
Con su experiencia como exembajador en España, la primera persona que le dio cartilla sobre cómo asumir su primer cargo diplomático fue el expresidente Belisario Betancur. Su gran consejero fue enfático en recomendarle la lectura de los diversos periódicos españoles, para estar enterado de la realidad y la opinión del país anfitrión.
Mientras le sigo los pasos hacia una de las salas de su casa en Madrid, se me cruzan por el camino, primero, Manuel Zapata Olivella, Alejandro Obregón y Gabriel García Márquez, personajes eternos en unas fotografías en blanco y negro, muy bien enmarcadas; luego surge una cabeza de Mickey Mouse en piedra tallada sobre un pedestal, la obra de Nadín Ospina aparece antes de una pequeña biblioteca con vista al jardín, donde nos esperan dos sillas para sentarnos a hablar con el señor embajador de Colombia en España.
El 6 de octubre cumple 69 años. Su foto con el rey Felipe VI en un portarretrato brillante de plata, empinado sobre una mesita con unas vistosas orquídeas, constrasta con su temperamento discreto. Sin embargo, a pesar de su aire mesurado, su porte espigado lo delata, me fijo en su estatura, su pelo casi blanco con coleta corta, su traje negro holgado, y no puedo dejar de pensar en el actor Steven Seagal a finales de los años 80.
Experimentado hombre de negocios, santafereño de toda la vida, abuelo dedicado, hace siete meses aceptó pasar del sector privado al público, para asumir su primer cargo diplomático, aprovechar su pasión por las ventas y así concentrarse en buscar negocios para Colombia y, de paso, abanderar su propia campaña para que se pierda el miedo de venir a Europa con nuevos productos nacionales.
“La primera persona con la que hablé fue Belisario Betancur, nos sentamos en su estudio y durante dos horas me dio los mejores consejos relacionados al trabajo que estoy haciendo ahora”.
Furmanski es su apellido, ¿tiene alguna historia?
Mi padre emigró de Polonia a Colombia, llegó muy joven, probablemente de unos 12 o 13 años, con su hermano mayor que le llevaba unos 2 o 3 años y su madre, quien se había vuelto a casar. Vino con su padrastro y sus dos hermanos medios. Llegaron por allá en 1933.
¿Y el motivo?
La situación económica de Europa estaba muy complicada, especialmente en Polonia y, afortunadamente, tuvieron la osadía de salir a buscar otros horizontes, si se hubieran quedado como el resto de la familia, habrían muerto durante la Segunda Guerra Mundial.
Y cuando llegan aquí, ¿a qué se dedican?
Mi padre nunca tuvo la oportunidad de prepararse, no estudió. Se hizo empíricamente a través de la vida, hizo muchas cosas diversas, desde tener un almacén, una sastrería, y luego fue creciendo, construyó edificios, en fin, se organizó y siempre estuvo en actividades de comercio.
¿Fue su gran maestro en la vida?
En algunas cosas, él siempre me empujó muchísimo a que me profesionalizara, para él lo más importante era que yo fuera a la universidad, me inculcó eso muchísimo. Quería que yo tuviera a través de los estudios oportunidades diferentes, algo que siempre le agradeceré.
¿Cuál era la frase de su papá?
Él me inculcó mucho que la palabra y la seriedad le abrieron a él muchas puertas y que había que ser cumplido con las obligaciones, con las convicciones, en general, con todo, con el hogar, con la casa. Eso fue lo que más me enseñó.
¿Y cuál era la regañada habitual?
Hay que mejorar las notas, hay que llegar temprano, no se puede trasnochar tanto, lo usual.
¿Muy parrandero?
No, lo normal... Lo normal a cada edad.
Palabra de embajador
¿Lo más difícil o complicado de la vida diplomática en estos primeros siete meses?
Pues hay muchos eventos a los que uno debe asistir y es parte de la buena cara que un país muestra, especialmente en una embajada.
¿Cuántas invitaciones recibe a la semana?
Nosotros recibimos más de cincuenta invitaciones semanales y tenemos que seleccionar porque físicamente es imposible atenderlas todas. Hay que delegar la atención a otros eventos entre el equipo que tenemos en la Embajada. Esa es una labor que consume mucho tiempo, las agendas viven absolutamente llenas.
¿De las 50 invitaciones a cuántas va?
Hay gente en la Embajada que dice que yo asisto a muchas, no sé qué quieren decir con eso, pero yo diría que más o menos atiendo unas quince invitaciones a la semana y hay días que atiendo seis o siete.
Lo más grato de la vida diplomática en estos siete meses.
Pues lo más grato es que el cargo de embajador inspira muchísimo respeto en España y, entonces, cuando el embajador habla, la gente escucha. Si uno no tuviera la investidura nadie lo oiría. Uno se da cuenta de que, de pronto, lo que uno tiene para decir adquiere más valor de lo que uno se imagina.
¿Cuál es el tema colombiano que hoy despierta más curiosidad y que usted como embajador tiene que explicar más?
Hay temas empresariales, temas de relaciones con otros países, pero definitivamente en este momento el que más despierta interés en España es el de la paz. Es en donde más tiempo hemos invertido, a los que más foros hemos asistido.
¿Cómo se percibe ese tema desde afuera? ¿Cómo lo ve usted?
Pues mire, en España y en los otros países de Europa, de conversaciones con los otros embajadores, la percepción que se recibe es que hay que firmar la paz, hay que salir del conflicto y hay que pasar a otra etapa. Desde afuera, lo primero que se dice es que si hay un proceso de paz, ojalá firmen y eviten el desangre y todo lo demás que una guerra trae. Normalmente afuera de un país se consigue mucho más fácilmente consenso sobre el tema de la paz, de lo que uno esperaría.
¿Cuál es la pregunta más recurrente sobre la paz?
¿Explíquenos a qué se debe la oposición interna que puede haber en su país? ¿Cuáles son los fundamentos? ¿Cuánto tiempo falta para que se firme? Eso es lo que más preguntan.
¿Cómo entender la confianza de unos y la desconfianza de otros respecto a la paz?
Nosotros entendemos la desconfianza que pueda haber en algunos sectores en el país, es decir, 50 años de conflicto, de varios intentos serios de llegar a acuerdos. Hacen un poco escéptica a la gente, el número de víctimas que tiene un proceso de estos tan largo. Hay mucha gente que ha sufrido en carne propia para fácilmente aceptar un proceso, pero otra vez, es parte del proceso y que lo haga tener, digamos, opiniones diversas es por lo largo que ha sido el conflicto, pero una vez se llegue al final y se llegue al acuerdo, se firme, empieza la etapa difícil de la reconstrucción de país, pero ya con un tono diferente.
Dos de mis entrevistados, Antonio Navarro Wolff e Immaculée Ilibagiza, un exguerrillero y una sobreviviente del holocausto de Ruanda, coinciden en una cosa, para llegar a la paz: La víctima directa se involucra más en los procesos que las personas que presencian esa violencia por las noticias. Esta es la gente más difícil de convencer.
Es exactamente lo que está pasando en Colombia, en la visita que han hecho los distintos estamentos de la sociedad a La Habana, donde están las conversaciones, la mayor receptividad y las mejores reuniones fueron las de las víctimas. Me parece que coincide con sus dos entrevistados, en cuanto a la apreciación de que las mejores reacciones son con las víctimas directas.
¿Cuántos años acá?
Lo que el Gobierno decida.
Algo que añore, que le haga falta de su vida en Colombia.
Pues la vida en mi país me hace falta. Aunque en España, específicamente en Madrid, se consigue básicamente todo y tenemos aquí un equipo de gente que nos hace sentir como en casa.
¿Tiene alguna pasión por algún deporte?
En el fútbol me gusta Santa Fe. Lo sigo por prensa permanentemente, conozco sus resultados, no he podido seguir los partidos más seguido, pero me hace falta.
¿Santafereño por qué o por quién?
Yo tenía un tío, un hermano de mi mamá que me llevaba al estadio. Me tocó la época de Oswaldo Panzutto, Alberto Orlando Perazzo y Héctor “Zipa” González, cuando fueron campeones en 1960. El uniforme era con manga corta y pantaloneta ancha. Tuve la oportunidad de conocer a los jugadores desde la gramilla, en El Campín, cuando Carlos Arturo Rueda narraba los partidos.
“Nosotros recibimos invitaciones a más de cincuenta eventos semanales y tenemos que seleccionar porque físicamente es imposible atenderlas todas”.
“Mi estudio y mi cama”
Todos los cuadros de la casa ¿Quién los escogió? ¿Usted o su esposa?
No, mi señora es la conocedora.
¿Qué tiene que tener una casa, para sentirse en casa?
En mi caso tiene que tener un pequeño cuarto de estudio donde yo pueda tener mi lectura, mi portátil para mis archivos y poder mantenerme en orden con el trabajo, indispensable una televisión, mi música... Y con esas 4 cosas, ya las otras son menos importantes.
¿Qué música?
Yo escucho todo tipo, desde clásica, rock, baladas, hasta vallenato.
¿Cuál es su espacio en la casa?
Mi espacio en la casa es mi estudio y mi cama, allí uso las tabletas, leo prensa, leo mis correos, leo libros, en fin, son los espacios que más utilizo.
Un lugar imborrable de su infancia.
El Colegio Alfonso Jaramillo, donde estudiamos, cerca al tercer puente de la autopista, lejísimos de la ciudad. Nos demorábamos 45 minutos en esa época, que era mucho tiempo en llegar a las casas en los buses. Era interminable.
Y la casa, ¿en dónde era?
La casa de mis padres, cuando yo tenía 6 años, era en la calle 90 con 9. Cuando nos mudamos a la calle 90 la ciudad se acababa en la calle 92, para el norte no había nada. La autopista iba hasta el tercer puente, había solo tres puentes, y el peaje quedaba en Los Héroes.
¿Su vida siempre ha girado alrededor de Bogotá o hay otras ciudades en su biografía?
No, yo he vivido en Bogotá toda mi vida, excepto cuando hice la universidad, que viví en Nueva Jersey, al lado de Nueva York, básicamente pasé 5 años y medio en Nueva York.
¿Una postal de esa Bogotá de sus años de juventud?
Todo lo que en Bogotá se hacía era ir al cine Santafé a ver dos películas por $1.50, la montada en el trolly y el bus Usaquén por 20 centavos.
¿Y la moda?
Los zapatos tractor, después vinieron los pantalones abiertos abajo, bajos de cintura, los bota campana en los años 60, en fin, luego nos dejamos crecer el pelo, apenas nos salió la barba nos la dejamos. Era lo que tocaba en cada época.
¿Y su pelo con cola de caballo?
Desde hace muchos años.
¿Rezago del hipismo?
No diría del hipismo, sino de lo que se usaba en la época en mi juventud.
En su casa, ¿no hay oposición?
Me tiene sin cuidado. No le paro bolas a eso.
Explosiones colegiales
¿Algún peligro de joven?
No que yo me acuerde, digamos los paseos que hacía uno con los amigos de irse fuera de la ciudad a Girardot, a Melgar, a Boyacá, pero así, específicamente de algún peligro, no.
¿En qué carro se iban a esos paseos?
Pues en el que le prestara el papá, de pronto un Packard 50, el Mercury 55 o el Chevrolet 57, los carros emblemáticos.
Verdaderas lanchas.
Sí, carros metálicos en la época en que uno se sabía la marca y el año de cada uno, en la época en que cuando los padres de uno iban al colegio era porque uno tenía un lío, no como ahora, que si el padre no va es porque no quiere al hijo.
¿Usted cuando niño qué quería ser?
No, yo siempre fui un poco cuadriculado con los temas de ingeniería, me gustaba el orden, me gustaba hasta cierto punto la fabricación, la química que fue lo que terminé haciendo. En los laboratorios del colegio mezclaba unos elementos, entonces había explosiones, combinaciones, todo eso me llamaba la atención.
¿De dónde surge la idea de ser ingeniero químico, hay alguna influencia familiar?
No, básicamente yo empecé ingeniería en la Universidad de los Andes. Los dos primeros años eran básicos, iguales para todos, y a través de los cursos que uno iba tomando, escogía qué tipo de ingeniería prefería. Cuando me fui a Estados Unidos, después de año y medio, me llamó la atención la ingeniería química, algo de la física también, pero me fui más por la química.
¿A qué edad se va para Estados Unidos?
Me fui como a los 19 años. Al principio me costó un poco de trabajo, pero fue una gran enseñanza. Toda mi formación profesional fue allí y la cantidad de relaciones y amigos que tuve y que dejé y, por primera vez, viví independiente fuera de mi casa, a esa edad, que en Colombia no era usual.
¿Era un niño muy mimado de la casa? ¿Le hacían todo?
Más bien no, porque tuve la suerte de tener tres hermanas que llenaron mi casa después de mí. Yo soy el mayor y mis tres hermanas son menores, entonces en mi casa no se sintió cuando yo me fui y, desde ahí, nunca más regresé.
Dicen que el primero es con el que los papás aprenden a ser papás. ¿Usted qué opina?
En cierto aspecto sí, uno es la prueba para todo lo que van haciendo y luego van corrigiendo y aplicando. Yo le llevo a mi hermana menor como unos 10 años y, obviamente, ella fue más consentida, y lo veo con mis tres hijos, les fui aplicando al segundo y al tercero las experiencias que se aprendieron con el primero. Mi primer hijo nació en 1978, luego en el 81 y después en el 84.
“Negocios malos hay en todo momento. Con unos amigos decidimos por los años 80 montar un grupo de discotecas y restaurantes y eso nos duró menos de un año y nos costó muchísimo”.
El primer sueldo
Además del Máster de Administración en Nueva Jersey, ¿qué otra gran enseñanza le dejó la vida de estudiante en los Estados Unidos?
Aprendí inglés, yo me fui sin saber inglés; eso se lo debo a haber estudiado en Estados Unidos, el bilingüismo.
¿Cuál fue su primer trabajo?
Yo hice varios trabajos en la universidad durante las épocas de vacaciones, en el año 1967 trabajé en una empresa textil durante tres meses, en vacaciones.
¿Haciendo qué?
Haciendo análisis de comparaciones de materias primas y de consumos de productos, haciendo cosas varias, luego, durante la universidad, trabajé en varias cosas. Una vez necesitaba dinero y trabajé repartiendo directorios telefónicos en Brooklyn, hasta que ya me gradué de la universidad y en mi primer trabajo entré como gerente de producción de una pequeña planta de plásticos. Aprendí muchísimas cosas de ahí en adelante.
¿Cuánto le pagaron en ese primer sueldo?
Me pagaban $15.000 mensuales.
¿Y eso para qué le alcanzaba?
Me alcanzaba para pagar la cuota del carro, el arriendo que eran $2.000, las cosas de la casa y no más.
¿Qué carro era?
Yo compré un Renault 12, color verde, modelo 72.
¿En esa época, ya estaba casado?
Me casé cuando terminé la universidad.
Si se casó a los 28 años, no me cuadran los tiempos.
Este es mi segundo matrimonio, yo me casé la primera vez muy joven, tendría 22 años, un matrimonio muy corto que me duró 2 años y medio.
¿Siempre tuvo la idea de casarse tan joven?
No, se dio. Aida es mi matrimonio de verdad, ya vamos a cumplir 40 años, este año.
Ella es una gran aliada suya.
Trabajamos juntos en todos los proyectos. Cuando me ofrecieron este honor, mi primera consulta definitivamente fue con mi señora y la única forma para aceptarlo es que es un proyecto de los dos y así lo hemos hecho.
¿Una anécdota de su matrimonio que le encante contarles a sus tres hijos, Alex, Daniel y Alan?
De salida de viaje durante nuestra luna de miel en México, cuando Aida estaba llenando los papeles en el avión y le preguntaron ¿Cuál es su sitio de nacimiento? Ella puso, Cali, Valle, y pues a mí eso me pareció muy divertido, lo de Valle lo saben los de Cali, para el resto de la gente es Cali, Colombia.
¿Cómo es eso de que a usted no le gusta ir con su esposa a cine?
Nosotros vamos mucho a cine, lo que pasa es que no compartimos los mismos géneros, entonces hacemos un compromiso.
¿Cuál es el compromiso?
Pues no es un compromiso escrito ni milimétrico, pero después de ver dos películas de muchos valores, vamos a ver películas un poco más de acción, pues a mí me gustan todas las películas de James Bond.
¿Un plan en pareja?
Caminamos muchísimo. Es ejercicio, se respira aire en lugares abiertos, es poder conversar y es poder, básicamente, conocer una ciudad a fondo. Estuvimos en el País Vasco, este fin de semana, en San Sebastián, caminamos tal vez unos 20 kilómetros y nos encontramos con ocho colombianos. Ahora, en las calles de Madrid siempre se encuentra uno con gente conocida, gente de Colombia que no ve uno todos los días.
Fotos: Patricio Realpe.


