriana por su esposo y su hijo José Fernando constituyen su aliciente diario.
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Faltaban dos días para la Navidad, había que hacer compras y pagar a los trabajadores de una casa de campo que estaban construyendo. Adriana salió con una cuñada y una amiga y regresaron después del mediodía. No advirtieron nada sospechoso en el camino. Adriana alcanzó a timbrar, pero luego se dio cuenta que la puerta estaba entreabierta. En ese instante, Luis Fernando jugaba con su hijo y acudió al llamado. Cuando se encontraron, un individuo apareció y le puso a ella un arma en la cabeza mientras le decía: “Deme la plata”. Montoya contestó: “Quiere plata, yo se la doy”, y se metió la mano en el bolsillo. El delincuente creyó que iba a sacar una pistola y le disparó.
El profesor Montoya cayó herido. El maleante le arrebató el bolso a Adriana y huyó. Después todo fue confusión, gritos, llanto, sangre. La tragedia. Algunos vecinos llegaron a auxiliarlos y lo llevaron al hospital de Caldas. Él ya iba inconsciente y Adriana lo abrazó. Le insistía: “Usted no se puede morir”. Lo entraron a urgencias y le salvaron la vida; pero, desde el principio, el pronóstico fue malo. Por eso lo trasladaron a la Clínica de las América y lo ingresaron a la sala de cirugía. Afuera, Adriana Herrera solo lloraba y, confundida, preguntaba por su hijo. Con la blusa y las manos ensangrentadas tuvo que firmar autorizaciones, atender a la Fiscalía, hablar con los medios de comunicación. Todo fue caos.
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Se desvanece el déjà vu y las mariposas que danzaron en su panza cuando conoció a Luis Fernando ya no están. Solo hay desolación. Se esfuerza por hablar, se contiene y luego da a entender que hoy su realidad es otra. No le gusta que la vean llorar, y menos si es Luis Fernando, quien está acompañado por tres terapeutas las 24 horas del día. Además cuentan con la ayuda de una empleada, Elisa Gómez, y del psicólogo Luis Sossa.
Adriana llora en silencio y en la intimidad de su cuarto, con la complicidad de la noche. A pesar del tiempo que ha pasado, el dolor la consume. Tiene días infelices y, a pesar de su compromiso indeclinable, en ocasiones se siente como una rehén en el cuidado amoroso de su marido.
“El estado de Luis Fernando es muy delicado y quedó en estado cuadrapléjico irreversible”, fue el dictamen del médico que puso la cara para decirle la verdad. Su grito fue desgarrador y vuelve siempre a su mente. Toma aire, llora sin consuelo. Ese momento fue duro, pero lo peor estaba por venir. Ella tenía que contarle a su esposo lo sucedido e informarle el lamentable diagnóstico de los profesionales que lo atendieron. Sin embargo, no entró sola a la habitación, lo hizo con el médico, que le dio la noticia, y él tuvo que hablar. Cuando Montoya oyó la noticia cerró los ojos y se asomaron las lágrimas.
El profesor Montoya estuvo cuatro meses y nueve días interno en la Clínica de la Américas. Después regresaron a casa. “Desde ese día mi vida es otra. Dejé de vivir mi vida por preservar la de él. Perdí mi libertad porque ya no es lo que yo quiera, sino que debo estar pendiente de los cuidados que necesita diariamente Luis Fernando”. Por suerte, insiste, “también a partir de ese instante sentí mucho más la presencia de Dios. Por eso hoy su convicción es tan clara como admirable: “Luis Fernando Montoya, aquí estoy yo y vamos a seguir adelante como algún día lo planeamos”. Luego agrega, muy segura de sus palabras: “No me arrepiento un solo instante de reinventar mi vida en el cuidado cotidiano de mi esposo”.
Su recompensa es verlo vivo y que su hijo–que dice querer seguir los pasos de Nairo Quintana– tenga siempre a su papá como aliado para recibir un consejo o un regaño. Ella vive el día a día, sin proyectarse, sin planear. Su combustible es el profundo amor que le tiene a Luis Fernando. Muchas veces él le ha preguntado si es feliz y ella, con absoluta sinceridad, siempre le responde que no, que no puede serlo viéndolo así.
Nuestra conversación transcurre como una confesión de viejas amigas. Ella se abre como si me conociera desde siempre y como si sus palabras la liberaran de esa prisión en la que tantas veces se ha sentido atrapada. Nuestros lazos terminan de unirse –en una especie de pacto solidario y tácito– luego de la frase con la que termina nuestra conversación: “Cuando le dispararon a Luis Fernando, no solamente acabaron con su vida, también lo hicieron con la mía”.
Fotos: Nelson Sierra