El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Juan Manuel Santos, un Nobel para un estratega

Su visión y persistencia lo hicieron digno merecedor del premio más prestigioso del planeta. Reconocimiento a una paz frágil y anhelada.

Por Piedad Bonnett

19 de diciembre de 2016

PUBLICIDAD

Lo más difícil para un premio, cualquiera que sea su naturaleza, es mantener su prestigio, porque las posibilidades de que con los años se politice, se corrompa o simplemente se debilite, son muy altas. Nada de esto le ha sucedido a los Premios Nobel: más de un siglo después de haber sido otorgados por primera vez, siguen teniendo enorme credibilidad, y sus ganadores son considerados como las figuras más eminentes de la ciencia, la literatura y la búsqueda de la paz. A nadie se le ocurre, por supuesto, que el comité que falla cada año sea infalible, y es claro que ha habido omisiones graves o adjudicaciones a personajes controvertidos; pero recibir un Nobel sigue siendo un honor supremo, tanto para el ganador como para el país al que pertenece. 

 


Este año se lo ganó Juan Manuel Santos, un presidente que no convence a muchos colombianos, con poco carisma –sabemos que su nivel de popularidad es bajo– demasiado formal tal vez para el común de la gente, un orador sensato pero no brillante, un hombre pragmático al que los colombianos relacionan con la élite, con la clase dirigente “de toda la vida”. Y, sin embargo, es un premio merecidísimo. ¿Por qué? Porque el Presidente, como candidato al premio, cumple estrictamente con lo que Alfred Nobel pidió en su testamento: otorgarlo a “a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”. Y ese esfuerzo nadie puede negárselo. Con una buena fe que nadie tiene derecho a poner en duda, pero sobre todo con el talento de un estratega que hace su trabajo con visión y persistencia, Juan Manuel Santos logró que el enemigo se plegara al diálogo y dejara a un lado sus terquedades y desconfianzas. Para tal efecto creó un equipo de gran respetabilidad, ajeno a la politiquería. Como conocedor de los intríngulis de la guerra, por su posición de Ministro de Defensa, supo incorporar al estamento militar y minar sus resistencias; y como demócrata supo involucrar en los diálogos a víctimas, académicos y a la sociedad civil. A la hora de la derrota en el Plebiscito, además, Santos dio una prueba de serenidad, de generosidad con sus adversarios políticos y de espíritu democrático. Puesto en palabras, puede parecer fácil. La prueba de que no lo es, está en que los muchos presidentes que buscaron la paz antes de él fracasaron en sus intentos.

Sigue a Cromos en WhatsApp
Read more!

 

 


Creo que en un país que se promueve como “Colombia es pasión”, donde la vocinglería de las redes no deja espacio para la reflexión, donde cada tanto se pide a gritos medidas extremas como pena de muerte o castración química, y donde hay políticos que en su indignación pueden llegar incluso a querer revocar al Congreso, se necesitó un presidente sereno, tal vez frío (pero jamás iracundo) para que se abrieran las compuertas de una paz posible. Lo que para muchos son sus defectos obraron como virtudes, y le consiguieron el Nobel de la Paz que hoy hace que el mundo nos mire con respeto y con esperanza. La misma que nos sostiene a pesar de la fragilidad de la paz anhelada.

 

 

No ad for you

Fotos: Getty Images y EFE.

Read more!

Por Piedad Bonnett

Temas:
Ver todas las noticias
Sigue a Cromos en WhatsApp
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.