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«La palabra felicidad me asusta» Piedad Bonnett

Sí, me asusta. No el acto de ser feliz pues, como todos los seres humanos, aspiro a la felicidad, sino el término y su sentido.

Por Piedad Bonnett
12 de noviembre de 2014
«La palabra felicidad me asusta» Piedad Bonnett

«La palabra felicidad me asusta» Piedad Bonnett

Hay en él algo de grandilocuencia, y también de platónico;  pareciera ser, sobre todo, una idea,  alcanzable solo por momentos. Y menos mal, porque la felicidad eterna –esa fórmula que usamos cuando hablamos de muertos o de ángeles y santos– resulta aterradora. ¿Qué  tal una vida de entera felicidad, sin tristezas ni dolores? Inhumana. Y todo lo inhumano nos asusta. Me parece más cómodo y realista hablar de placer, alegría o satisfacción, maneras humildes de la felicidad, palabras que nos dan la sensación de algo que verdaderamente podemos alcanzar. 

En el mundo del pensamiento moderno la felicidad pareciera no tener demasiado prestigio: mientras la filosofía clásica se ocupó siempre de reflexionar sobre ella, la moderna parece haberla olvidado. Y no solo eso: en el mundo intelectual existe un prejuicio en relación con ciertos manejos de la idea de felicidad. Los finales felices, por ejemplo, solo parecieran estar bien vistos en los cuentos infantiles y en las telenovelas. Por alguna extraña razón –tal vez porque se cree que contradice la vida misma– también solemos juzgar mal una novela seria o una película de calidad que tengan final feliz. Y nada pareciera chocar más al gusto de lo que en otros tiempos se llamó «intelectuales puros»  que las recetas para alcanzar la felicidad de los libros de autoayuda. 

Y es que el  artista –el novelista, el ensayista, el poeta, el cineasta– convencido de que su oficio tiene sentido solo porque la vida humana es compleja e irreductible a fórmulas, a la hora de representarla o de reflexionar sobre ella rechaza el blanco y negro, descree de la función pedagógica del arte, y, en últimas, de la felicidad misma como categoría absoluta. Sin embargo, tal vez sin proponérselo directamente, lo que está haciendo siempre es mostrándole al lector o al espectador la distancia que hay entre el sueño de alcanzarla y la realidad. Ser feliz para Platón o para Epicuro es tener lo que se desea. Pero al filósofo o al novelista lo que le interesa es la búsqueda, no el logro. Y mucha literatura se siente atraída más bien por el tema del fracaso. 

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¿Le interesa la felicidad al artista, al intelectual? ¿En alguna parte de su proceso hay un pensamiento, aunque sea leve, que conduzca a ella? Borges dijo: «El deber de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad son inútiles o perjudiciales». Y yo le creo: reflexionamos, escribimos, creamos, en parte para dar felicidad al lector o al espectador y en parte porque lo que hacemos nos proporciona felicidad a nosotros mismos. Todo suena fácil y sencillo despachándolo así. Pero el problema es, ¿qué entendemos aquí por esa palabra? ¿Qué es lo hace feliz a un lector, a alguien que va al cine o a un concierto?  ¿Se acerca a la felicidad el que escribe, el que hace una película, el que compone, el que pinta?  

Si empezamos por esto último, habría que contestar: ¡claro que sí! El proceso de creación entraña una felicidad perversa, y puedo jurarles que esto existe. Porque se trata de hacer coincidir la idea que tenemos en la cabeza con lo que realizamos, y eso, si quieren saberlo, casi nunca es posible. Truman Capote describió muy bien ese esfuerzo: «Cuando Dios le entrega a uno un don también le da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Y es que esa brecha entre lo perseguido y lo alcanzado es motivo de enorme insatisfacción. Pero mientras tratamos de lograr nuestro objetivo, quién lo creyera, la felicidad es inmensa, porque consiste en hacerle el quite al fracaso. 

Y en cuanto al destinatario de lo que hacemos, ¿nos interesa? Pues es que sin él lo que hacemos no tendría sentido. Así que, por lo menos, habrá que no aburrirlo. Y si podemos, habrá que darle una cierta dosis de felicidad: la que se experimenta cuándo las palabras abren nuestra curiosidad y con ella un mundo de cosas imprevistas, que de algún modo nos descolocan. Porque la felicidad de un espectador o un lector debe ser una felicidad incómoda. Sí, señor, eso también existe. 

 

Ya se sabe que, todos los años, Colombia aparece en las encuestas como uno de los países más felices del mundo. Algo raro pasa en nuestras cabezas, pues eso no parece compatible con la magnitud de nuestra violencia: no se puede ser feliz cuando vivimos oyendo de asesinatos y masacres. A mí esa realidad me entristece, pero, ya que no puedo cambiarla, trato, desde mi oficio, de sacarle partido. André Comte-Sponville, un filósofo francés, nos habla en su libro La felicidad, desesperadamente de la sabiduría como la forma de felicidad suprema, y nos recuerda que para San Agustín esta es «el gozo que nace de la verdad». Pues bien: ya no creemos en verdades absolutas, ni soñamos con ser sabios a la manera renacentista, pero los intelectuales seguimos sintiendo que tratar de desentrañar las relaciones del hombre consigo mismo, con otros y con el universo nos justifica. Eso hago y consigo cierta felicidad: a veces apasionada, como la que intuimos en Dostoievski, o fría y escéptica como la de Thomas Bernhard, pero felicidad, en todo caso. Porque  cuando desciende de su nube, ella tiene todas esas caras

 


 

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