El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El primer contacto de Luis Ospina con el cine

El director recuerda su infancia en Cali y su juventud en Estados Unidos, país en el que alimentó su cinefilia.

Por Redacción Cromos

23 de marzo de 2016

El primer contacto de Luis Ospina con el cine

PUBLICIDAD

Mi vida ha estado ligada al cine desde que era un niño. Mi padre en los cincuentas filmaba películas familiares, como hacen las familias ahora.  Yo estoy filmado desde que nací, incluso en Todo comenzó por el fin se ven imágenes mías desde que tenía tres años hasta la adolescencia.

Mi padre era un ingeniero que tenía una pequeña colección de películas de vaqueros, que le gustaban mucho, de dibujos animados y de viajes. Proyectaba sus películas en el garaje de la casa, abría el espacio a los vecinos, en el barrio Versalles, en Cali. Me acuerdo que tenía un cabezote que rezaba El Teatro Ospina presenta...  Hoy hay un parqueadero ahí, donde quedaba mi casa.

Cuando era niño, el mejor plan de mi familia era ir a cine. Si no podían ir nuestros padres, a mi hermano y a mí nos mandaban con las empleadas domésticas. Ya más grandes,  íbamos solos al Bolívar, al Cervantes, al Teatro San Fernando, Alameda, Colón, Calima. Íbamos a cines de reestreno cuando las películas eran para mayores de 21 años. Uno de adolescente podía colarse para las películas mayores. En ese entonces, las producciones tenían dos vidas; una era la del circuito de estreno y luego pasaban a salas de segunda. Tenían un límite de explotación, de más o menos 7 años. Era un momento muy bueno, pues llegaba más que cine gringo. Con un año de retraso, llegaban películas de Bergman, Buñuel, Fellini, Kurosawa. Era la única oportunidad de verlas, no había Betamax, ni VHS.

Cuando yo tenía 13 años, mi padre se desinteresó por filmar escenas familiares. Me legó la cámara, el proyector y por mi cuenta hice Vía Cerrada, película muda, a color, muy corta, que la tengo guardada. Estudiaba en el Bolívar, colegio en el que nos enseñaban a  leer primero en inglés. Quizás mi primer libro en leer fue Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.

Del Bolívar fui al Colegio Berchmans, del que me echaron “por sostener muy malas conversaciones”, como consta en mi acta. Me habían dado excelencia académica y para mí, como ateo, era muy traumático estudiar en un colegio masculino e ir misa, a pesar de haber sido el mejor alumno de religión.

En Boston me gradué del colegio en 1968, un año memorable para el mundo. En Estados Unidos conocí más cine, haber estudiado allá me cambió la vida. Digamos que se me incrementó la cinefilia.  Cuando fui a conocer la Universidad de California, Ronald Reagan, gobernador del estado y futuro presidente, estaba en las instalaciones educativas y por su visita se formó una asonada inmensa. Cuando vi la manifestación, dije “aquí quiero estudiar”. Y me quedé.

California era el centro del movimiento hippie. Los dos primeros años uno tomaba clases de humanidades. El programa estaba diseñado de esa manera, sin clases de cámaras ni nada, con la idea de detectar talentos natos para el cine. A los dos años de ingresar, uno tenía que  hacer una película en la que tenía que encargarse de todo. Yo hice una de ficción que se llamaba Acto de fe, basada en un cuento de Sartre. Era una especie de Taxi Driver antes de Taxi Driver. Pasé la prueba en la universidad (el 70% de los alumnos eran reprobados) y finalmente me gradué de la universidad en 1972.

*Testimonio desgrabado de una entrevista.

 

Foto: Alejandro Gómez.

Por Redacción Cromos

Temas:
Ver todas las noticias
Sigue a Cromos en WhatsApp
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.