
Por: Clara Rojas.
“Yo empiezo a superar lo que pasó desde el día uno, desde el día que me liberan. Mi hijo Emmanuel se convirtió en un motor, yo no tenía tiempo para pensar en lo que viví ni de preocuparme por ese cuento sicológico que es tan paralizante, yo necesitaba concentrarme en cómo sacarlo adelante, en conseguir trabajo para llevarlo a estudiar. Eso me permitió dejar mi pasado atrás. Es curioso porque la gente no me preguntaba cómo estaba, sino por qué estaba bien.
Me decían que escribiera un libro o diera una conferencia. Eso me obligó a preguntarme qué podía contar de esa experiencia, pero no es fácil porque cuando uno va a decir qué aprendió, tiene que recordar cosas que duelen. Descubrí que la principal enseñanza que me quedaba era conocerme a mí misma y que el primer paso es perdonarse. En mi caso era perdonarme por haber dado papaya. Eso me permitió liberarme de culpas, de por qué fui, por qué hice esto o aquello. Eso es un factor liberador enorme.
No quiero que mi hijo vea a una mamá frustrada, sufriendo. Mi mayor responsabilidad es darle un entorno familiar que le permita salir adelante sin el lastre de que su madre estuvo en las peores condiciones, en las situaciones más indignas que un ser humano puede vivir. Ese impulso básico no me ha dejado tiempo de pensar en las secuelas; yo duermo bien, vivo bien, como bien, a veces quisiera librarme de los escoltas, porque mi ideal es ser una ciudadana normal, como lo era antes, dueña de mi mundo, de mi vida. Tengo un ambiente familiar muy sano, mi mamá es un ser maravilloso, lleno de luz, que no se deja contaminar.
Yo digo que se puede superar, hoy estamos hablando de dar el paso siguiente y nos preguntan si estamos dispuestos a abrazar al que fue nuestro victimario. Le confieso que no me lo había planteado. Pero sentada en un foro con otros exsecuestrados dije que hay que hacerlo, nosotros tenemos que dar ejemplo y si me acompañan, yo voy. También me han preguntado si los aceptaría como compañeros de curul y mi respuesta es: si la sociedad decide que ellos pueden estar ahí, pues yo tengo que aprender a vivir con esa realidad, a buscar consensos.
Cuando me liberaron le dije a mi mamá que nos fuéramos a vivir a mi casa en Chía, había espacio, era ideal. Le pedí a ella que se hiciera exámenes médicos junto conmigo, ahí le descubrieron un cáncer. El impacto fue terrible. Una tía en Estados Unidos nos invitó y tuvimos unas semanas para pensar, porque mi niño y yo también necesitábamos cirugías. Así que con los médicos organizamos un cronograma de cirugías: primero mi mamá, luego yo, y luego Emmanuel.
Pero yo tenía que vivir de algo, y ese fue el otro desafío. Me llegaron ofertas editoriales y decidí encerrarme a escribir. Tenía un bosque, un espacio de tranquilad y eso me llenó de buena energía. Me reconcilié con mi espacio. Son cosas simples, abrí mi clóset y me puse mi ropa. Yo detestaba ese uniforme camuflado y esas botas. Volví a tener conciencia de mi cuerpo, porque allá no hay espejo ni una peinilla, uno pierde la identidad, es alienante, indignante.
El otro desafío era ser mamá. Es que yo no había podido serlo, tenía una necesidad enorme de cocinarle y yo con escolta, sicóloga, niñera... sé que me querían ayudar, pero un día dije: ‘gracias, yo puedo sola’. Asumí la soberanía de mi casa, organicé mi vida según la agenda del niño, me actualicé en la música y los programas que él quería ver, empezamos a construir un lenguaje juntos. Tuve que aprender todo, desde escogerle la ropa hasta pagar los servicios por internet. Un día me fui a hacer mercado. Fue terrible, cerraron el sitio y la gente casi no me deja hacer mercado, mi hermano me regañó, decía que estaba loca. Para mí, era atreverse a tener una vida normal, en la medida en que uno va superando temores, va saliendo adelante.
Me aislé de los periodistas que me preguntaban lo mismo. Había cosas que me dolían mucho. Tenía que escribir el libro para que me pagaran. Aproveché que tenía el horario de la selva, me levantaba a la una de la mañana, trabajaba hasta las siete, me organizaba, salía a caminar con la perra y llevaba a Emmanuel al jardín. Seguía escribiendo hasta el almuerzo y después revisaba lo que había escrito, a las seis estaba lista para comer y dormir. Me demoré seis meses. Creo que el libro me ayudó a entender que lo que pasó en la selva fue un capítulo de mi vida, no mi vida. El día que terminé dije ‘cerré esta página’. Mi mejor terapia fue agarrar las riendas de mi vida, manejar mis cosas, mis deudas, mi casa, mi familia. En general, mis heridas han sanado y eso lo aprendí en la selva: cuando nació mi niño, yo me angustié con la herida y les pedía a los guerrilleros un espejo para verla. Ellos me decían ‘no se mire la herida porque se le encona’, resultó un dicho muy sabio”.
Seis años de cautiverio
El 25 de febrero de 2002, un comando de las Farc secuestró a la candidata presidencial Íngrid Betancourt y su fórmula vicepresidencial, Clara Rojas, cuando se movilizaban por tierra desde Florencia, hasta San Vicente del Caguán, en el Caquetá. Rojas fue liberada el 10 de enero de 2008. Su historia y la de su hijo nacido en cautiverio, inspiraron libros y películas. Cautiva, el libro escrito por Clara, fue traducido a 13 idiomas.
Foto: David Schwarz