Decir lo que pienso, cuestionar, preguntar, confrontar ha sido una característica no solo de mi vida profesional, sino de toda mi vida. Siempre fui contestataria, rebelde, con causa o sin causa. He odiado las imposiciones, las verdades reveladas, esas que en una educación de carácter confesional como la que recibí en un colegio más papista que el Papa, me rehusaba a tragar enteras. Cuestionaba a los profesores, protestaba por las injusticias, terminaba el año con matrícula condicionada. Pasé muchos sábados castigada, no encajaba en el molde.
Pertenezco a una familia muy liberal —sobre todo la materna—: mi abuelo Luis Eduardo Nieto Caballero era masón grado 33, y mi abuela, María Calderón, una mujer de mente abierta que opinaba con independencia. Viví con mis abuelos durante la dictadura de Rojas Pinilla en medio de un caldeado ambiente político y veía cómo mi abuelo salía de tarde en tarde a llevar personalmente al Palacio unas cartas en las que cuestionaba al general por sus actos y la corrupción de su gobierno. En esa casa se conspiraba contra la dictadura, se organizaban marchas y protestas. A mi abuela y a mis tías las llamaban “las policarpas”.
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Foto: Cortesía.