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Lady Gaga, un icono que va más allá de la música

En ella confluye toda la obra de Stefani Germanotta, una forma artística que habita líneas difusas entre canciones y mucho más

Por Redacción Cromos
31 de agosto de 2017
Lady Gaga

Lady Gaga

 

 

 

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Por: Laura Galindo M.

 

 

“Gaga toca fondo”, dice el titular. En la portada, una mujer rubia desmayada sobre el pavimento. Relámpagos de flashes a su alrededor y cámaras que no dejan de disparar. Ha caído desde la terraza de su mansión. Su novio la ha empujado. Un par de besos, una riña y la foto de un  paparazi. I’m your biggest fan I'll follow you until you love me. Así arranca el videoclip.

 

 

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Lady Gaga siempre está vigente. Porque llega vestida con 25 kilos de carne cruda a los MTV Awards. Porque visita al Dalai Lama y reaviva malestares políticos alrededor de la liberación del Tíbet. Porque se convierte en la condesa Elizabeth Jhonson para la quinta temporada de la serie American Horror Story. Porque se declara feminista, antifeminista, bisexual, hermafrodita. Porque se desnuda mientras canta, se enfrenta al poder, se casa, se separa, se vuelve a enamorar. Porque es vanguardia, polémica, transgresión, rebeldía, exhibicionismo. Porque se reinventa y se cuenta una y otra vez sin repetirse. 

 

 

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“La música no es solo un conjunto de sonidos, es un universo de relaciones sociales y significados culturales”, dice Mahieu Deflem, sociólogo del la Universidad de South Carolina. Eso lo entendió bien Lady Gaga hace tiempo. Dejando a un lado lo obvio (sabe hacer música), las suyas son representaciones vivas en las que el cuerpo se convierte en un medio expresivo. En un espacio visual, en un escenario. A veces artístico, a veces grotesco, a veces político. Uno creado desde la fantasía de su propio personaje, en el que Stefani Joanne Angelina Germanotta se construye y se proyecta como un objeto emocional. 

 

 


Más claro: Gaga es Gaga, en la medida en que Germanotta esté dispuesta a mantenerse en ella. Y eso también lo entendió bien. “Si algún día tengo un accidente en el escenario y mis fans están gritando fuera del hospital, sin duda saldría como Gaga y no como alguien en pantuflas que se quebró una pierna. Soy Gaga. Vivo y respiro en ella todos los días. No quiero que me vean mortal, no quiero romper la fantasía que he creado con mi música”, le dijo alguna vez al periodista Neil Strauss.

 

 


Tacones de 21 centímetros. Gafas oscuras con marcos brillantes. Vestidos con hombreras. Pelucas. Una camisa blanca y maquillaje que marca las ojeras para su alter ego masculino Jo Calderone. Una aleta gigante para convertirse en Yüyi The Mermaid, otro de sus alter egos. Un vestido de burbujas, o de cinta adhesiva, o de alambre, o de la Rana René. Los diseños más controversiales de Alexander McQueen, Paco Rabanne y Thierry Mugler. Las puestas en escena de Lady Gaga van más allá de su música.

 

 

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Y es que Gaga, el personaje, no es solo la actuación en el escenario de Stefani Germanotta. Es, en realidad, su obra. Una forma de arte que habita líneas difusas entre la música, el performance, la narración de historias y el activismo político. Una metáfora a lo disrruptivo y lo caótico. Al imperceptible significado de lo insignificante. Un carnaval en su esencia más primitiva, con elementos que resultan al mismo tiempo fantásticos y grotescos, femeninos y masculinos, frívolos y profundos. Lady Gaga es un ritual. 

 


Es el sincretismo de una crítica a la fama hecha desde la fama misma. Vacía, llena de excesos y de clichés. The Fame, su primer álbum, habla con ironía de vivir para alcanzarla. “Fama, lo hago por la fama, porque quiero probar champaña y fortuna sin fin”, dice en el sencillo que dio al disco su nombre. Es la antítesis de los estereotipos de belleza vigentes en el mundo del pop. Gaga no es sexy y tampoco pretende serlo, es un espectáculo y no símbolo. “No soy sexy como Britney Spears. Me interesa más causar reacciones desde la imagen”, dijo hace varios años para el periódico The Guardian. Es, también, un feminismo desafiante que se rebela en contra de los roles impuestos por la sociedad occidental, uno de consignas sobre libertad absoluta y de sarcasmos sobre una supuesta superioridad masculina. Y es, por encima de todo, una carta abierta de activismo por la inclusión. Una declaración en contra de la homofobia, el machismo y el abuso sexual. En orden: Born This Way, Bad Romance y Till it happens to you.

 

 

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La idea, por supuesto, no es nueva. Encuentra referentes en David Bowie, Madonna y Michael Jackson. Pero tampoco es una fórmula. La estética de Lady Gaga ha cambiado varias veces. Del surrealismo de la Madre Monstruo, en los primeros años, a la elegancia del jazz con Tony Benett, y al minimalismo del grunge neoyorkino en Joanne. La representación del cuerpo cambia cuando cambia el objeto de su obra. Se disfraza porque la Madre Monstruo no es de este planeta, sube de peso para entrar en la estética de los años 50 y 60, se vuelve rubia como guiño a Marilyn Monroe. Es fácil: en Lady Gaga no hay cabos sueltos. 

 

 

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911, ¿Cuál es su emergencia? Acabo de matar a mi novio. “Ha vuelto”, dice ahora el titular. En la foto, Gaga, con esposas en las manos. Tres oficiales de policía la escoltan hacia una patrulla. Relámpagos de flashes, disparos de cámaras. Baby you’ll be famous, chase you down until you love me. Paparazi.
 

 

Fotos: Getty

Por Redacción Cromos

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