
"Ligeia tiene el oído conectado al corazón", Gustavo Gómez
Mi esposa Ligeia es violista de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, pero su bautizo se lo debe a la literatura y no a la música: mi suegro no pudo resistir el magnetismo de ese cuento de Poe, con exótico nombre de mujer, que arranca diciendo “juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Ligeia”. En mi caso, sí lo recuerdo.
Trabajaba en la emisora de la Universidad Javeriana y el departamento de música quedaba en el mismo edificio. Desde los estudios donde programaba rock clásico la veía pasar y me conquistó su sonrisa. Pregunté por ella. Casi no me aprendo el nombre y, de hecho, llamé su atención fingiendo que no podía pronunciarlo. Funcionó.
Me intimidó saber que era violista. Pensaba que la viola era el chelo, y yo, admirador del rock, me sentí en desventaja frente al presentido nivel cultural de alguien que tocaba un instrumento que ni siquiera conocía. Santo remedio: en nuestra primera salida me confesó que le gustaban los merengues de Sergio Vargas.
No podría asegurar que los artistas como Ligeia tienen una sensibilidad especial para enfrentar la cotidianidad. Lo digo porque no tengo punto de comparación: Ligeia es mi primer y último matrimonio. Pero diré que ha sido una verdadera “artista” a la hora de quererme, en la esmerada guía ética que les ha transmitido a nuestros hijos y en la tarea de mantener a la familia firme en medio de las tempestades.
Ese oído que tiene conectado al corazón le ha permitido entender la relación íntima que tengo con los Beattles y solo ella alienta otras pasiones mías, como el gusto por Star Trek y tantas otras cosas que representan un estadio ideal al que la humanidad probablemente solo llegará en la pantalla.
Además de español e inglés, Ligeia habla el idioma de las notas, y creo que el ser artista le ha dado solidez en otros campos donde me siento desvalido: la violista sabe de motores y herramientas, se entiende con los carpinteros y obreros, trepa al techo para reparar tejas rotas y hasta es hincha de Santa Fe. Me enorgullece pensar que soy quien le pasa las hojas de la partitura mientras ella interpreta nuestra vida.
Así como Ligeia acepta los horarios extraños de su marido periodista, he entendido que los músicos trabajan para entretener a los demás en su tiempo libre. Jamás hemos pensado en tener una finca o algo parecido. No iríamos nunca: la orquesta toca los viernes en la noche, los sábados en la tarde y en Navidad, Semana Santa y tantas otras fechas de relax. El artista no es una diva que flota con soberbia sobre la gente; el artista existe porque entretiene a un público exhibiendo algo único que, gracias a su talento, pareciera no tan difícil de hacer.
Voy poco a verla en sus conciertos porque me quedo con los niños en casa y porque mi natural hiperactividad me impide estar tanto tiempo sentado y callado. Y por otro detalle: me gusta ir a todas partes con ella y, no teniéndola en la silla de al lado, experimento la poco grata sensación de estar solo y a la vez acompañándola. Soy su fiel Sancho Panza (¡me sienta bien el apellido del escudero!) y tengo claro que, como la protagonista del cuento de Poe, ella tiene “suficiente conciencia de su infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía”.
Foto: Gustavo Torrijos - El Espectador.