
En los intentos están las sorpresas. Esta historia empezó dentro un sobre cerrado, cuyo remitente era el Ministerio de Obras Públicas de Chile. En el primer párrafo de una carta, Lina Sinisterra leyó que se trataba de una convocatoria a quince artistas para intervenir con esculturas el aeropuerto Arturo Merino Benítez, en la ciudad de Santiago. Lina disponía de treinta días para presentar la maqueta. Se le ocurrieron varias ideas, pero hubo una que conectó con la infancia de los chilenos.
¿Qué tienen que ver una piñata y una escultura? Solo Lina sabe cómo llegó a los juguetes que suelen figurar en los cumpleaños. Supongamos que estamos en un aniversario, en un parque, con niños atentos a una piñata, de la que caen pequeños aviones. El paisaje no es cualquiera: son aviones de colores en el cielo plateado de Chile. Lina lo explica con la mirada del forastero que identifica las características de un lugar: “La ausencia de los colores del trópico me llevó a la necesidad de introducir en mi obra la visibilidad a través del color”. Eso por un lado; por el otro, en el universo creativo aparecieron unos círculos concéntricos. ¿Cómo se iban a unir con los aviones de colores? La respuesta estaba en una maqueta de presentación, llena de alambres y juguetes pequeños, que fue al Ministerio de Obras Públicas.
El proyecto Costó alrededor de US$370.000
De las quince propuestas, Todos los destinos, como llamó a la escultura, ocupó el segundo lugar, con el que pudo participar con un emplazamiento en un espacio del aeropuerto. “En 2001 el sitio ideal para levantarla era donde estaba un mural del maestro Roberto Matta. Pasaron dos años para que lo reubicaran en una estación de metro y dejar despejado el terreno para la escultura. Al final, por razones administrativas, se decidió que ese tampoco sería su lugar”, recuerda la artista graduada en sicología.
Lina regresó a Colombia con la amargura de no poder erigir su escultura. Mientras el destino le preparaba una sorpresa, aquí fue mamá, expuso en galerías, dio clases de arte en un colegio, creyendo que el segundo puesto en el concurso quedó escrito en su hoja de vida y de ahí no iba a salir. Doce años después de la convocatoria, en 2013, sucedió una bonita coincidencia. “Yo había descartado el proyecto. Pero un día tomé la decisión de preguntar por él y escribí un correo electrónico a los organizadores. Como si hubieramos estado conectados, ellos me escribieron en simultáneo”. Una vez más, en los intentos están las sorpresas. Se reactivó la construcción de la escultura, con la ayuda del arquitecto Jorge Dalmazzo. A Lina poco le importó devolverse a Chile las veces que fueran necesarias. “Mi participación en la escultura fue llevar a la realidad la idea de la artista, eligiendo en conjunto los medios técnicos, conceptuales y económicos necesarios para lograrlo”, indica Dalmazzo. “Las obras de arte, ubicadas en un espacio público, son un regalo para cualquier persona que las vea. Todos los destinos registran el estilo lúdico de Lina Sinisterra, pues en Santiago somos algo serios y es un aporte a la alegría”.
“La escultura de lina es lúdica, llena de color en una ciudad en la que somos algo serios”, Jorge Dalmazzo, arquitecto.
No obstante, los Estados tienen su tiempo. A los dos años del visto bueno, en el que se realizaron estudios para su elaboración, el arquitecto hizo la escultura que, por el centelleo de las luces de colores, da la sensación de movimiento en un espacio oscuro. “Una de las razones por las que el proyecto funcionó para el aeropuerto es por la intervención radical del color sobre la geografía del lugar. Las montañas son tierra en el verano y en el invierno son blancas”, dice Lina.
“Todos los destinos es visible en los vuelos nacionales. Por los circuitos de los vuelos locales, solo se ve cuando se despega para los vuelos hacia el interior de Chile. Su máximo esplendor es la noche; en el día, si uno no sabe en dónde está, es difícil detectarla”.
El día que la vio emplazada, luego de muchas dilaciones, Lina sintió algo especial. Estaba ante una de las cosas más bonitas a las que se ha enfrentado como artista. Tanto tiempo de gestación, en un país que la supo acoger por una década, que la valoró y que le dio reconocimiento, no podría tener más que un final como ella lo describe: “Cuando me acerqué a la escultura, reviví lo que experimenté cuando nacieron mis hijos. Al aterrizar, paré en la escultura, me bajé y empecé a caminar entre ese bosquecito de aviones, por los postes. Miré para arriba y dije ‘¡no puede ser!’. Algo chiquito se había vuelto verdad, es una sensación a la que están acostumbrados los arquitectos, pero los artistas, como yo, no. Fue sentirme a los pies de algo que había construido en miniatura hacía rato”.
Fotos: cortesía.

