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El asesinato de Andrea Arias en Estados Unidos, no quedó impune

Así fue la lucha de tres mujeres que, sin saber inglés, se enfrentaron al sistema judicial de Estados Unidos y... ganaron.

Por Gloria Castrillón
19 de febrero de 2015
El asesinato de Andrea Arias en Estados Unidos, no quedó impune
El asesinato de Andrea Arias en Estados Unidos, no quedó impune

El asesinato de Andrea Arias en Estados Unidos, no quedó impune

Apenas escuchó la sentencia del juez, Yeimmy Arias soltó un suspiro. Caleb Crew, el asesino de su hermana Andrea, acababa de ser condenado a cadena perpetua, en la Corte de Fairfax, Virginia, Estados Unidos. Sintió alivio, por fin, después de 29 meses de agonía. Este era el episodio que faltaba para ponerle punto final a la pesadilla que había empezado el 7 de agosto de 2013, cuando Crew decidió estrangular a su esposa, una joven colombiana que había emigrado a Estados Unidos, siete años atrás, para estudiar una maestría.

Yeimmy estaba a punto de derrumbarse. La audiencia en la que le impusieron la pena a Caleb había sido una experiencia extenuante. Además de la barrera del idioma, esta bogotana tuvo que declarar ante el juez aquel 30 de enero, para hacerle comprender el daño irreparable que este excombatiente en Afganistán le había hecho a su familia.

Atragantada por las lágrimas, la rabia y la tristeza, Yeimmy vio a Caleb ensimismado, con la mirada perdida, hablando durante 17 minutos mientras bajaba la cabeza. Solo al final de su intervención ante el juez, el confeso asesino se refirió a Andrea. «Dijo que la amaba, pero no lo vi arrepentido», recuerda con decepción.

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No es fácil para ella entender que ese joven de 28 años, alto y apuesto, con cara casi infantil, fuera capaz de hacerle Andrea lo que él mismo confesó ante la justicia, en octubre del año pasado: «Ella me dijo que yo era un tipo violento, que llamaría a la Policía para que me arrestaran. Comenzó a marcar el teléfono y yo se lo arrebaté. La tumbé hacia la parte de atrás del carro y comencé a estrangularla. Me suplicó que parara. Yo le dije adiós».

Ese mismo muchacho que ahora lucía esposado y perdido entre un uniforme de preso había estado en casa de Yeimmy, en Bogotá, año y medio antes de que cometiera el crimen. Ella misma lo había atendido. Recuerda que lo llevó al zoológico Santacruz, cerca de la capital, y hasta se aterró por la sangre fría del joven a la hora de caminar cerca al abismo, en el salto del Tequendama; lo subió a Monserrate e intentó servirle de intérprete porque no hablaba nada de español.

«No le notamos nada extraño», se repite Yeimmy con la perplejidad todavía pegada a su rostro. Y se sigue preguntando por qué su hermana decidió sufrir en silencio los maltratos que, según descubrieron después de su muerte, le propinaba el esposo. En ninguno de los tres viajes que hizo Andrea a Colombia, dio muestras de que fuera infeliz. En sus correos electrónicos, en Facebook y en todas las llamadas que le hacía a su mamá, la joven decía que había encontrado al hombre de su vida.

 

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Yeimmy Arias obtuvo la custodia de sus sobrinas, Bella, de siete años, y Bethany, de 3.

«Bella ya sabe que su mamita está en el cielo y que su papá está en la cárcel por hacerle daño a la mamá», Yeimmy Arias.
 

Foto: David Schwarz

 

Amor a primera vista

Andrea y Caleb se conocieron en la iglesia Stephen de DC, en Virginia. La joven bogotana había llegado a estudiar una maestría en relaciones internacionales y prestaba servicio social con niños discapacitados que asistían a preescolar de la iglesia. Crew iba al servicio religioso. Fue amor a primera vista. «Es muy atento, me invita, me abre la puerta del carro, me corre la silla, está pendiente de mí», les contaba Andrea a sus hermanas, Yeimmy y Leydy, en los correos electrónicos. Un año después la pareja se casó.

Al poco tiempo nació la primera niña, Bella. El exmarine trabajaba supervisando obras de construcción y con frecuencia hacía el turno nocturno. Andrea hacía traducciones y ejercía como instructora de los niños en la iglesia. Llevaban una vida aparentemente normal. Luego del nacimiento de su segunda hija, Bethany, la joven empezó a planear un nuevo viaje a Colombia, pero quería ir sola. Tenía ahorros en la cuenta y había vendido el auto; quería pasar todas las vacaciones de verano en Colombia con sus hijas. Pero no alcanzó.

Yeimmy se reprocha no haber sospechado nada. Alguna vez la notó apagada por el teléfono, pero no alcanzó a intuir que se tratara de una situación tan grave.  Doña Rosa, la madre, se lamenta de no haberle aceptado las invitaciones que su hija le hizo varias veces para pasar un tiempo con ella en Virginia. «Si hubiera ido, tal vez me hubiera enterado de algo de lo que le hacía el demonio ese».

 

El horror del silencio

La familia Arias Pineda vino a descubrir el horror que vivía Andrea, solo después de que ella muriera a manos del hombre que le había jurado amor eterno. Él la asesinó el miércoles 7 de agosto, durante una discusión que sostuvieron a la salida de una corte del condado en la que se definía una orden de restricción contra Caleb por una denuncia que ella le puso por maltrato (le había arrojado aceite de carro a la cara).

Tratando de encubrir el crimen, el exmarine abandonó el cuerpo en un bosque cercano y recogió las niñas en la casa de la vecina que las cuidaba en Alexandria, el barrio donde vivían. Horas después se devolvió al sitio donde había escondido el cadáver para arrojarlo al río Occoquan. Y para asegurarse de que desaparecería, le amarró un morral con piedras y pesas que previamente sacó de su casa.

La noticia de la desaparición de Andrea llegó el sábado siguiente a la casa de los Arias en Bogotá. Todo era confuso, recibieron llamadas de amigas y vecinas desde Virginia. Hasta un policía les advirtió que no hablaran con Caleb porque era el principal sospechoso. La angustia se apoderó de doña Rosa y sus hijas. Ni siquiera tenían pasaporte y ni pensar en el dinero para comprar boletos de avión.

En pocas horas la situación se complicó aún más. Ese mismo sábado en la noche, una de las vecinas de Andrea llamó y, en medio del llanto, les dijo que el servicio social se estaba llevando a las niñas. Bella, que en ese momento tenía cuatro años, y Bethany, de apenas once meses. En medio de la desesperación, la familia llamó a los medios de comunicación para obtener ayuda. El escándalo mediático ayudó y en cuestión de horas, la Cancillería ayudó a la familia a viajar a Estados Unidos con una visa humanitaria.

La primera en llegar fue Yeimmy y tuvo que lidiar con dos situaciones amargas y trágicas: hacerse cargo del cadáver de su hermana -que ya había aparecido-, y enfrentarse a la familia Crew, que quería quedarse con las niñas. Sin saber inglés, sin conocer el sistema legal de Estados Unidos, sola y perturbada por el dolor, esta mujer de 36 años pasó las horas más tristes de su vida.

«En el aeropuerto me recogió un policía. Llegué primero a la audiencia por la custodia de las niñas. Fue terrible. Estaba Caleb con toda su familia, como veinte personas. Yo estaba sola con un representante del consulado. Ahí me di cuenta de que se venía una pelea legal en la que nosotras estábamos en desventaja».

De ahí, a Yeimmy la llevaron a la funeraria. No había salido del choque del primer trámite cuando ya estaba en el otro, en medio de lo que ella calificó como tremenda frialdad de la gente. «Nadie me preguntó cómo me sentía ni qué quería, solo me llevaban de un lugar para otro y yo en mi cabeza me negaba a creer que el cuerpo que apareció en el río fuera de mi hermana».
 

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Izquierda: Andrea y Caleb el día de su boda. «Fue amor a primera vista», dijo ella cuando lo conoció. 

Foto: Cortesía Q`hubo Bogotá

Derecha: Caleb Crew fue miembro de la Fuerza Naval de Estados Unidos, combatió en Afganistán.

Foto: Archivo Particular

 

Viviendo de la solidaridad

Gracias a los recursos del condado, la familia Arias Pineda finalmente cremó los restos de Andrea, en medio de un oficio religioso en la iglesia donde esta joven, de apenas 31 años, había ayudado a educar a decenas de niños discapacitados. Sin haberse secado las lágrimas, las tres mujeres empezaron la batalla legal por la custodia.

Se alojaron en casas de colombianas que les tendieron la mano para enfrentar a los funcionarios del servicio social de Estados Unidos que habían dejado a las niñas en un hogar sustituto. En principio las vieron una vez por semana, en una fría oficina de esas que tienen una pared de espejo y que en realidad es un vidrio a través del cual vigilan cada movimiento, cada gesto, cada palabra.

«Gracias a que mi hermana le había enseñado español a Bella, nos podíamos comunicar y eso ayudó a que surgiera una empatía muy linda con Bethany», recuerda Yeimmy de aquellos primeros días en los que se empezaron a ganar la confianza de sus sobrinas. Las visitas se trasladaron luego a un parque y se ampliaron a dos veces por semana. Y con el correr de los meses pudieron pelear por tenerlas en su casa.

¿Cuál casa?, fue la pregunta. No tenían. La solidaridad otra vez funcionó y entre amigos y conocidos consiguieron una con un cuarto para las niñas. Así lograron que incluso, con el pasar del tiempo, Bella y Bethany pasaran una noche a la semana con su familia colombiana.

Mientras tanto, el juicio por el asesinato de Andrea seguía su curso. A finales del año pasado, volvieron al estrado a rendir declaración. Esta vez fue doña Rosa la que habló ante el juez en la Corte. «¿Por qué me la mató?, ¿por qué si ella lo amaba?, ¿Dígame por qué no me la devolvió?», le preguntaba la madre adolorida a Caleb, un martes 28 de octubre que nunca olvidará.

La señora no dejó de mirar al asesino de su hija -que apenas 24 horas antes se había declarado culpable-, mientras le hablaba turbada por las lágrimas. Caleb jamás levantó la mirada. «Yo solo quiero preguntarle a este hombre por qué la mató. Ella era un niña valiosa y con lo único que no conté fue con que se encontrara con un esposo asesino», repetía la señora junto a Leydy, su otra hija.

El calvario de esta familia duró trece meses en total. En abril del año pasado ganaron la custodia de las niñas. Pero la agonía continuó hasta el 30 de enero de 2015, cuando la justicia de Estados Unidos sentenció a Caleb a cadena perpetua.
 

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Andrea Arias Pineda viajó a Estados Unidos en 2008 a estudiar una maestría. Fue asesinada a los 31 años.

Foto: Archivo Particular

 

Las lecciones

La muerte de Andrea se hubiera podido evitar. Ese fue el mensaje que enviaron decenas de organizaciones que se dedican a combatir la violencia doméstica en Estados Unidos y que tomaron el caso de esta colombiana como emblema para sus campañas. Claudia Campos, una de estas líderes, acompañó a la familia durante este calvario.

«Ya había señales de que esto podía pasar, pero nadie les prestó atención, ni la familia del chico, que al parecer sabía lo que estaba pasando», dijo Campos a la salida de la audiencia en la Corte de Firefax.

La foto de Andrea, con una amplia sonrisa, fue el símbolo para varias campañas en este año y medio. «Tres de cada cinco mujeres son víctima de algún tipo de abuso. También en el área de Washington entre 15 y 20 mujeres son asesinadas por sus compañeros, cada año», fueron algunas de las cifras que entregó la psicóloga Campos.

Según el centro de estudios para prevención del sida, las mujeres conforman el 22 % de los casos de VIH, y las latinas contribuyen con los más altos porcentajes por causa del abuso doméstico.

«La mujer latina se está infectando más con el VIH. La mujer es víctima de abuso y de violencia y es incapaz de negociar con él la protección o el pedir que se hagan un examen», dijo Campos durante la última campaña contra la violencia de género, a finales del año pasado.

Según el Departamento de Justicia, cerca de tres millones de mujeres sufren violencia física por sus parejas al año, en Estados Unidos. Sin embargo, estos son los casos que se reportan. Se estima que muchas, especialmente las latinas, tienen temor a denunciar ante la policía ahora que las normas migratorias están cambiando.

Lo que no saben muchas mujeres es que denunciar el abuso les puede ayudar a legalizar su situación legal, si es que están indocumentadas. La ley prevé que de ser probado el abuso pueden obtener una visa U, que es especial para este tipo de casos y que les otorga un permiso de cuatro años para trabajar.

Y aunque Campos insiste que el silencio de los vecinos y amigos es cómplice de los asesinos, Bibiana Aponte, amiga de Andrea, dijo que «el peor error de Andrea fue querer y perdonar a su esposo».

Hoy Bella y Bethany están rehaciendo su vida con una familia nueva, conservan su ciudadanía estadounidense y cuentan con las garantías legales que les otorga tener la «Green card» o tarjeta de asistencia, ya que Yeimmy no pidió la adopción de las menores.

Pero ella se siente sola todavía. El Instituto de Bienestar Familiar no les ha brindado ayuda psicológica y teme que los efectos de esta tragedia surjan en algún momento en perjuicio de la salud de sus sobrinas. «Bella ya sabe que su mamita está en el cielo y que su papá está en la cárcel por hacerle daño a la mamá», dice Yeimmy, impotente. Sabe que eso no es suficiente.
 

Por Gloria Castrillón

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