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“Mi mamá se murió de cáncer –me dice el guionista y comediante mexicano Eugenio Derbez, creador de la película No se aceptan devoluciones–. Y el día que la estábamos velando, todos iban muy ceremoniosos y lastimeros. Me abrazaban y me abrazaban. Hasta que les dije: ‘Les voy a pedir un favor, si se les ocurre algún chiste, nada más les pido que me lo cuenten. Y si es sobre cáncer, mejor’. Es que no existe tema prohibido y hay que aprender a reírse de todo. Esa gente a la que no le gustan que se burlen de ella no sabe de lo que se está perdiendo”.
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No es un secreto: el humor incomoda. “Había una vez un policía...” molestará a los policías. “...y entonces estaba Jesús crucificado” ofenderá a los católicos. “Cómo hacen los cojos para...” resentirá a los cojos. Y con justa razón. El comediante siempre está buscando fallas, errores, defectos que estén ahí y todos quieran obviar. La risa no sucede cuando algo es chistoso, sucede cuando algo es verdad y alguien tiene la impertinencia de señalarlo. “No hay que pensar en la censura, hay que transgredirla –dice el comediante colombiano Gonzalo Valderrama–. Entre más censurado el tema, mucho más atractivo. Hay que meterse en lo importante, en lo vetado, en lo endiosado. Esa es la única forma de ir desmontando prejuicios”.
El comediante Louis C.K dice en Luis C.K 2017: “Huir de los problemas no los resuelve, pero suicidarse sí. Incluso los del mundo. ¿Te preocupa Isis? ¡Suicídate! Así no te cogerán nunca”. Ellen Degeneres en The Ellen Show: “Hablando de juguetes raros, encontré unos misioneros cristianos en figuras de acción. En realidad no los compras, ellos aparecen en tu puerta cuando te vas a sentar a comer”. Eugenio Derbez en los Grammy 2011: “Estoy muy orgulloso de ser latino. Cuando los latinos llegamos a Estados Unidos lo entregamos todo. Pizza, flores, coches en el vallet parking…”.
El humor deshace prejuicios. Desacraliza lo sacro: el suicidio, la religión, el racismo. Corrompe lo incorruptible: la muerte, Dios, la patria. Libera. Como dice Derbez, “pisa callos”. Ser latino y vivir entre la magia y la ficción. Ser mexicano en Estados Unidos y lidiar con una cultura hermética que subcategoriza lo de afuera. Ser mexicano en México y perseguir el sueño americano. Tener inglés con acento, hablar entre refranes y ser inmigrante ilegal en algún país. Ser, como en su última película Cómo ser un latin lover, un gigoló fracasado que se dedica a estafar ancianas valiéndose de su encanto latino. “Siempre se pisa una raya. Siempre se está en ese límite en el que lo políticamente incorrecto reivindica –sigue Derbez–. Esta película es una comedia abierta que, si te fijas bien, limpia el nombre de los mexicanos en Estado Unidos”.
La familia, la niñez, la sociedad, el amor. Lo que vulnera, perturba, incomoda o aburre. Todo genera una réplica y de esa réplica parte una historia cómica. Una puesta en escena. Un lenguaje verbal y corporal que se convierte en chiste. Un sátira que denuncia, retrata y reflexiona. “Hay dos tipos de humor–dice el dramaturgo y comediante Primo Rojas–. Uno epidémico: que hace cosquillas y narra lo obvio, y uno inteligente que hace pensar. Que está vivo y abre lo que antes era estrecho. Que inspira”.
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“Mujeres, si vamos a obligar a los hombres a hacer la paz, tenemos que abstenernos, dice Lisístrata en plena guerra del Peloponeso. ¿De qué?, quieren saber todas. ¿De qué vamos a abstenernos? Pues bien, dice Lisístrata ceremoniosa, tenemos que abstenernos del cipote. ¿Por qué os dais la vuelta? ¿A dónde vais? ¿Por qué hacéis muecas con la boca y negáis con la cabeza? ¿Por qué os cambia el color? ¿Por qué lloráis? ¿Lo vais a hacer o no? ¿Por qué vaciláis? ¡Pues yo no puedo hacerlo! ¡Qué siga la guerra!, responden todas”.
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Con seguridad, en el 411 a.C., está fue una de las punch lines más exitosas entre los griegos. Lisítrata es una comedia escrita por Aristófanes, en la que las mujeres planean una huelga sexual para obligar a los hombres a negociar la paz entre Atenas y Esparta. Ellas, torturadas con su propio invento, pero inamovibles en su decisión, y ellos sufriendo las consecuencias, “empalmados y con terribles espasmos”, como narra el coro en una de sus intervenciones.
Más allá de Dionisio, Grecia, Roma y la Commedia dell’Arte, de los orígenes de este género se sabe poco, pero una cosa puede darse por cierta: necesita de una historia para existir. “Es fundamental, porque si no, no tienes de qué reírte”, dice Eugenio Derbez. De cualquier cosa que te moleste, te sorprenda o te ponga en ridículo puedes hacer una escena”. Hablar de stand up comedy es hablar de rutinas que se juntan para completar un show. De 20 o 30 historias cortas en las que el comediante defiende una idea. No se escribe ni ensaya frente al espejo, como lo haría un actor con su obra. Es una puesta en escena en bruto y sin adornos. Una tesis por sustentar.
Como todas las explosiones de contracultura, comenzó entre la pobreza y la crisis social. Un entretenimiento barato hecho en bares y teatros clandestinos para divertir a viajeros, negros y pobres. Una historia ya contada, pero con otro nombre. La misma del jazz, del rock y la fotografía como arte. Una que, en voces como la del estadounidense Lenny Bruce, denunció el racismo, ridiculizó a los políticos y habló de sexo sin tapujos. Que llegó a la radio, a la televisión y hace pocos años estalló en lo que algunos se atreven a calificar como el 'boom del stand up comedy'. Netflix ha estrenado más 60 comedias unipersonales, los grandes teatros las programan en sus calendarios y, según Billboard, es una industria que dejó 300 millones dólares el año pasado.
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A mi no me gusta Carlos Vives, me dice Gonzalo Valderrama. Piensa, por ejemplo, en La cartera. No existe una canción más grotesca y menos romántica. 'Quisiera darte mi niña un viaje a la luna, que todo lo que tu anhelas pudiera ser y ser tu rayo de luz en la noche oscura, que tengas lo que yo nunca pude tener'. Hay un hombre que quiere regalarle un montón de cosas a una mujer, pero todas simbólicas porque no tiene plata y anda sin cinco. Ella, por su lado, no quiere nada de eso. 'Y hoy me pides que te compre un reloj Cartier'. O sea, es una maldita interesada. Y sigue: 'Te doy mi pan que está mojado en el café'. ¿Qué es eso? No tengo para tu Cartier, pero te doy el pan que mojé al desayuno. ¡Qué asco! Coge un pan, lo mete en un café con nata y ya está. Te quiero mucho, toma este pan. 'Te doy la sal que el mar ha dejado en mi piel'. ¡Quéporquería!
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No es difícil explicar cómo se produce la risa. Por defecto, el cerebro espera recibir siempre impulsos racionalmente cognitivos. Lógicos, coherentes, con sentido completo. Cuando en lugar de eso percibe una incongruencia, algo sorpresivo y contradictorio, libera un neurotransmisor de autorrecompensa que se llama dopamina. El mismo que produce alguien cuando come su postre favorito, escucha una canción que le gusta, tiene sexo o está drogado.
Sin embargo, es imposible explicar qué la produce. Sigmund Freud intentó dar con la respuesta en 1905 y escribió El chiste y su relación con el inconsciente. Hizo una lista: condensación de ideas, doble sentidos, juego de palabras, cruce de contextos. Lo mismo había intentado Henri Bergson, cinco años antes, en su libro La risa. “En ambos casos el resultado fue desastroso, un montón de textos que no sirven para nada. Es como intentar que un actor aprenda a actuar leyendo y no actuando”, dice Primo Rojas.
Reírse es innato a la humanidad. Los bebés se comunican a través de la risa y el llanto. Se ríen los jóvenes, los viejos, los pobres, los ricos, los cultos, incluso aquellos con una discapacidad auditiva, que no saben cómo suena la risa. Ahora bien, no todos se ríen de lo mismo. El sentido del humor está ligado a referentes personales, edades, épocas, culturas y contextos sociales. Lo que resultaba gracioso en las comedias griegas con seguridad habría pasado desapercibido en los bares estadounidenses que dieron vida al stand up comedy. La frase que hace a un niño carcajearse no tendrá el mismo efecto en un adulto. Ríen de formas diferentes, pero al final todos ríen. En el humor hay democracia.
Desde siempre, la provocación ha sido su protagonista. Lisístrata, condenando a los hombres al celibato para acabar con la guerra. El Lazarillo de Tormes, robándose las monedas del ciego. Andrés López, burlándose de la paranoia de las mamás en La pelota de letras. Cambia el lenguaje, cambian los tiempos, pero la irreverencia se mantiene. El hombre es un animal que ríe, dijo Aristóteles, y uno que hacer reír, diría Bergson, siglos más tarde.
Fotos: Cortesía.
