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Laura Mora: "En Matar a Jesús no hablo de perdón. Hablo de resistencia, para no perpetuar la venganza"

El próximo 8 de marzo estrenará, en las salas de cine del país, su primera película.

Por Redacción Cromos

26 de febrero de 2018

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Siempre se vio a sí misma como documentalista. A los 13 años soñó con viajar a los Balcanes y convertirse en reportera de guerra. Pero resultó que era una inventora de historias y se apasionó por la ficción, una muy ligada a la realidad, capaz de confrontar y despertar pasiones.

 

Por: Diana Franco.

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Fotos: David Schwarz.

 

Es callejera, irreverente. Le gusta la salsa brava y tiene una inquietud insaciable por el ser humano, sobre todo por ese que la sociedad ha puesto al margen, que ha llevado al límite sin ningún tipo de contemplaciones. Quizá por eso no quiere hacer comedia. Tampoco películas de superhéroes. Eso lo tiene claro. 

 

La ópera prima de la cineasta paisa fantasea con una idea peligrosa: una joven de 22 años conoce al sicario que asesinó a su padre y se propone acabar con su vida. Matar a Jesús pareciera la proyección del duelo que ella misma tuvo que librar cuando su padre, un abogado y académico de Medellín, fue asesinado en el 2002.

 

Su manifiesto es el de la resistencia y, para su sorpresa, ha dado con una consigna universal. Su película ya ha pasado por 22 festivales internacionales, entre ellos el de San Sebastián y el de Toronto, y ha conseguido 12 premios. El próximo destino y gran reto para esta producción será el Festival de Cine de Cartagena, donde, por primera vez, un público colombiano, que aún se debate entre el perdón y la venganza, tendrá la oportunidad de verla. 

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¿Fue cinéfila desde pequeña?

 

Siempre he dicho que me hubiera gustado tener una historia de esas maravillosas con mi padre, en la que cuente que él me regaló una cámara cuando era niña y ahí empezó mi amor por el cine, pero no fue así. A mí, simplemente, me impresionaba mucho lo que uno podía sentir cuando iba a cine, pero tampoco fui la más cinéfila. Lo que sí he sido es una curiosa de la vida y del ser humano.

 

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¿Cómo fueron sus primeros pinitos en el cine?

 

Tengo 36 años y soy una noventera. Pertenezco a la generación de MTV, que fue bombardeada por los video musicales. Así que mis primeras exploraciones en video fueron por ese camino. Yo les hacía los videoclips a todos mis amigos músicos en Medellín. Cuando salí del colegio ya estaba muy decidida a estudiar cine. Entonces, apliqué a la única facultad de cine que había en ese entonces, que era la de la Universidad Nacional, en Bogotá. Lo intenté dos veces. Nunca pasé. Esa fue mi mayor frustración académica, sobre todo porque yo fui muy necia toda la vida, pero en el colegio me iba muy bien. Mientras tanto me puse a estudiar fotografía, pero un profesor me dijo que lo que yo necesitaba era el movimiento. Que tenía que estudiar cine. Así que me fui a Barcelona, pero el plan de estudios no era lo que esperaba y al año me devolví para presentarme, por tercera vez, a la Nacional. Y mataron a mi papá.

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Y la vida cambió…

 

Cambia todo. Cambia la vida, cambié yo, cambió la economía, cambió mi relación con la ciudad. Medellín me despertó una violencia muy extraña. Una violencia que se ve reflejada en Matar a Jesús. Yo sentía que no podía estar más allá porque estaba al límite de algo. Estaba a punto de cruzar una línea, de algo, quizá algo malo. Así que me fui para Australia, donde tenía un exnovio. Mi plan era quedarme solo un tiempo corto, pero terminé quedándome casi cinco años. Trabajé todos esos años, de lunes a domingo, de mesera en un restaurante, para vivir, para pagar la universidad y eso impuso otra disciplina en mi vida. 

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¿Cuándo decide que es el momento de escribir sobre la muerte de su padre?

 

Hay una anécdota que yo he contado mucho, pero que es la raíz de Matar a Jesús. Cuando estaba en Australia, una noche tuve un sueño. Yo estaba en un mirador fumando y se me acerca un chico de mi edad y empezamos a conversar. En algún momento yo le pregunto: “¿Usted cómo se llama?”. Y él me dice “Me llamo Jesús y yo maté a su papá”. Cuando me despierto, eran como las cuatro de la madrugada, y comencé a escribir. De una sentada escribí 60 páginas. Realmente no era nada, no era el guion de la película, era más bien como una conversación con el asesino de mi papá. El archivo se llamaba Conversaciones con Jesús y se convirtió en mi catarsis. 

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"Yo solo pude contar una historia que humaniza a un victimario, gracias a la educación que mi papá me dio". 

 

¿Cómo fue su regreso a Colombia?

 

Yo me fui de una Colombia en la que no pasaba mucho en el cine y llegué a una Colombia con ley de cine, con Perro come perro, en Sundance, y yo no conocía a nadie del medio, solo tenía unos cortos que había hecho en la Universidad, entre ellos Brotherhood, que tuvo un paso importante por festivales y me puso en el mapa. Se me presentó la oportunidad de trabajar como script y hacer parte de varios proyectos. Luego conocí a Carlos Moreno, el director de Perro come perro, y surgió una amistad inmediata. Él me invitó a trabajar con él en Escobar, el patrón del mal y esa fue mi primera experiencia haciendo televisión. Una muy buena, aprendí muchísimo, pero cuando la serie terminó me quedó muy claro que ese no era mi camino. Así que volví al cine. Y me enfoqué en la escritura de Matar a Jesús, esta vez, junto a Alonso Torres, un amigo guionista.

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¿Cómo fue el trabajo junto a Alonso Torres, siendo este guion tan personal para usted?

 

Yo pienso que esta película existe gracias a él. Porque para mí era demasiado difícil separar la ficción de la realidad y él tenía mucha más cancha escribiendo. Nos entendimos muy bien, él me entendió porque había pasado por un dolor similar al mío. A él también le mataron a un ser querido. 

 

¿Qué significó, a nivel personal, escribir esta película?

 

La escritura del guion fue la catarsis. La película es la carta de amor. Y es la carta de amor más grande y más honesta con la que pude rendir homenaje a mi papá. Yo pude contar una historia que humaniza a un victimario gracias a la educación que él me dio. Gracias a sus enseñanzas llenas de respeto por la vida, por la igualdad, por la empatía. 

 

 

¿Cómo sucedió en la vida real este capítulo?

 

Yo siempre digo que lo más autobiográfico de la película, además del hecho de que a mí también me mataron a mi papá, es el dolor. Tenía 22 años, la misma edad de Paula, la protagonista de la historia. Tenía una relación abierta e íntima con mi papá, tal como se ve en la película. Mi papá era abogado y profesor, que era lo que realmente le apasionaba, aunque no tenía mucho tiempo para dar clases, y en la película él es profesor de tiempo completo. Alguien me dijo que yo me encargué de cumplirle los sueños a mi papá en la película. Siento autobiográfico también la forma en la que percibo Medellín y la relación de la protagonista con la ciudad. Pero digamos que en el cómo pasaron las cosas fue diferente. Yo no conocí al asesino de mi papá, eso es mentira, aunque lo hayan dicho por ahí. Tampoco estuve junto a él cuando lo mataron. Yo hablé con él a la 1:20 de la tarde y a la 1:30 ya no tenía papá. Ese tema del tiempo me impresionó mucho. Cómo se dan cambios tan radicales en la vida de las personas en cuestión de nada. 

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Tardó 10 años en escribir el guión de la película. Los últimos cuatro contó con la ayuda de Alonso Torres, el guionista de Perro come perro.

 

Es un cambio para el que uno nunca está preparado…

 

Pablo, mi hermano y yo estábamos muy jóvenes. Él tuvo que asumir una responsabilidad que en ese momento no le competía. Mi mamá se convirtió en una mujer a la que le arrebataron al amor de su vida. Yo creo que no muchos alcanzan a dimensionar el dolor. Porque ante tanta violencia que nos rodea, nos hemos vuelvo indolentes. Nos acostumbramos a la muerte. Por eso en la película fue muy importante no presentar al papá un líder socio, un líder sindical, un gran hombre, un personaje reconocido. No. Él era simplemente un buen hombre. Un papá, un buen amigo, un “profe”. Su muerte afectó a una cantidad pequeña de personas, tan pequeña como puede resultar una familia, pero con una intensidad tremenda.

 

¿Es Matar a Jesús un manifiesto al perdón?

 

A mí no me gusta hablar del sentimiento del perdón porque me parece que está muy ligado al orden de lo católico y lo religioso, y creo que es algo mucho más grande. Algo tan íntimo. Yo procuro hablar es de resistencia; la resistencia a convertirse en algo que terminaría por defraudar el amor que le han dado a uno en la vida. Para mí, esta película tiene que ser una oda a la resistencia, al no perpetuar la venganza.  

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¿Cuál es su sentimiento frente al asesino de su padre?

 

En la película, por ejemplo, Jesús, el sicario, es un chico que ha sido excluido totalmente de muchas maneras y, lamentablemente, como pasa con tantos jóvenes, es utilizado por un aparato criminal que necesita de esa exclusión para poder tener esos pequeños soldados. Él también es una víctima y eso lo manifiesto a través de la película. Ahora, frente a los autores intelectuales, mis sentimientos son más complejos. 

 

¿Cuáles han sido las reacciones de las personas frente a su película?

 

En el festival de San Sebastián, una mujer colombiana (hasta ahora han sido pocos los colombianos que han visto la película), que fue a la proyección, tomó el micrófono para expresar su indignación por la historia. Ella no entendía por qué hablábamos de violencia si en Colombia había tantas cosas bonitas; y una mujer argentina, de unos 50 años, se paró y le respondió: “Cómo podés decir que esta es una historia de violencia. Si, al contrario, habla de la antiviolencia”. A mí no me da temor hablar de nuestro contexto, creo que debemos dejar un poco esa vergüenza de lo que hemos sido y tomarnos un momento para reconocerlo y hablar de lo que nos ha pasado para que no se repita. Yo voy muy en contra de ese discurso. Yo, siendo de Medellín, siento el tema de la violencia muy cercano. 

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Matar a Jesús es una película muy pertinente con la coyuntura social y política que vive el país.  

 

Ha sido increíble cómo se dio todo. Cuando yo empecé con este proyecto no se me pasaba por la cabeza que algún día el gobierno se iba a sentar a dialogar con las Farc. Y me acuerdo muy bien que nosotros empezamos la preproducción de la película el día en el que el ‘No’ ganó. Mientras estábamos haciendo el cronograma, en medio de la vergüenza y la tristeza que la noticia me causó, la gente afuera tiraba pólvora y celebraba el resultado del referendo. En ese momento, yo dije “Esta película la tenemos que grabar a como dé lugar”.  Allí, Matar a Jesús adquirió un nuevo significado. 

 

¿Cómo encuentra el panorama cinematográfico de Colombia hoy en día?

 

Me siento súper orgullosa de pertenecer a una generación de hombres y mujeres increíbles en el cine, que, además, son mis colegas y grandes amigos, como Carlos Moreno, Ciro Guerra, Rubén Mendoza, César Acevedo. Ellos han abierto un camino. Sé que mujeres somos más pocas, pero el trabajo de cineastas como Natalia Santa, con la Defensa del dragón; Claire Weiskopf y Amazona; Daniela Abad y The Smiling Lombana; y Catalina Arroyave con Los días de la ballena, son un gran impulso para quienes hacemos esto. Me parece muy lindo lo que está pasando y cómo se está percibiendo a nivel internacional.  

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¿Por qué cree que aún no hay muchas mujeres directoras en Colombia?

 

Creo que el año pasado fue clave para las mujeres en el cine. Por supuesto, la diferencia en la cantidad de mujeres y hombres es abismal, pero tampoco sé exactamente por qué. Creo que la visión de la mujer en todas las artes es fundamental, es hora de que las mujeres empecemos a contar quiénes somos. Lo que sí sé es que la industria se tiene que preparar, porque el número seguirá creciendo. 

 

¿Existe machismo en el cine? 

 

Lo que está claro es que el liderazgo del hombre se asume de una manera mucho más orgánica que el de las mujeres y, en ese sentido, nosotras siempre tenemos que probar más. Eso si lo he sentido yo. Cuando el director que llega a un set es un hombre joven, por ejemplo, es considerado como un genio, una cualidad: '¡Ya dirigiendo!’. Pero cuando se trata de una mujer, siempre hay un halo de duda: '¿Cómo llegó acá?’. Y te empiezan a preguntar cosas y te ponen constantemente a prueba. Ahora, tampoco quiero caer en una pelea de género, pero sí es un tema importante para poner sobre la mesa y discutirlo, al igual que el tema de  la igualdad salarial. Porque lo he visto, la brecha existe.

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Algunos premios y participaciones

 

1. Premio Eroski de San Sebastián, la Selección Oficial.

2. Premio Roger Ebert de Nuevos Directores de Chicago.

3. Dos premios del Festival Internacional de Cine del Cairo.

4. Premio Especial del Jurado Ópera Prima, en el Festival de Nuevo Cine. 

 

Por Redacción Cromos

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